Mi madre Isabel era una pianista excepcional. Cuando yo era apenas una gurisa de pocos años, me acuerdo de que ella se sentaba al teclado a tocar con maestría la Marcha Turca de Beethoven. En cuanto sonaban los primeros compases, el living se transformaba de inmediato: Irene y yo —y tal vez Andrea también— nos poníamos a bailar y a dar vueltas por toda la casa desbordadas de risa.
Qué misteriosa es la memoria: sesenta años después de aquellas tardes, y en circunstancias de la vida muy diferentes de las que tal vez me anime a hablar algún día, volví a escuchar esa misma melodía de fondo. Supuse que algún vecino del barrio estaba tocando el piano, pero ese simple hecho acústico bastó para traerme de golpe el recuerdo nítido de mi mamá y de esa época tan linda y protegida de mi niñez.
Con los años, mi madre también retomó el piano, y hoy en día existen muchísimas melodías que me la devuelven enterita en cuanto el aire registra el primer compás.
La diversión del tocadiscos
En el apartamento la música no solo nacía de nuestras propias manos; mis padres erangrandes consumidores de discos.
En aquellos años de la niñez se usaba el clásico tocadiscos de mueble. Había vinilos de diferentes tamaños que funcionaban con distintas velocidades: 33, 45 y las viejas 78 revoluciones por minuto. ¡Para nosotros los gurises era un juego sumamente divertido poner un disco que era de 33 RPM a la velocidad de 78, o viceversa, para reírnos a carcajadas escuchando las voces ultra rápidas o deformadas de los cantantes!
Con el correr de las décadas, la tecnología avanzó a pasos agigantados ante mis ojos: se empezaron a usar los grabadores de cinta, luego los reproductores de video, los cassettes, el formato de CD, el DVD y, finalmente, la era digital actual, donde cualquiera puede escuchar la música que desee al instante a través de una computadora o un teléfono inteligente.
Antes de esta revolución, las opciones eran drásticas: o te encadenabas a la radio o gastabas una fortuna comprando los discos en las tiendas oficiales. Era sumamente frustrante tener que pasar horas esperando al lado del aparato a que los locutores tuvieran a bien pasar la canción exacta que a uno tanto le gustaba.
El mundo cambió por completo, pero la mística de aquellas tardes musicalizadas en Montevideo permanece intacta.
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Editado: 18.10.2026