Pulseras de amor, pétalos que brillan por los puros sentimientos,
reliquias de un tiempo perdido, sepultadas bajo el peso de los lamentos.
Jardín de flores, tan bellas y venenosas,
donde hasta las promesas más dulces terminan siendo dolorosas.
Ella grita, su voz resuena en los campos,
mientras el viento arrastra cenizas y apaga los cantos.
¿Qué buscas demostrar, ¿qué buscas probar?
¿Cuántas almas inocentes necesitas quebrar?
Juego tus pruebas, soy el sobreviviente,
los pecados me consumen, la culpa me muerde.
Mi corazón acelerado sufre, tratando de sobrevivir,
mientras contemplo a mi pueblo desangrarse sin poder huir.
Es tiempo de rendirse, de luchar por lo que alguna vez existió,
de enterrar las promesas que la guerra destruyó.
Pero un titiritero utiliza sus hilos con fría devoción,
sosteniendo la imagen abatida del héroe,
como un muñeco sin vida, despojado de su honor.
Las lágrimas invaden el ramo de rosas, su llanto se transmite con dolor,
la sangre tiñe los pétalos, marchitando sus vestigios de amor.
Los cuerpos yacen bajo un cielo que ha perdido su color,
y las madres buscan entre los muertos aquello que les arrebató el horror.
Rompe corazones en el pueblo desolado,
donde el último abrazo se convierte en un recuerdo enterrado.
El invasor ataca, la cornisa sucumbe ante el poder de la inclemencia,
y las paredes se desploman, condenando a los inocentes a la ausencia.
Padres, hijos, generaciones fértiles son consumidos por el inframundo,
sus nombres se pierden entre cenizas, su dolor se vuelve profundo.
La sangre corre por las calles, mezclándose con el barro,
mientras el grito de los vencidos se apaga bajo el estruendo del impacto.
No hay salvación, es hora de rendirse,
la esperanza agoniza y nadie puede redimirse.
Las campanas enmudecen, ya no anuncian el amanecer,
solo lloran por los que nunca volverán a renacer.
La dama eleva sus ruegos, buscando la presencia del héroe abatido,
atraviesa el campo de muerte, llamando al hombre que la ha protegido.
Lo encuentra entre las sombras, con el rostro pálido y herido,
mientras la sangre abandona su cuerpo y el mundo parece detenido.
Su vida se extingue, mientras el titiritero silencia sus últimas súplicas,
sus hilos se tensan, alimentados por la crueldad de sus víctimas.
El héroe apenas respira, pero aún conserva una razón para luchar:
la niña que aguarda entre las ruinas, sin saber si alguien la podrá salvar.
La luz del consuelo, encerrada en una rosa carmesí,
despierta una fuerza que el villano jamás pudo comprender.
La flor se abre entre las sombras, como un corazón dispuesto a resistir,
y el héroe ofrece una sonrisa, aunque sabe que va a morir.
Su sangre se derrama, su mirada comienza a apagarse,
pero en sus últimos segundos consigue al enemigo enfrentarse.
Cae el caballero, su cuerpo sucumbe ante la oscuridad,
deja en manos de la niña la semilla de una nueva libertad.
El titiritero contempla su victoria, convencido de haber vencido,
sin comprender que en aquella niña su propio final ha nacido.
Porque hay sacrificios que la muerte no puede borrar,
ni pueblos que olvidan a quienes les enseñaron a luchar.
La niña guarda en su pecho los anhelos de un pueblo fenecido,
los nombres de quienes cayeron, el amor que no ha perecido.
Camina entre las ruinas, con la rosa carmesí entre sus manos,
mientras el viento acaricia los restos de sus hermanos.
Y aunque la noche le arrebate cuanto un día conoció,
aunque la tierra conserve la sangre de quienes perdió,
la niña será la esperanza de un hogar que se niega a morir,
la última luz de un pueblo que aún sueña con volver a vivir.