Cuando llegó Alberto, Ana se sorprendió. Había algo en el amarillo de su pelaje que le molestaba.
Además, cuando el gato pasaba cerca de ella, una familiaridad inexplicable la inquietaba. Sin saber por qué, recordaba a su amor.
El felino despreocupado recibía la atención de todos en la casa.
Ana, en cambio, se mantuvo distante. Aun así, Alberto pareció reconocerla de inmediato como su ama.
No se podría decir que Alberto era bilingüe; aun así, respondió a su nombre desde el mismo día en que llegó a aquella casa.
—Te llamarás Alberto —le dijo Ana al verlo—. No sé por qué, pero me haces pensar en el chico que me dejó.
Alberto la miró sorprendido al escuchar su nombre de labios de una chica cuyos ojos parecían rogar por amor.
Sin entender el significado del rechazo, desde ese día la buscó y la buscó.
La casa de Ana no era de las mejores. Pese a ello, Alberto recorrió cada rincón.
Cuando hubo conocido cada maltrecho espacio de la casa, decidió dormir en la cama de Ana.
Alberto era un gato caprichoso y, aun sabiéndose bienvenido en aquel hogar, solo aparecía cuando Ana lamentaba la ausencia del hombre que le había enseñado el significado de un amor sincero.
Alberto, en este aspecto, fue muy astuto.
A sabiendas de que su dueña no gustaba de los gatos, al verla triste y sumida en sus recuerdos, aprovechaba para caer en sus brazos.
Ella, ante él, se mostraba indefensa ante tanta pena y se entregaba de lleno a su ronroneo.
Alberto la acompañaba en cada lágrima que derramaba.
Cuando pasaron varios días desde la llegada de Alberto, el rechazo de Ana hacia los gatos desapareció, como también su pena.
Un día, cuando Ana retornaba del trabajo, divisó a su Alberto entre las calles, tan lejos de casa que no encontró explicación para su presencia allí.
Ana, desviándose de su recorrido, apresuró el paso; a su gato no lo quería perder.
Entre aquellas calles desconocidas, el gato de Ana se detenía cada cierto tiempo para asegurarse de que su dueña siguiera tras él.
Entonces, a sabiendas de algo que Ana desconocía, la guió.
Ana, con la angustia en la garganta, continuó tras él.
Solo se detuvo cuando sus pies la llevaron hasta el portón de una vivienda.
Allí, parada frente a la reja de aquella casa, dudó si le correspondía entrar en busca de su gato.
El lamento de los presentes en aquel hogar tenía una explicación y Ana, a pesar de creerse una intrusa, se armó de valor y avanzó en silencio, a paso ligero.
Su presencia a nadie molestó.
Ana, como una más entre aquellas personas, caminó.
Grande fue su sorpresa cuando descubrió a Alberto posado sobre el cuerpo de su gran amor, que yacía sin vida dentro de un ataúd.
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Editado: 19.10.2026