Rita
Cuando tenía nueve años en ese cuarto grado, me topé con una injusticia. Mi maestra de entonces, Rita, me insultó y me maltrató físicamente delante de todos mis compañeros por el simple hecho de tener el cuaderno desprolijo. Ya era jueves y, de forma desalmada, me ordenó pasar en limpio absolutamente todo el cuaderno para el lunes, ¡pese a que yo ya llevaba unas cien páginas escritas a mano!
Por mi timidez de entonces, que ya rayaba en la estupidez, por un heroísmo infantil malentendido o por puro miedo, no le dije una sola palabra a mi mamá. Solo le pedí dinero para comprar un cuaderno nuevo y me senté a arrancar aquella tarea interminable. Mi madre no sospechó nada en un principio porque yo era de perder las cosas de forma constante.
Iba recién por la cuarta página cuando la puerta de mi cuarto se abrió de golpe y mi madre entró hecha una furia total:
—¡¿POR QUÉ NO ME DIJISTE NADA?! —me gritó con el corazón en la boca.
Se había enterado porque otra compañerita de la clase, profundamente preocupada por el maltrato que había presenciado, había ido con el cuento a su propia mamá, y esta llamó a la mía. Mi madre no lo dudó un segundo: marchó directo a la escuela y armó un escándalo de los buenos, de esos que hacen temblar las paredes. La directora, intentando contemporizar y para no desautorizar del todo a la maestra delante de la comunidad, salomónicamente seleccionó las peores diez hojas para que yo las copiara y dejó el castigo ahí.
Aquel día viví algo sumamente desagradable e injusto, pero, paradójicamente, hoy lo recuerdo con una sonrisa inmensa. Fue la tarde en que me sentí verdaderamente apoyada, protegida y profundamente orgullosa de las garras de mi madre.
El peso de la impunidad y la mujer que soy hoy
Hay algo que me sigo preguntando con indignación al día de hoy: cómo la institución escolar toleró a esa maestra y le permitió seguir trabajando en las aulas, no solo ese año. Yo misma la seguía cruzando en los pasillos de la escuela luego de haber terminado ese fatídico cuarto grado.
Hace poco pensaba que, por una cuestión de lógica temporal, Rita ya habría fallecido. Sin embargo, una persona conocida me comentó recientemente que era compañera suya en una actividad, en una clase o un coro. Al saber que sigue viva, hay una parte de mí que desearía fervientemente ir a encararla, pararme frente a ella y preguntarle mirándola a los ojos cómo se atrevió a destratar y humillar de esa manera tan cruel a la niña vulnerable que fui.
En mi infancia yo era una persona sumamente tímida, un rasgo que me condicionó por años, hasta que crecí lo suficiente, maduré y tomé la decisión firme de que no iba a dejar que los demás me pasaran por encima nunca más. Al menos, me prometí intentarlo con todas mis fuerzas, aunque a veces, como nos pasa a todos los seres humanos en los avatares de la vida, no lo logre completamente.
Escribir esta historia es mi manera de hacer justicia por aquella gurisa de nueve años. Los abusos, del tipo que sean deben ser denunciados.
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Editado: 18.10.2026