República Dominicana. Un viernes por la noche.
—¡GERAL!
Cerré los ojos.
No necesitaba mirar el reloj para saber quién estaba gritando mi nombre desde la sala.
Mi hermana.
Otra vez.
—¡¿QUÉ?! —respondí desde mi habitación.
—¡Vas a quemar la comida!
Abrí los ojos de golpe y miré hacia la puerta.
—¡Yo no estoy cocinando!
—¡PUES ENTONCES ALGUIEN ESTÁ QUEMANDO ALGO!
Me levanté de la cama, aparté mi cabello de la cara y salí de mi habitación dispuesta a descubrir qué estaba pasando.
Mi hermana estaba frente a la cocina, con los brazos cruzados.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
—Yo, nada.
—Entonces, ¿por qué me llamas como si la casa estuviera incendiándose?
—Porque llevas dos horas encerrada viendo a tu novio.
La miré con indignación.
—Jorge no es mi novio.
Ella sonrió.
—Claro. Y yo soy la presidenta de la República.
Puse los ojos en blanco.
—Es un YouTuber.
—Un YouTuber al que miras como si fuera el último hombre de la Tierra.
—¡Porque sus videos son graciosos!
—Ajá.
—Y es maduro.
—Ajá.
—Y tiene una voz bonita.
Mi hermana levantó las cejas.
Me quedé callada.
Maldición.
—No vuelvas a repetir eso —le advertí.
Ella comenzó a reírse.
—Tranquila, Geral. Tu secreto está a salvo conmigo.
—No es ningún secreto.
—Por supuesto que no.
Regresé a mi habitación antes de que decidiera presentar mi caso ante un tribunal.
Me llamo Geral Castillo, tengo diecinueve años y estudio Derecho.
Soy una mujer independiente, tengo carácter y no necesito que nadie venga a decirme cómo vivir mi vida.
También tengo una debilidad.
Una debilidad de un metro ochenta y tantos, barba bien cuidada, sonrisa descarada y treinta años recién cumplidos.
Jorge Navarro.
Dos millones de personas lo siguen en YouTube. Hace videos de bromas, desafíos, viajes y anécdotas de su vida. No es una celebridad mundial ni puede salir a la calle esperando que todo el mundo lo reconozca, pero tiene una comunidad enorme que disfruta de sus ocurrencias.
Yo soy parte de esa comunidad.
Aunque, si alguien me pregunta, probablemente lo negaré.
Volví a acostarme, tomé mi teléfono y abrí YouTube.
Jorge acababa de publicar un video.
«INTENTÉ VIVIR 24 HORAS SIN MI TELÉFONO Y CASI PIERDO LA CABEZA».
Sonreí.
—Este hombre está loco.
Pulsé reproducir.
En la pantalla apareció Jorge, sentado en el sofá de su casa, con una camiseta negra y una expresión demasiado seria para alguien que estaba a punto de hacer una tontería.
—Muchachos, hoy voy a demostrarles que puedo vivir sin teléfono durante veinticuatro horas. Soy un hombre maduro, responsable y perfectamente capaz de entretenerme sin tecnología.
La cámara se movió.
Jorge miró a su camarógrafo.
—¿Ya estamos grabando?
—Sí.
—Perfecto. Entonces, ¿dónde está mi teléfono?
Me eché a reír.
—¡Dios mío, qué idiota!
Él continuó hablando durante varios minutos. Hizo bromas, intentó cocinar y terminó pidiendo ayuda porque no recordaba cómo se preparaba un café sin buscar las instrucciones en internet.
Cuando el video terminó, dejé un comentario.
GeralCastillo: Jorge, tienes treinta años. ¿Cómo sobreviviste antes de que existiera YouTube? Necesitas supervisión adulta.
No esperaba una respuesta.
Jorge recibía miles de comentarios.
Bloqueé el teléfono y fui a bañarme.
Veinte minutos después, regresé a la habitación.
Tenía varias notificaciones.
Abrí YouTube sin prestar demasiada atención.
Entonces vi algo que me hizo incorporarme de golpe.
Jorge Navarro respondió a tu comentario.
Parpadeé.
Lo abrí.
Jorge Navarro: Señorita, tengo treinta años, pago mis facturas y sé preparar arroz. No necesito supervisión adulta.
Solté una carcajada.
Debajo había otra respuesta suya.
Jorge Navarro: Aunque, ahora que lo pienso, podría contratarte. Tienes pinta de ser bastante mandona.
Me quedé mirando la pantalla.
¿Me estaba llamando mandona?
Escribí inmediatamente.
GeralCastillo: Y tú tienes pinta de ser el tipo de hombre que quema el agua cuando intenta cocinar.
Envié el comentario.
Después dejé el teléfono sobre la cama, satisfecha.
Unos minutos más tarde, apareció otra notificación.
Jorge Navarro: Me caes bien, muchacha problemática.
Sonreí sin poder evitarlo.
Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Jorge publicó una historia en su cuenta anunciando que viajaría a Santo Domingo durante el fin de semana para grabar un proyecto.
Mi ciudad.
Mi país.
A menos de una hora de donde yo vivía.
Me quedé observando la pantalla.
—Qué bueno —murmuré—. Espero que no se pierda.
No tenía idea de que al día siguiente conocería personalmente al hombre que acababa de llamarme problemática.
Y mucho menos imaginaba que, unos meses después, ese mismo hombre estaría frente a mí, vestido de negro, sosteniendo una caja de terciopelo y haciéndome la pregunta más absurda y aterradora de mi vida.
—Geral Castillo, ¿quieres casarte conmigo?
Pero esa historia todavía no había comenzado.