El otoño había llegado con su sinfonía de hojas secas y cielos nublados. Las calles de la ciudad se vestían de tonos ocre y rojizos, mientras la gente apuraba el paso, cubriéndose del viento con bufandas y abrigos gruesos.
En la entrada del Conservatorio Nacional de Música, una figura alta y algo desgarbada se detenía frente a las enormes puertas de madera. Su mochila colgaba de un solo hombro, y en la mano derecha sostenía una funda rígida de guitarra.
—Un día más... —murmuró Leo, acomodándose los auriculares sobre las orejas mientras la melodía de un instrumental suave comenzaba a sonar.
—¡Oye, cuidado!—exclamó alguien justo cuando Leo entraba al edificio.
Leo apenas alcanzó a girarse antes de sentir un golpe en el hombro. Un cuaderno de partituras cayó al suelo, sus hojas esparciéndose como pétalos al viento.
—¡Lo siento! No te vi... —dijo el chico que lo había chocado, agachándose rápidamente para recoger las hojas.
Leo se quitó los audífonos y se inclinó para ayudarle. Sus dedos rozaron los del otro al tomar la misma hoja. Al alzar la vista, sus ojos se encontraron.
El chico tenía el cabello oscuro y ligeramente ondulado, con un flequillo que caía sobre unos ojos tan negros como la tinta fresca. Vestía de manera impecable, con el uniforme del conservatorio planchado hasta el último pliegue. Pero lo que más llamó la atención de Leo fue la expresión en su rostro: una mezcla de vergüenza y determinación.
—No fue nada —dijo Leo, entregándole las hojas—. ¿Estás bien?
—Sí, sí. Gracias. Soy Akira, por cierto. Akira Takahashi.
—Leo. Leo Moretti.
Akira sonrió con algo de timidez, acomodando sus partituras.
—¿Tú también eres guitarrista? —preguntó, señalando la funda.
—Sí, más o menos. Clásica, jazz… lo que se deje.
—Yo toco piano. Y compongo —añadió, como si necesitara justificar su existencia.
Leo asintió, interesado.
—¿Compones? ¿Algo propio?
—Sí, aunque nada digno de ser escuchado todavía —rió con suavidad—. Pero estoy en el programa de composición avanzada. ¿Tú?
—Interpretación moderna. Último año.
—Impresionante —dijo Akira, genuinamente sorprendido—. Siempre he creído que los guitarristas tienen una conexión especial con la música.
Leo alzó una ceja.
—¿Y eso?
—No lo sé… hay algo en cómo tocan. Como si hablaran con las cuerdas.
Leo soltó una pequeña carcajada.
—Eso fue cursi.
—Lo sé —admitió Akira, llevándose una mano a la nuca, riendo también—. A veces no tengo filtro cuando hablo de música.
—Eso no es malo.
Un silencio cómodo se instaló entre ambos, roto por el timbre que anunciaba el inicio de clases.
—Tengo que irme —dijo Akira, ya dando un paso atrás—. Pero… ¿nos vemos luego?
Leo dudó un segundo antes de asentir.
—Claro. ¿En la cafetería del cuarto piso? Al mediodía.
—Hecho —dijo Akira con una sonrisa antes de girarse y desaparecer entre los estudiantes.
Leo se quedó quieto unos segundos, observando el punto donde había desaparecido. No sabía por qué, pero algo en ese breve encuentro había hecho vibrar una cuerda interna, una que no sonaba desde hacía mucho.
Tal vez el otoño traía más que hojas muertas. Tal vez, esta vez, traía melodías nuevas.