Medianoche en la memoria

1. La desconocida

—¿Quién eres?

Renata abrió los ojos.

Durante unos segundos no entendió la pregunta.

La habitación estaba casi a oscuras. Por la rendija de las cortinas entraba una franja amarillenta de la farola de la calle, suficiente para recortar el armario, la silla donde Darío había dejado los pantalones y el vaso de agua sobre la mesilla.

El reloj digital marcaba las 00:00.

Renata volvió la cabeza hacia él.

Darío estaba sentado en la cama.

No parecía medio dormido.

Tenía la espalda pegada al cabecero y una mano apoyada sobre el colchón, como si necesitara mantener cierta distancia entre ambos.

—¿Qué?

Él no respondió.

Sus ojos bajaron hasta la camiseta que Renata llevaba puesta. Una camiseta gris demasiado grande, de él, con una pequeña mancha de pintura cerca del cuello.

Luego miró la puerta.

Después volvió a mirarla a ella.

Renata sintió algo extraño antes de sentir miedo.

Era la forma en que Darío la observaba.

No había enfado.

Tampoco desconcierto.

Había vigilancia.

—Darío.

Él reaccionó al escuchar su nombre.

No como alguien sorprendido porque su pareja lo llamara.

Como alguien sorprendido porque una desconocida supiera cómo se llamaba.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Renata soltó una risa breve.

Automática.

—Muy gracioso.

Apartó la sábana y se incorporó.

Darío se movió al instante.

—No te acerques.

La risa desapareció.

Renata se quedó quieta.

—¿Qué haces?

—Te he dicho que no te acerques.

Su voz era baja. Controlada.

Precisamente eso hizo que algo se cerrara dentro del pecho de Renata.

Si Darío hubiese gritado, si hubiese hablado dormido, incluso si hubiera pronunciado frases absurdas con los ojos entrecerrados, habría sido fácil.

Lo habría sacudido.

Le habría dicho que estaba soñando.

Pero estaba despierto.

Completamente despierto.

—Soy yo.

Él frunció el ceño.

—¿Quién?

—Renata.

No hubo reconocimiento.

Ni siquiera una sombra.

—Renata Solís —añadió ella—. Tu novia. Llevamos viviendo aquí casi cuatro años.

Darío miró alrededor.

Esa vez con atención.

La habitación.

Las cortinas azul oscuro que habían comprado juntos.

La lámpara de su mesilla.

Los libros amontonados en el suelo porque todavía no habían decidido dónde colocar otra estantería.

Sus ojos se detuvieron en una fotografía apoyada junto al despertador.

Renata la conocía bien.

Los dos frente al mar, en Mar del Plata, dos veranos atrás. Darío sonreía mirando a la cámara. Ella estaba pegada a su pecho, con el pelo revuelto por el viento.

Él tomó la fotografía.

La acercó a la luz de la pantalla del reloj.

La expresión de su rostro cambió.

Renata respiró.

—¿Ves?

Darío no dijo nada.

—Somos nosotros.

Él levantó la vista.

—Ese soy yo.

—Sí.

—Pero no sé quién es ella.

Renata sintió frío.

No mucho.

Solo una corriente pequeña atravesándole los brazos.

—Soy yo.

Darío volvió a mirar la foto.

Después a Renata.

Otra vez la fotografía.

—No.

—¿Cómo que no?

—No eres tú.

Renata se llevó una mano al cabello.

En la fotografía lo llevaba más largo. También estaba más morena. Había perdido algo de peso desde entonces.

—Claro que soy yo.

—La mujer de la foto tiene una cicatriz aquí.

Darío señaló el lado izquierdo de la frente de la mujer.

Renata tardó un segundo en contestar.

—Yo tengo una cicatriz ahí.

Se apartó el flequillo.

La pequeña línea blanca apenas se veía con aquella luz.

Darío dejó de respirar por un instante.

Renata lo vio.

La certeza que había mantenido desde que abrió los ojos empezaba a resquebrajarse, pero no de la manera que ella esperaba.

No parecía estar recordándola.

Parecía estar descubriendo pruebas de algo que no podía comprender.

—Escúchame —dijo Renata—. Tal vez estás desorientado. Puede pasar al despertarse.

—Sé dónde estoy.

—Entonces dime dónde estás.

—En mi casa.

—Nuestra casa.

Darío no respondió.

—¿Qué día es hoy?

Él miró el reloj.

—No lo sé.

—Darío.

—¿Qué?

—¿Qué día es?

Apretó los labios.

—Jueves.

Renata tomó su teléfono de la mesilla.

Viernes, 2 de octubre.

—Ya pasó medianoche. Era jueves hace un minuto.

—Entonces viernes.

—¿El mes?

—Octubre.

—¿El año?

Darío la miró como si la pregunta empezara a irritarlo.

—Dos mil veintiséis.

Renata dejó el móvil.

No parecía una desorientación temporal.

—¿Recuerdas qué cenamos?

Él tardó un momento.

—Pasta.

Correcto.

—¿Quién la hizo?

—Yo.

—La hice yo.

—No.

—Darío, tú llegaste a las nueve y media. Yo ya había hecho la cena.

Él negó lentamente.

—Yo cené solo.

A Renata se le secó la boca.

—No cenaste solo.

—Sí.

—Estábamos viendo una serie.

—No.

—Te dormiste en el sofá.

—No.

La seguridad de aquellas negativas era insoportable.

Renata bajó de la cama.

Darío también.

Lo hizo demasiado rápido.

Se colocó al otro lado, dejando el colchón entre ambos.

—No hagas eso.

—Voy a encender la luz.

—Quédate ahí.

—Darío, basta.

—No sé quién eres.

Por primera vez su voz se quebró un poco.

Eso fue peor.

Renata lo conocía desde hacía siete años.

Sabía cómo sonaba cuando estaba furioso y cómo sonaba cuando intentaba disimular una preocupación. Sabía que pronunciaba demasiado despacio cuando estaba a punto de perder la paciencia. Sabía que se mordía el interior de la mejilla cuando mentía.

En aquel momento no estaba haciendo ninguna de esas cosas.

Estaba asustado.




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