Mi niño es calvo

•°Capitulo 4: Cumpleaños

[Tiempo actual]

​Existe un tipo de penumbra que no depende de la falta de luz, sino de la acumulación de ausencias. Cuatro meses después, esa penumbra se convirtió en la arquitectura exacta de mi vida cotidiana.

​Hay días en los que el tiempo se comporta como un líquido denso que cuesta atravesar; los minutos no transcurren, se estancan. La habitación 312 del hospital, vista desde la brecha de la memoria, ya no era ese rincón luminoso donde los monitores cardíacos marcaban un pulso obstinado contra la tragedia. Ahora era solo un espacio despojado, una caja de aire frío y pintura descarrapada que olía a desinfectante genérico y a nada más.

​El proceso de recoger los restos de una vida que se fue deshojando despacio es una tarea brutal y silenciosa. Nadie te enseña a empacar la existencia de alguien en tres cajas de cartón corrugado. No hay un manual para clasificar las cosas que sobrevivieron a una persona: las tazas de cerámica a medio desportillar, los frascos de mermelada vacíos que alguna vez sirvieron para camuflar el veneno dulce de la medicina, los suéteres de lana gastada que olían a su piel limpia y a la lavanda áspera con la que su madre lavaba la ropa.

​Sus padres no pudieron volver a pisar el hospital. La pérdida, cuando es tan abismal y ha sido masticada durante años en una espera agonizante, deshuesa a las personas. Por eso fui yo quien regresó. Fui yo quien firmó las planillas administrativas de entrega de pertenencias, la que estrechó la mano fría de la enfermera de turno y la que caminó sola por el pasillo del tercer piso, escuchando el eco sordo de sus propios pasos sobre el linóleo desgastado.

​En la última caja, oculto bajo una pila de camisas bien dobladas y el parante de suero portátil que sus padres habían comprado, encontré un volumen que no encajaba con los cuadernos gruesos de su adolescencia.

​Era la libreta. La primera de todas.

​Aquel cuaderno viejo de pasta amarilla, golpeado en las esquinas, con el lomo reforzado con cinta adhesiva transparente. Sostenerlo entre mis manos hizo que me temblaran las rodillas. Las manchas de tinta azul y negra en la portada continuaban allí, como las huellas dactilares de una infancia que nos fue arrebatada a zarpazos.

​Me senté en el suelo del pasillo, ignorando el tránsito distante de los médicos y el tintineo de las bandejas metálicas. Abrí la primera página. La caligrafía era torpe, infantil, inclinada hacia la derecha con esa prisa característica de sus diez años.

​No era un diario personal de vivencias ni una lista de dolores. Era una carta. Una misiva redactada por un niño que sangraba por los nudillos bajo el marco de una escalera escolar y que, aun así, levantaba los ojos al cielo buscando una conversación.

​"Dios:

​Hoy los niños me tiraron el morral al charco de agua que se hace cerca del portón. Dicen que hablo solo porque cuando me quedo callado muevo los labios. Yo les dije que no estoy solo, que hablo contigo, pero ellos se rieron más fuerte. Tomás me dijo que tú no existes porque nadie te puede escuchar y porque, si escucharas, me habrías quitado este dolor punzante que me da en las costillas cuando corro.

​Eso me hizo pensar mucho hoy mientras me escondía en la escalera.

​¿Cómo sabe uno cuál es tu voz, Dios? ¿Por qué es tan difícil identificar cuando nos hablas?

​A veces creo que la gente espera que bajes con un trueno o con una voz fuerte que retumbe en el techo de la cancha de básquet, como la voz del director. Pero yo he buscado tu voz en el ruido y no la encuentro ahí. Cuando todos gritan, tú no estás en los gritos. Cuando me empujan y siento el impacto seco contra el suelo, busco tus palabras y solo hay un pito largo en mis oídos.

​A veces me da miedo estar confundido. Me da miedo pensar que las cosas buenas que se me ocurren son solo mías y que tu silencio significa que estás molesto conmigo o que te aburriste de escuchar a un niño que siempre tiene manchas de tinta en las manos y dolor en las piernas.

​Pero hoy aprendí algo. Cuando ella se sentó a mi lado en la tierra -con el uniforme sucio y sin conocerme- y empezó a cantar esa canción de las estrellas, el aire volvió a mi pecho. El dolor de las costillas no se fue, pero se volvió más liviano, como si alguien me lo estuviera sujetando por un lado para que no me pesara tanto.

​¿Era esa tu voz, Dios? ¿Tu voz suena como una canción de cuna cantada por alguien que tampoco sabe muy bien cómo entenderte?

​Si tu voz no es un murmullo en el aire ni una palabra clara que se pueda escribir en este cuaderno, entonces creo que tu voz se parece mucho a los brazos de las personas que no nos dejan solos cuando tenemos miedo. Si no te oigo en el cielo, Dios, te voy a buscar en la gente que se queda cuando los demás se van. Pero por favor, no te quedes tanto tiempo en silencio, porque a veces el ruido de este colegio me asusta tanto que se me olvida cómo se siente la paz."

​Cerré la libreta de golpe. El papel áspero me raspó la yema de los dedos. El llanto me sobrevino de una forma violenta, sin previo aviso, amontonándose en mi garganta hasta sofocarme, obligándome a recordar los días en que él todavía respiraba a mi lado.

​
[Tiempo pasado]

​Meses antes de que el silencio se volviera definitivo, la vida en la planta tres aún tenía la consistencia de los días habitados, aunque cada día fuera una pulseada contra la muerte.

​En aquel entonces, Gael seguía aquí. Su cuerpo era frágil, pero su espíritu se empeñaba en encender hogueras en medio de la morgue institucional. Fue en esos días cuando conoció a Don Valerio.

​Había llegado a la habitación 318 una tarde de lluvia torrencial. Era un hombre anciano, de manos gruesas y curtidas por décadas de trabajo agrícola, con una cabellera blanca y rebelde. Don Valerio padecía un linfoma avanzado, pero lo que realmente lo consumía era la soledad absoluta. A diferencia de los demás pacientes, cuya habitación se llenaba de familiares, la suya permanecía desierta. No había flores, no había tarjetas, no había termos con café caliente. Solo él, su radio de transistores viejos y el goteo constante de la solución fisiológica.




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