Las páginas que el lector encontrará salpicadas a lo largo de mis diferentes libros en este mostrador de Booknet pertenecen a un tesoro familiar incalculable, rescatado directamente de una valija que cruzó fronteras transatlánticas. Su origen es un manuscrito que a mi madre Isabel se le ocurrió escribir hace ya bastantes almanaques con sus propias memorias de niñez y juventud en el Uruguay.
Sin embargo, detrás de esas hojas tipeadas se escondía una batalla médica y humana de una dignidad imponente. A mi madre los doctores le recomendaron escribir aquellas páginas como una terapia de rehabilitación médica —y no meramente psicológica, aunque sospecho que cumplía ambas funciones—. Ella padecía de un síndrome parkinsoniano, una enfermedad similar al parkinson, y el ejercicio del lápiz y el teclado era una prescripción estricta para practicar la motricidad fina y ralentizar el avance de la enfermedad. Sus terapeutas le sugirieron además que usara fotografías para inspirarse en lo cotidiano y que luego redactara textos basados en lo que veía; una estrategia clínica diseñada para hacer trabajar activamente sus capacidades cognitivas superiores.
Afortunadamente, mi madre se mantuvo sumamente lúcida y despierta hasta el final de sus días, manifestando únicamente algunos deslices comprensibles cuando la afección neurológica ya se encontraba en su fase más avanzada. Recuerdo con total nitidez que una tarde, encontrándonos justamente de estadía en la casa de La Yaya en La Paloma, ella se me quedó mirando y me soltó una pregunta inesperada:
—Anabel, ¿en esta casa hay baño?
Yo, apelando a mi practicidad habitual para traerla de vuelta al plano real, le contesté con una sonrisa:
—Mamá, ¿en dónde viste vos una casa moderna que no tenga un baño instalado adentro?
Analizándolo hoy en la computadora, es verdad que las construcciones antiguas del siglo XIX o anteriores solían tener los sanitarios afuera, en el patio, pero mi madre era nacida en el año 1935 y conocía perfectamente la arquitectura moderna del país.
En esos mismos meses, cerca de su desenlace, también me llegó a preguntar con cierta confusión si yo ya había estado alguna vez de visita en esa misma propiedad de la costa. Aquellos despistes de la memoria ocurrieron en el tramo final de su travesía, probablemente entre fines de 2020 y los primeros meses de 2021.
Mi madre terminó por fallecer poco después, en julio de 2021, aunque no a causa del Parkinson. Su partida física coincidió con una de las etapas más restrictivas de la crisis sanitaria global y los protocolos de la pandemia transformaron su velatorio en una verdadera encrucijada logística y afectiva: por decretos estatales de aforo, solo se permitía el ingreso de un máximo de seis personas a la sala y las ceremonias fúnebres no podían extenderse por más de tres horas [civics]. Un bache de despedida sumamente acotado y frío para una mujer que había sembrado tanto afecto en el pago.
De los bemoles y las dificultades de ese funeral hablaremos en profundidad más adelante en su propio espacio, pero decido asentar estas líneas para rescatar los recuerdos frescos antes de que el traqueteo de las horas los termine por desdibujar. Yo le pedía que me contara más historias, pero ella quería empecinadamente editar los que ya tenía.
Yo sentía que se le acababa el tiempo y le prometí hace más de 5 años, que yo me encargaría de eso. Finalmente decidí agregar sus historias a las mías. Lo que el lector está por descubrir en mis distintas obras son las piezas de este puzzle familiar, ordenadas finalmente por las tijeras de la memoria digital.
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Editado: 18.10.2026