Marcos Monte Alto entró al pueblo conocido como La Niebla. Era un pueblo sumergido en la espesa niebla. Casi no se podía ver nada, todo era blanco y frío. Nuestro protagonista ingresó a este pueblo buscando gente poderosa, gente como él mismo era.
No sé esforzó nada en disfrazarse, en ocultar su apariencia, tal como lo hacía muy a menudo en otras misiones. Era un vagabundo caminado por un pueblo de mala muerte; no creía que fuera necesario guardar su apariencia ahí. Sin embargo le comenzó a preocupar el aspecto de los pueblerinos, ya que estos tenían una peculiaridad: tenían un peinado afro y cejas muy grandes. Incluso los niños tenían ese aspecto. Se consoló sabiendo que al menos para ellos, sería un vagabundo extranjero y perdido.
Su estómago rugió y entonces se le ocurrió pedir comida en una de aquellas casitas campesinas. Lo atendió un padre preocupado, al lado de su callada esposa. Al principio se negaron, pero la insistencia de Marcos los hizo recapacitar. Pero no fue tanto la insistencia como el escuchar que aquel vagabundo los salvaría de la tiranía de los mercenarios del Cuchillo Roto.
Marcos deboró la comida como lo que era, un muerto de hambre. Les dijo que él pertenecía a una antigua orden militar llamada Orden de San Félix, pero que los apodaban los Fajas Hermosas, dónde no les permitían a sus miembros trabajar para comer sino que todo era a voluntad de las personas; tenían que pedir comida.
—¿Y los Fajas Hermosas nos van a librar de los Cuchillos Rotos? —dijo el padre preocupado.
—No, los que los va a liberar de esos poderosos mercenarios es la familia Bosco.
El padre preocupado y la esposa callada se echaron a reír, porque, hacía mucho tiempo que habían desaparecido los Bosco. Dijeron que eso era imposible, aquella familia había sido extinguida por la democracia. Y, Marcos con los cachetes abombados de comida, dijo que no estaban muertos, estaban más vivos que nunca y que se vengarian de los demonios democráticos.
Se despidió del padre preocupado y de la mamá callada y les pidió la dirección del escondite de los Cuchillos Rotos. Dijeron que se encontraban al fondo, a la derecha. Marcos Monte Alto se encaminó hacía allí.
El lugar estaba, curiosamente libre de niebla, a lo lejos vió una casa-arból, con ventanas redondas. Lo detuvieron dos guardias que le impedían el paso. Marcos escuchó un grito adentro y entonces decidió ingresar a la fuerza. Los guardas sacaron sus espadas e intentaron acabar con Marcos, pero sus brazos fuertes rompieron las hojas y los guardas corrieron despavoridos hacía la guarida. Avisaron, asustados, que un hombre venía hacia la guarida y que tenía unos brazos como de metal porque rompieron sus espadas al atacarlo. El líder de los mercenarios envío entonces a uno de sus hombres más fuertes para impedirle el paso.
El enviado era musculoso y gigante. Se le apodaba Bruto El destazador y se encaminó al encuentro con Marcos. Llevaba una enorme hacha de leñador y tenía una sucia máscara de tela que solo tenía dos agujeros para ver. Atrás de él, como los hijitos de un padre enojado iban los guardias asustadizos.
—Siento mucho miedo —dijo uno de ellos.
—Creo que este tipo pertenece a una de estas órdenes, las mismas que el jefe —respondió Bruto—. Ellos tienen habilidades excepcionales y una de ellas es que su cuerpo es duro como la roca y otra habilidad es infundir miedo.
Bruto hizo caso omiso al miedo que tenía y se encaró a Marcos Monte Alto que ya venía cerca. Le atacó con el hacha, pero detuvo los golpes solamente con sus manos.
Dentro de la guarida, todos esperaban con espectación a que Bruto llegara con la cabeza ensangrentada del enemigo que había llegado hasta su guarida, pero lo que vieron fue a los dos guardias disparados por las ventanas. Fueron lanzados por Marcos y cada uno de ellos, atravesó las ventanas a toda velocidad y calleron, bañados en sangre a los pies del líder de los Cuchillos Rotos. Una patada abrió la puerta y Marcos Monte Alto traía al quejumbroso y herido Bruto El destazador, arrastrándolo por los suelos, tomado de su cabello. Bruto estaba ensangrentado. Marcos tiró un hacha rota y la sucia máscara de Bruto al suelo.
Ilario Montesco, que era el jefe de los mercenarios se levantó de su silla, listo para pelearse con aquel tipo que parecía poderoso. En el suelo se encontraba a un pueblerino golpeado y asustado. Acontese que aquel hombre era el alcalde del pueblo, que una vez más había ido a comparecer con los mercenarios. Les dijo que el pueblo no podía pagar su deuda y que se marcharán lo antes posible, a lo que los mercenarios respondieron dándole una paliza.
Hacia unos días atrás, el pueblo de la Niebla tenía otro problema similar. Otro grupo de mercenarios habían llegado al pueblo y se adueñaron de el. Robaron, golpearon y violaron. Fue cuando el alcalde marchó a lo lejos, buscando hombres fuertes que pudieran ayudarle a derrotar a aquellos bandidos dedicados al pillaje y a la destrucción. Encontró a los Cuchillos Rotos, pero no dijeron nada del pago y cuando los mercenarios acabaron con los bandidos, llegó el tiempo de cobrar la deuda y como no encontraron dinero, se adueñaron del pueblo.
—Deberían ustedes de estar avergonzados de maltratar a estos pueblos tan humildes —dijo Marcos Monte Alto—. Los nobles deberíamos dar el ejemplo y lo sucumbir a la inmoralidad.
—La nobleza cayó, hombre, hace mucho tiempo —respondió Ilario Montesco—. Deberías hacer como nosotros y sobrevivir.
Editado: 22.10.2026