La máquina de tejer arrumbada
Cuando yo era chica, mi madre tenía una máquina de tejer en casa. La usó con entusiasmo durante un tiempo, pero eventualmente la tecnología la aburrió y terminó por arrumbar el aparato en algún rincón. Fue en ese entonces cuando empezó a tejer a la vieja usanza, con dos agujas tradicionales.
Recuerdo perfectamente que pasaba horas con las lanas, y tenía la particular costumbre de hacer y deshacer su propio tejido de forma constante. Yo miraba aquello sin entenderlo del todo; sin embargo, esa imagen familiar la terminé usando muchísimo más adelante en mi vida y en circunstancias geográficas muy diferentes, como se verá a continuación.
El invernadero de Solarpunk
En junio del año 2018, me tocó trabajar en un proyecto educativo de vanguardia llamado Solarpunk. El objetivo principal del programa era loable: ayudar a jóvenes provenientes de poblaciones social y económicamente deprimidas, brindándoles una mejor base académica para que les fuera bien al ingresar a la universidad. La propuesta consistía en hacerlos construir un invernadero tecnológico, utilizándolo como la excusa perfecta para que aprendieran conceptos prácticos de ciencias y matemáticas.
Lamentablemente, en la práctica el experimento funcionó al revés. Para muchos de los participantes, aquello era tomado nomás como una clase de arte o un taller de manualidades para pasar el rato; cuando los profesores intentábamos sentarnos a enseñarles la teoría científica detrás del diseño, la gran mayoría no prestaba la menor atención.
A todo el cuerpo docente nos llamó poderosamente la atención la actitud de un grupo en particular: los alumnos más atrasados y problemáticos. Venían juntos de una escuela indígena llamada San Xavier Mission y hacían las cosas de la peor manera posible. No mostraban el más mínimo interés por aprender, llegaban sistemáticamente tarde a los laboratorios y eran sumamente irrespetuosos con los coordinadores. Como eran todos amigos íntimos e incluso familiares entre sí, se potenciaban los malos hábitos los unos a los otros en el aula.
Para colmo de males, luego nos enteramos de un detalle insólito que explicaba su desgano: ¡el proyecto hasta les pagaba una asignación económica por el simple hecho de asistir!
La barrita de San Xavier y la herencia de Isabel
Uno de los últimos días del proyecto, viendo las dificultades de los chicos, me senté a intentar ayudarlos. Empecé a construir una estructura de escalera utilizando palitos de madera, de esos que se usan habitualmente en los helados, para apuntalar uno de los equipos del invernadero. Mi primer intento fue un fracaso absoluto y se derrumbó sobre la mesa. Cuando armé el segundo prototipo, me quedé mirándolo y no me convenció en absoluto el resultado; intuía perfectamente que la estructura no iba a aguantar el peso real del sistema, así que tomé la decisión de deshacerlo por completo yo sola con mis manos.
Al ver que desarmaba todo el armazón, una de las muchachas de la barrita de San Xavier —que era justamente una de las líderes más rebeldes del grupo y que no me quería nada— soltó una carcajada burlona en mi cara y me espetó con desprecio:
—¡Después de pasar tanto trabajo haciendo eso, ahora vas y lo rompés!
En ese segundo exacto, lejos de enojarme o perder los estribos, me miré las manos y me dije para mis adentros que tal vez, a pesar de las barreras, aún le podía enseñar una última gran lección a esa joven. Me senté con ella y le conté una historia.
Le relaté que, cuando yo era apenas una niña en el Uruguay, solía pasar las tardes observando a mi madre tejer en el living. A veces, luego de haber avanzado muchísimo y de tener más de treinta centímetros de prenda ya listos, mi madre se detenía en silencio, miraba el hilado y, de repente, empezaba a deshacer las carreras enteras, una a una, hasta casi comenzar desde cero. Yo me reía para mis adentros en mi ignorancia infantil, y me asombraba de la paciencia interminable que tenía mi madre para sabotear su propio esfuerzo. Me reía igual que esa muchacha se acababa de reír de mí.
—Pero con el tiempo —le expliqué mirándola fijamente—, la madurez me hizo entender la sabiduría de mi madre. Comprendí que si uno realmente quiere entregar un trabajo bien hecho en la vida, no puede construir jamás sobre una base defectuosa.
Desarmar a tiempo no es un fracaso; es el único camino hacia la excelencia.
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Editado: 18.10.2026