La niñera reaccionó con reflejos, agarró de apuro a mi madre y tiró de ella a tiempo para apartarla de la línea de caída de los cristales principales. Sin embargo, no fue lo suficientemente rápida como para salvarle la pierna. Un trozo de vidrio filoso, que había quedado balanceándose en un movimiento pendular macabro, finalmente se desprendió del techo, cayó con fuerza y se le enterró profundamente en la articulación de la rodilla.
Al ver la escena sangrienta, mi abuela Mamama se desmayó en seco en la misma puerta del sótano. Tata, desesperado y tratando de consolarla en medio del caos, le gritaba: «¡No, no, quédate tranquila que está bien! ¡Mirá, ahí viene!». Y mientras mi abuela recobraba el sentido, mi madre venía subiendo solita los escalones con el enorme pedazo de vidrio clavado en la rodilla. Aquel drama doméstico le dejó una cicatriz imponente de por vida. Tuvo una suerte inmensa; la herida solo la cortó de forma superficial y, aunque la marca la acompañó siempre, no quedó renga. Por esa exacta razón, desde su juventud, mi madre siempre adoptó la estricta costumbre de usar polleras largas que le cubrieran las rodillas por completo; una regla de vestuario que mantuvo inquebrantable incluso en las épocas en que la minifalda estaba de última moda en el mostrador de las tiendas y todas las mujeres la usaban en la calle. Su orgullo y su coquetería eran un escudo inexpugnable ante las miradas ajenas.
Eso fue una inconsciencia absoluta. Es increíble la falta total de criterio y de cabeza de esa cuidadora. Darle semillas de eucaliptus a una criatura de dos años y medio diciéndole con total ligereza que eran "uvitas" es de una irresponsabilidad y una ignorancia que hielan la sangre. O era una muchacha sumamente joven y sin ninguna experiencia en el cuidado de niños, o arrastraba una falta de educación y de sentido común alarmante. Puso en riesgo la vida de mi madre dos veces en el mismo día: primero con el veneno de las semillas y después llevándola a upa a caminar arriba de los vidrios de una claraboya a varios metros de altura.
Menos mal que la naturaleza y el latón del sótano jugaron a favor del destino de la familia en Montevideo. Y que la niñera, a pesar de todo, reaccionó como tenía que hacerlo. Aunque aquello era su culpa, de alguna manera le terminó salvando la vida a mi made.
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Editado: 18.10.2026