Cuando conocí a Gael, apenas éramos un par de niños intentando comprender la inmensidad de un mundo que nos quedaba demasiado grande. Mi primer recuerdo de él es casi fotográfico: un niño delgado, de mirada esquiva, que sujetaba contra su pecho una libreta gastada de pasta amarilla, con las manos y los puños eternamente manchados de tinta.
Solían molestarlo con frecuencia. Los demás niños del colegio no entendían su retraimiento ni su afán por buscar refugio bajo las sombras del hueco de la escalera principal. Para ellos, incapaces de descifrar la paz de su silencio, Gael era un enigma molesto. No entendían por qué no le interesaba socializar, por qué declinaba las carreras ruidosas en el patio o por qué prefería quedarse durante el recreo escribiendo sin descanso en aquel cuaderno viejo de pocas páginas, cuyo contenido protegía con el cuerpo como si en él se guardara el secreto más frágil del universo.
Nunca me gustó que lo atormentaran. Que un niño fuera tranquilo y no compartiera la fascinación desbordada por los juegos comunes no me parecía un defecto; al contrario, me inspiraba un respeto instintivo. Sin embargo, en la lógica cruel de la infancia, lo diferente se castiga. Muchos padres de familia lo miraban de reojo, con cierto desprecio velado o una sorpresa incómoda cuando él, con una educación impecable pero distante, les dirigía la palabra. Con el tiempo comprendí que lo que sobreabunda en este mundo es el miedo a lo desconocido. Si alguien no cumple con las expectativas rígidas de lo que la sociedad considera "normal" o "correcto", se convierte de inmediato en el blanco de las burlas, la marginación y las críticas más despiadadas.
Gael era la representación misma de lo desconocido. Pero para mí, sin que pudiera articularlo entonces con palabras de adulta, era la encarnación perfecta de la entrega absoluta a las cosas pequeñas.
La primera vez que me armé de valor para hablarle, se encogió de golpe entre sus propios brazos. Pensó que yo me sumaría a la comparsa de niños que solían acosarlo. Recuerdo haber visto cómo apretaba la libreta contra sus costillas, temblando levemente.
-No tienes por qué temerme -le dije con la voz más suave que pude impostar-. Solo quiero saber qué haces.
Aún hoy no sé con certeza qué palabra dije mal o qué fibra sensible toque en su interior, pero casi al instante rompió a llorar de una forma desgarradora, con un llanto ahogado que le sacudía el torso. Presa de los nervios y del susto que me provocó ver su vulnerabilidad al desnudo, le pedí perdón tantas veces que perdí la cuenta. Lo único que dictó mi mente de niña asustada fue dejarme caer al suelo, justo a su lado, pasar mis brazos alrededor de sus hombros frágiles y estrecharlo en uno de los abrazos más honestos que he dado en mi vida. Mientras lo sostenía, intentando calmar su sofoco, comencé a susurrarle al oído una melodía suave, la misma canción de cuna que mi madre me cantaba en las noches de tormenta para ahuyentar mis propios miedos:
Dios cuenta las estrellas
para hacerme soñar,
sus caricias son bellas,
me viene a arrullar.
Duerme, mi pequeño niño,
Él te va a proteger
con su inmenso cariño
hasta el amanecer.
Poco a poco, su respiración se fue acomodando al ritmo de mi voz. Gael se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y me regaló la sonrisa más hermosa, pura y luminosa que jamás creí ver en su rostro. Al observarlo de cerca, noté que en sus nudillos y en la mejilla tenía pequeñas heridas recientes que aún sangraban sutilmente. Le ayudé a lavarse las manos y la carita en el grifo del patio. Le pregunté en ese instante por qué permitía que los otros niños le hicieran tanto daño, por qué no se defendía ni gritaba. Gael me miró a los ojos y no pudo responder absolutamente nada; el silencio volvió a ser su único escudo.
Supongo que por esa misma razón vivía aterrorizado.
Después de aquel día, fuimos juntos por un helado. Cuando por fin reunió las fuerzas suficientes para romper el hielo, utilizó sus primeras palabras hacia mí para formular una pregunta que cambiaría el rumbo de nuestra amistad:
-¿Tú crees en Dios?
En aquel momento, con la inocencia de mis pocos años, respondí sencillamente:
-Mi mamá me habla mucho de Él, pero todavía no sé cómo entender todo lo que me dice.
Hoy, que los años han pasado y que la vida nos golpeó sin piedad, la respuesta sigue siendo inquietantemente parecida. Sin embargo, ahora cada vez que pienso en Dios, lo hago desde una trinchera de reproche, resentimiento y un dolor punzante por todo lo que a Gael le tocó sufrir desde su infancia hasta su juventud.
Porque Gael amaba a Dios con una devoción ciega, transparente e inquebrantable. Y yo, viéndolo sufrir, no podía evitar gritarle al cielo en mis adentros: ¿Por qué, Dios? ¿Por qué no le permitiste tener una infancia como la de cualquier niño común? ¿Por qué un ser tan puro tenía que vivir escondiéndose bajo las escaleras para que no lo golpearan solo por tener una fe que otros no entendían?
Era desolador ver llegar a los padres de Gael al colegio, llamados por la dirección, para recoger a un niño con magulladuras por todo el cuerpo, intentando pegar las hojas arrancadas de su cuaderno con lágrimas en los ojos. Aquella libreta era su santuario; allí escribía todos los días. Sus padres, dos personas infinitamente nobles y comprensivas, jamás reaccionaron con ira hacia mí. Supongo que estaban trágicamente cansados de ver a su hijo sufrir en silencio todos los días. La mamá de Gael, cada vez que pisaba la escuela, me buscaba con la mirada y me daba las gracias. Me decía que yo era el único refugio de su hijo, la única amiga que lo esperaba en la salida. A menudo me traía una bolsa de mis dulces favoritos o los dejaba en la mochila de Gael para que los compartiéramos durante el recreo.
Pero la crueldad infantil no conoce límites cuando no encuentra un freno a tiempo. Un día, los mismos niños de siempre irrumpieron en el aula vacía donde solíamos pasar el tiempo libre. Era nuestro rincón seguro porque casi nadie lo frecuentaba. Entraron con la intención rutinaria de humillarlo y golpearlo. Pero esa vez no estuve dispuesta a permitirlo.