Cuando terminé de cursar el cuarto año de la escuela primaria, mi mamá Mabel tomó una decisión que marcaría un antes y un después en mi destino, aunque en el momento no lo pareciera. Me compró un "cuaderno de vacaciones" con el firme objetivo de que me pusiera a completarlo durante las largas e interminables horas de la siesta en la estancia. El librillo venía cargado con muchísimas actividades de lenguaje y matemáticas, similares a los deberes tradicionales que mandaban las maestras durante el año lectivo, pero más interesantes.
Al ver el regalo, me horroricé por completo ante la simple idea de pasar mis vacaciones estudiando. Sin embargo, los caminos de la mente son misteriosos. Al sentarme bajo la sombra en La Paloma descubrí con un asombro mayúsculo que hacer esos deberes en mis horas de ocio absoluto, sin nadie que me presionara con una nota y resolviendo tareas que me parecían genuinamente interesantes, ¡era algo sumamente entretenido!
En ese preciso momento, rodeada del silencio de la estancia, empecé a vislumbrar un concepto pedagógico profundo que me llevaría largos años de adultez elaborar y teorizar de forma profesional: ¡aprender es divertido! A mí, en particular, me fascina estudiar. Este gusto por el conocimiento se fue gestando muy de a poco con el paso del tiempo; me costó muchísimo reconocerlo en mí misma y aceptarlo sin culpa, pero una vez que lo asumí, llegó para quedarse.
De las siestas en el campo a las páginas de una revista escolar
Este pequeño relato sobre las siestas de mi infancia esconde, además, una hermosa historia
Muchos años después, cuando ya era una mujer grande cursé Didáctica eI en el Instituto de Profesores Artigas (IPA). Años después, decidí enviarle este texto al profesor que ofició como mi adscriptor, con el que siempre he permanecido en contacto, aunque no cercano.
Para mi absoluta sorpresa, al docente le gustó tanto el relato que me preguntó con total entusiasmo si me parecía bien publicarlo en una revista interna del centro educativo donde él trabajaba.
Obviamente le respondí que sí, halagada por el gesto. A partir de ese debut, y durante varios meses, le continué mandando diferentes cuentos cortos que él iba publicando sagradamente número tras número.
Al año siguiente, tal parece que las condiciones burocráticas del liceo cambiaron, las autoridades se pusieron más rígidas y no quisieron aceptar más colaboraciones de autores externos.
Sin embargo, más allá del final del ciclo, me quedó una satisfacción inmensa en el alma: saber que los recuerdos de mi niñez le habían llegado tan hondo a un colega como para querer imprimirlos y compartirlos con sus alumnos. Fue el primer aviso de que mis historias merecían ser contadas.
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historias de vida, sabiduría de la vida, alegrías y tristezas
Editado: 18.10.2026