Alexis se dio cuenta en los días siguientes de que Ayden la miraba de forma extraña. En el coche a través del retrovisor captaba su mirada fija en ella y cuando caminaban veía que él seguía sus movimientos.
Una noche al volver a su casa, antes de marcharse Ayden le propuso: — Quédate a tomar una copa con nosotros.
Alexis sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho.
¿He hecho algo mal? ¿Me he delatado? ¿Se ha dado cuenta de algo? Eran las preguntas que le pasaban por la cabeza. A pesar de todo, aparentemente tranquila se sentó en el sofá blanco quitándose la chaqueta.
— ¿Qué vas a tomar? — le preguntó él tras quitarse la corbata y desabrocharse los primeros botones de la camisa.
Alexis detestaba el alcohol, pero como hombre tenía que decir algo: — Un vodka con mucho zumo de naranja, si tienes.
Era la única forma de llevarse la bebida a la boca. Ayden sonrió, pero no dijo nada.
Al cabo de un rato, dejó la copa en la mesita que tenía delante y se sentó en el sillón frente a ella.
— Peter, te he estado observando estos últimos días y tengo la impresión de que estás muy atento y tenso, como si tuvieras miedo cuando estás conmigo. No te preocupes, no soy de mente estrecha. Lo que me importa es que el resultado del trabajo sea el adecuado.
Alexis no entendía lo que le estaba diciendo y se había quedado mirándolo perpleja, cuando sonó el timbre. Ayden se levantó y fue a abrir la puerta. El que entró era su apuesto hermano, al que había visto en la foto.
Los hermanos se dieron la mano, como socios de trabajo, algo que llamó la atención de Alexis. Evidentemente, no se llevaban bien.
— Tantos guardaespaldas, ni la Casa Blanca tiene», bromeó Vadim.
— Es una herencia de mi padre, junto con la empresa. Pasa, por favor. ¿Le has avisado a tu padre de que has llegado?
— No. Si se lo dijera, insistiría en que me quedara en casa. Ahora me alojo en el hotel y he encontrado una casa cerca del hospital, pero aún no está lista.
Alexis se puso de pie.
— Disculpadme. Tengo que irme.
Se le había presentado la oportunidad que estaba esperando.
— En primer lugar, quiero presentaros. El es mi hermano Vadim, y el mi guardaespaldas y mi chófer, Peter Miller.
Vadim por primera vez desde que entró, dirigió sus ojos color chocolate hacia ella y le tendió la mano. Él también era tan alto como su hermano, aunque su rostro tenía una amabilidad y una dulzura de las que carecía el de su hermano.
Ella le tendió la mano y le apretó la suya con fuerza. Sus miradas se cruzaron y ella vio sorpresa en los ojos de él.
Alexis apartó rápidamente la mirada y retiró la mano.
— Tengo que irme. Buenas noches.
Mientras se dirigía hacia la puerta, esbozó una mueca de desesperación. Como Vadim era médico, probablemente fuera más difícil engañarlo. La mirada que él le lanzó la dejó inquieta. ¿Acaso se había dado cuenta de algo?
•••
Ayden miró los papeles que tenía delante y se pasó la mano por el pelo. Algo no iba bien en la empresa, pero no conseguía identificarlo. Aunque todo parecía estar en orden, algo le inquietaba. Dejó los papeles sobre su escritorio y se recostó en la silla con los ojos cerrados.
El golpe en la puerta le hizo enderezarse y sentarse en su lugar. Steven entró con aire seguro y se dirigió a sentarse en la silla frente a él.
— Buenos días. Veo que estas muy metido en el trabajo.
— Sí, hay muchas cosas que tengo que revisar —. Extendió las manos y recogió los papeles que había sobre su escritorio.
Los ojos de Steven lo observaron con curiosidad durante un momento y luego dijo con tono relajado.
— ¿Te has enterado de la celebración de la empresa, de sus cien años en el mundo de los negocios? Estamos organizando una gran fiesta. Vendrá toda la gente importante y también estarán invitados los agentes más destacados del mercado.
— Sí, me lo dijo padre. Por lo que sé, te has encargado de la organización.
— Sí, ya está casi todo listo. Verás, es para este sábado.
— ¿Necesitas algo de mí?
— Solo tu presencia —, dijo él sonriendo. Luego se levantó y salió del despacho.
•••
Alexis entró en la habitación de su hermano. La escena era como si se repitiera cada día. Su hermano tumbado, inmóvil, y su madre leyendo en voz baja sentada en una de las sillas de la habitación. Cada vez que la veía, se levantaba para recibirla con una sonrisa. Solo que últimamente Alexis estaba preocupada por ella, porque la veía cada vez más pálida y débil.
Después de ir a dar un beso a su hermano, Alexis se volvió hacia su madre.
— Mañana tengo el día libre, porque el sábado tendré que quedarme más horas en el trabajo. Ahora coge tus cosas y vete a casa a descansar. Hoy me quedaré yo con Peter.
— No, hija. Estás cansada mientras que yo me paso todo el día aquí sentada.
— Mamá, no voy a escuchar ni una palabra más. Vete a casa a disfrutar de tu baño, a comer como es debido y a descansar. Tienes que estar fuerte por Peter. Hoy me quedaré yo con mi hermano, ya que puedo.
Al final, su madre se convenció y Alexis la acompañó hasta la entrada y le buscó un taxi para que se marchara.
Volvió a la habitación con paso cansado. Se acercó a la cama de su hermano y le acarició la mejilla pálida.
— Vamos Peter, despierta. No puedo verte así.
Se tumbó a su lado en la cama, como solían hacer cuando eran niños, de espaldas a la puerta de la habitación y los ojos llenos de lágrimas.
No había llorado desde aquel día tan terrible. Su vida transcurría demasiado rápido como para tener tiempo de llorar y no quería entristecer también a su madre. Apoyó la frente en la mejilla de su hermano y empezó a hablarle del trabajo, de su transformación y de Ayden.
Alexis no se percató de que el médico había entrado en la habitación para examinar al paciente y se quedó inmóvil, escuchándola hablar.
Al cabo de un rato tratando de no hacer ruido, salió de la habitación.