Por el lado de mi padre, mi abuela paterna era Cuca y su hija Lila fue, en realidad, mi única tía. Es cierto que hubo otra bebé en esa rama, pero no llegué a conocerla. Tíos varones de sangre tuve solamente uno con el que generé un trato real, dado que el otro hermano de mi padre falleció de forma trágica cuando yo tenía apenas un año de edad.
En cuanto a mi madre, ella no tuvo hermanos de sangre. En el libro de sus recuerdos quedó registrado un embarazo perdido tras el cual mi abuela materna ya no pudo volver a concebir hijos.
Mi madre se expresó así en su libro:
Cuando yo nací mamá tuvo placenta previa, eclampsia, y nefritis. Fue un parto complicado, difícil. Cuando yo tenía 5 años mamá quedó nuevamente embarazada y lo perdió. Era un varón. Lamentamos mucho esa pérdida porque a mí me encantaba la idea de tener hermanos. Yo deseaba "millones de hermanitos".
Revisando los datos con ojo clínico, tengo la fuerte sospecha de que aquello se debió a una incompatibilidad de factor Rh en la sangre de la pareja; un problema médico que en esos años iniciales del siglo XX era algo completamente desconocido y carente de tratamiento en los hospitales del pago. Debido a este bache reproductivo, mi madre creció sintiéndose muy sola en la infancia escolar.
Sin embargo, la vida se encargó de compensar esa falta: sus primos hermanos funcionaron en el día a día como sus verdaderos hermanos de crianza, sumados a un stock de amigas de la vida excepcionales que también tendrán sus propias historias en mis libros.
#1721 en Otros
#303 en Relatos cortos
#79 en No ficción
historias de vida, sabiduría de la vida, alegrías y tristezas
Editado: 18.10.2026