Las zapatillas de ballet
En aquellos años de mediados del siglo XX, los roles familiares estaban sumamente marcados: mi padre no se ocupaba en absoluto de los asuntos cotidianos del hogar; el hombre trabajaba afuera y la mujer era quien decidía y gobernaba las dinámicas de la casa. Por eso, las decisiones sobre nuestra educación y actividades pasaban estrictamente por las manos de mamá.
Recuerdo el primer día de ballet como si fuera hoy mismo. Mi madre me llevó de la mano cuando yo tendría apenas unos cuatro años. Me dejó un ratito esperando en la entrada mientras ella se encargaba de arreglar con la profesora los detalles prácticos: supongo que el horario, el costo de las clases y la ropa reglamentaria que debía usar. Poco tiempo después empecé a ir acompañada por Irene y, más adelante, se sumarían también mis otras hermanas.
De esa época guardo dos sustos memorables. El primero ocurrió el día en que apareció en la clase un lobo que nos pegó un espanto espantoso a todas las niñas. Yo salí huyendo despavorida y enterré la cara con fuerza en un sillón, ¡como si ocultar los ojos me fuera a salvar del peligro! Por supuesto, a la distancia entiendo que solo se trataba de otra niña jugando con una careta, pero Irene también lo recuerda perfectamente: ¡para nuestra corta edad fue un auténtico momento de terror!
El segundo percance fue el día en que me perdí a la salida. Al salir del edificio, caminé distraída hacia la derecha en vez de hacerlo hacia la izquierda. Tras avanzar unas cuadras completamente desorientada, llegué a una avenida enorme y, desbordada por el miedo, me puse a llorar en la vereda. Por fortuna, me encontró un policía muy amable que me tomó de la mano y me llevó de regreso sana y salva.
El escenario del Solís y la magia de volar
Nuestras clases no eran un simple pasatiempo: hacíamos festivales anuales nada menos que en el prestigioso Teatro Solís. La profesora se llamaba Paula Jarla Llovich. Yo no me acordaba con exactitud de su apellido pero, mucho después, buscando e investigando en Google, logré dar con ella. Había sido una destacada bailarina del Sodre —la institución que posee el cuerpo de ballet más importante del Uruguay—, por lo que lógicamente conservaba los contactos y el prestigio necesario para que le alquilaran o le prestaran el principal escenario del país. También recuerdo a una señora pianista que siempre estaba allí, firme al pie del cañón musical; creo que la llamaban René.
Lo que más me fascinaba de aquellas tardes era el final de la clase, cuando la profesora nos permitía elegir un tipo de danza libre para bailarlo solas en el centro del salón. Yo siempre pedía pasos diferentes, sobre todo uno que llamaban mazurca, pero a medida que fui creciendo, me enamoré de un movimiento en especial. En francés se escribe jeté en tournant. Yo lo pedía de forma incansable. Era considerado un salto sumamente difícil para una niña, pero a mí me encantaba porque, al ejecutarlo en el aire, sentía casi la maravillosa sensación de que estaba volando. Era un momento verdaderamente mágico para mí.
El giro inesperado hacia el baile español
Luego de varios años de constancia, a mi mamá se le ocurrió de la noche a la mañana que lo mejor para nuestro futuro era aprender baile español. Sin demasiadas explicaciones, me sacó del ballet clásico y me mandó directo a aprender la nueva disciplina. Yo, siendo una hija sumamente dócil, no protesté en voz alta, pero por dentro estaba profundamente molesta. El ballet me fascinaba; el baile español, si bien no me disgustaba del todo, no era lo que yo quería para mi vida.
El cambio, además, fue un golpe duro para mi orgullo infantil: pasé de ser una de las alumnas más expertas y avanzadas de la clase de ballet, a transformarme en la pobre principiante que no tenía la menor idea de cómo zapatear con gracia o coordinar el uso de las castañuelas. ¡Ese arte es muchísimo más difícil de lo que parece a simple vista!
Finalmente, al notar mi desencanto, mi mamá terminó cediendo y me llevó de vuelta al ballet clásico. Pero lamentablemente ya nada volvió a ser igual. En el ínterin yo había crecido, había aumentado un poco de peso y mis músculos se habían endurecido notablemente por la falta de práctica continua. Ya no me salían las acrobacias ni los giros con la fluidez de antes, la magia se había desvanecido y, frustrada, terminé dejando las zapatillas.
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Editado: 18.10.2026