Dentro del caos de las páginas de mi madre y con ayuda de sus relatos orales, logré reconstruir la trastienda exacta y oculta que provocó su dramático accidente de la infancia en Montevideo.
Todo comenzó por una tremenda imprudencia doméstica cuando ella tenía apenas dos años y medio de edad. En la casa siempre contaban con el servicio de una empleada con cama; a veces resultaban ser mujeres muy buenas y atentas, y en otras ocasiones no tanto. En aquellos meses, mi madre se encontraba convaleciente en el hogar debido a una severa intoxicación estomacal: se había comido una cantidad considerable de semillas de eucaliptus. La cuidadora de turno se las había entregado ingenuamente para que jugara en el piso, diciéndole con total ligereza: «Tome, mijita, que son uvitas». Mi madre, con la inocencia de sus dos años, jugó con ellas y decidió probarlas; descubrió al instante que tenían un sabor horroroso, pero como una adulta se las había dado, asumió que eran para comer.
Para lograr que se desintoxicara del veneno, los médicos la pusieron bajo una dieta médica sumamente estricta. Al llegar el mediodía, para evitar que la niña sintiera el olor de la comida pronta y le diera hambre, la familia optaba por mandarla al altillo de la casa, que era el dormitorio donde la chica del servicio dormía. Aquella habitación elevada tenía un acceso directo hacia la azotea de la propiedad. Una de esas tardes, aburrida en el encierro, la niñera decidió subir a los techos y llevó a mi madre a upa con ella. Queriendo pasar de forma imprevista hacia la azotea de una amiga vecina para conversar, a la muchacha no se le ocurrió peor idea que caminar en línea recta por encima de una claraboya de vidrio.
El cristal lógicamente cedió bajo el peso y ambas cayeron al vacío desde una altura de varios metros. Mi madre dice que fueron 8 m, pero yo pienso que eso es un error de cálculo suyo. Por alto que fuera el techo, 8 metros me parece demasiado.
Mi madre se expresó así:
Caímos ocho metros, pero el vecino tenía puesto un latón en la tapa del sótano que estaba abierto. Eso amortiguó el golpe y no nos hicimos nada más que magullones. Pero cuando estábamos abajo un vidrio que había quedado pendiente decaer, cayó justo en mi rodilla. Tuve suerte, solo me cortó superficialmente. Todavía tengo la cicatriz, pero no quedé renga.
Tuvieron una suerte descomunal de sobrevivir a semejante porrazo. Se salvaron de una muerte segura en el fondo porque había un latón grande colocado justo en la abertura de la puerta del sótano que amortiguó parcialmente el impacto, permitiendo que se deslizaran hacia abajo sufriendo únicamente magullones y golpes menores.
Pero a pesar de que el latón detuvo la caída, el peligro de muerte seguía latente en el aire: todavía había que evitar que los pesados pedazos de vidrio que habían quedado colgando en el marco de la claraboya terminaran por degollarlas al desprenderse.
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Editado: 18.10.2026