Abby siempre se sienta a mi lado.
No es nada raro. Somos mejores amigas desde hace años. Pero hoy, cuando se sentó y su hombro rozó el mío, sentí como si me hubiera dado corriente.
— ¿Te pasa algo? — me preguntó. — Estás toda roja.
— No, es el calor — mentí.
Mentira. No era el calor. Era ella.
Abby lleva su sueter negro de siempre, el pelo largo suelto. Se ve... bonita. Demasiado bonita para ser solo mi amiga. Y yo estoy aquí, con mi camiseta rosada, intentando no mirarla demasiado.
— Oye, ¿viste lo que dijo Mariana? — me dice riéndose.
Se ríe y a mí se me olvida todo. Su risa me hace cosquillas en el estómago. Eso no es normal. Las amigas no sienten cosquillas en el estómago cuando la otra se ríe, ¿o sí?
La miro. Ella me mira. Nos quedamos un segundo de más mirándonos. Un segundo que se siente eterno.
— ¿Qué? — dice ella, bajando la voz.
— Nada — digo yo, rápido.
Pero no es nada. Es todo.
Siempre pensé que sabía lo que era querer a una amiga. Pero esto... esto que siento cuando Abby está cerca, cuando me habla cerquita, cuando me mira así, esto no debería sentirlo por mi mejor amiga.
¿O sí?
Cierro los ojos un momento. Cuando los abro, Abby sigue ahí, mirándome con esa carita confundida que me dan ganas de abrazar.
— Eres rara hoy — me dice, pero sonriendo.
— Tú me haces ser rara — se me escapa.
Se queda callada. Yo también.
Y en ese silencio, entre las dos, siento que algo acaba de cambiar.