Mercado de Pases - Julienzo -

Mercado de pases

Sergio mira a Fernando, mientras este mira a Julián. Ambos saben que deben forzarlo, pero desconocen cómo hacerlo. El punto de retorno debería ser ese día, pero el maldito testarudo no parece tenerlo tan claro como ellos.

Está visto que no comparte su preocupación por el valor de su pase o por el de su imagen en general. Las llamadas de patrocinadores no llegan a su teléfono, así que es lógico que no esté al tanto de lo delicado que está todo en este punto.

—¿Hubieron novedades? —les pregunta con la mirada fija en la pantalla de la televisión, a la que Sergio tuvo que poner en silencio porque no soportaba un minuto más del insoportable desglose que estaban haciendo sobre la silbatina que cayó sobre su representado nada más pisar la cancha.

—Ya sabes la respuesta a esa pregunta.

La mirada del chico se clava en Fernando, que hace lo que puede por parecer impasible.

Sergio sabe que está listo para enderezarse y zamarrearlo hasta que acepte que tiene que volver a la Premier y dejarles construir su retorno desde allí.

En todos los años que hacía que era parte de ese proyecto, Sergio jamás escuchó a Julián decir una sola mala palabra. Ni siquiera el día que los llamó totalmente ebrio, tras los festejos por el Mundial, cuando les pidió que lo ayudaran a salir del City si no lograba algún tipo de titularidad para ese año. Y eso que, cuando Fernando le intentó dar largas, el chico —claramente envalentonado por el alcohol— se enojó lo suficiente como para lanzar un par de amenazas.

Así que el hecho de que, en ese mismo momento, como respuesta, soltara una puteada, golpeara con un puño la mesa y se alzara debía ser todo lo que necesitaban para entender que sí, efectivamente, Julián estaba al tanto de lo peligrosa que era su situación.

—Juli, mirá, sé que ya lo hablamos pero…

—No —gruñe, dejándose caer en el sillón frente al televisor—. Ya dije que no. ¿No hay nadie a quien podamos llamar?

Fernando se agarra al borde de la mesa. Aprieta tanto los dedos que los nudillos le cambian de color.

—No —espeta con un borde tan filoso como un cuchillo en la voz—. Ya lo hubiera hecho.

El chico les da la espalda y se queda viendo la televisión. Sergio respira la tensión y el cansancio que reina en el cuarto antes de ver como el chico se lleva las manos al cuello y tira de él hasta meter la cabeza entre las piernas.

La espalda encorvada, los hombros hundidos y todo el pelo despeinado no son una buena imagen, y la cosa solo empeora cuando pueden escuchar un claro gemido contenido. Era un milagro que se hubiera mantenido en pie en la cancha, ahora, horas después, pasa lo lógicamente triste: llora.

Fernando se apacigua en el acto.

Ambos se vuelven a mirar.

Impotentes, cansados y frustrados.

Han hecho todo lo que se les ha ocurrido, pero no consiguen que el idiota ese de Gil Marín dé el brazo a torcer. Lo único que puede computar como una victoria para su equipo es que los dirigentes del Atlético Madrid eran tan estúpidos que estaban ayudando a construir la narrativa de que Julián era una víctima.

Cada día costaba más recordar que ellos habían hecho un muy mal trato a la hora de firmar y que esa letra chica, al final, había sido mucho más perjudicial de lo que habían supuesto.

La subestimación que hicieron de la voluntad de esos colchoneros estaba pasando a un segundo plano. Por suerte. Era fácil olvidar que un jugador es un activo cuando dicho jugador estaba siendo vapuleado. En especial cuando ese jugador es uno que no responde, que no provoca y se mantiene en sus trece desde el silencio y la resiliencia. También les ayudaba que desde el Barcelona estuvieran haciéndose los pobrecitos. La gente desprecia más a los poderosos cuando estos fingen que no es con ellos. Si todos seguían así, estarían cada día más cerca de salir bien librados de este desastre.

Les hubiera venido de putísima madre que metiera un gol, pero, igualmente, con todos esos abucheos, nadie esperaba que rindiera.

Otra victoria para ellos.

Aunque el llanto silencioso de Julián hablaba de muchas cosas, menos de victorias.

—Nos llegó un sondeo —dice Fer, como quien no quiere la cosa, dejando caer las palabras con calma.

Sergio gira la cabeza y clava la vista en la pantalla. Él ya había dejado en claro su opinión sobre esta propuesta en particular. Y hablaba un poco de la desesperación que tenía Fer al siquiera contemplarla como una probabilidad. Que Julián fuera el único con la firmeza suficiente para tildarlos de locos por solo pensarlo era una clara muestra de lo desesperado del panorama.

La televisión les devuelve la imagen de su chico, mirando el suelo, pequeñita a un costado, mientras una mesa de tipos que no lo conocen de nada analiza su lenguaje corporal.

—Un año. Londres. Sé que Emi…

El grito furioso que sale gutural de su garganta los hace sobresaltarse a los dos.

Julián, desde el sillón, los mira por sobre el hombro. Tiene los ojos anegados por las lágrimas e hinchados, pero aun así se ven enloquecidos de odio.

—Ya te dije que no. —sentencia con una firmeza que le eriza todo el cuerpo—. No voy a volver a Inglaterra. Tienen que encontrar la manera. —ratifica por vez mil en lo que va de esos meses—. Si no es el Barça, me quedo acá —sentencia una vez más, separando con tal frialdad las palabras que Sergio recuerda con humildad que hace muy mal en siempre olvidar que Julian era un deportista de elite y que no ha nacido uno que no tenga los huevos bien puestos—. Pero no pienso volver y no quiero tener que volver a repetirlo.

La calma de Fernando se rompe. Ahora es él quien le gruñe. Se endereza y se lleva las manos a los costados de las caderas, oficialmente harto de seguir soportando los caprichos de su representado.

—¡Entonces te la bancás! Aprendé a lidiar con sus gritos, porque no van a dejar que salgas al Barça. Dejame que lo negocie. —añade intentando recobrar el profesionalismo—. El Arsenal sabe que querés. Ya les preguntamos cuánto es lo mínimo por darnos una mano: Un año y te dejan salir




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