Mi libro

La muerte de Isabel Aldama, como me la imagino en base al cuento de mi madre

—¡Mis pastillas, por favor! ¡No puedo respirar bien, siento que me ahogo!

Anilia se puso muy nerviosa. Aunque esos episodios no eran raros, algo en su interior le decía que esta vez era diferente.

Corrió de un lado a otro, sin saber qué hacer ni recordar dónde estaban los dichosos medicamentos. Abrió el botiquín del baño y tiró todo el contenido al suelo; ya lo juntaría luego. Fue a la cocina. Isabel guardaba algunos remedios allí. Con las prisas, ni siquiera pensó que su madre precisaría un vaso de agua para tragarlos y que, estando en la cocina, habría sido el momento ideal para llenarlo. Cuanto más rápido quería hacer las cosas, más torpes eran sus movimientos.

Pensó en llamar al doctor, pero casi nadie tenía teléfono en esos años. Tendría que buscar a algún vecino que lo tuviera, pero, en su confusión, no lograba recordar a ninguno. Entendió que eso tardaría demasiado.

"Mejor ir a buscar al médico directamente", pensó.

"¿Dónde están las dichosas pastillas?", se preguntó una vez más. Su madre, observando su desorientación, le dijo con calma:

—Tranquila, Anilia. Las pastillas están en mi mesa de luz, en el primer cajón. Y, por favor, dame el vaso de agua que está sobre ella. Gracias.

Anilia recuperó por fin la claridad mental. Abrió el cajón, encontró el frasco y se las dio junto al vaso.

Luego dijo: "Ya vengo", y salió caminando con paso pausado, como si no tuviera prisa alguna, para no alarmarla. Una vez fuera de su vista, corrió como alma que lleva el diablo las pocas cuadras que la separaban de la casa del doctor. En un pueblo chico todo queda cerca.

Pero, cuando volvió con el doctor, ya era demasiado tarde...

***

Anilia se despertó sudando profusamente. "¡Qué sueño tan horrible!", pensó. No era la primera vez que le pasaba; tenía la maldita bendición de los sueños proféticos.

Así que, cuando unas horas después su madre le dijo:¡Mis pastillas, por favor. No puedo respirar bien, siento que me ahogo! Anilia sintió cómo el terror la paralizaba. Supo, con cruel certeza, que otra vez el doctor llegaría tarde.

Sobre esta historia

He incursionado poco en la ficción, pero tal vez algún día lo haga más seriamente.

Esta historia es una pieza de ficción, pero la escribí basándome por completo en los recuerdos que me transmitió mi madre sobre su propia madre, Anilia, y su abuela, Isabel Aldama de Murguiondo. La fotografía que acompaña este capítulo pertenece al panteón familiar, donde se la ve a ella. A falta de una imagen nítida de su rostro en vida, esta fue la única manera de descubrir cómo lucía.

Realmente me impacta lo lograda que está esa escultura y el realismo que transmite. Al mirarla con atención, me parece estar viendo, cara a cara, a mi bisabuela




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