[Tiempo actual]
El peso del dolor no disminuye con los meses; simplemente se vuelve más denso, asentándose en los huesos como un frío constante que la rutina no logra aplacar.
Aquella tarde, la necesidad de respuestas me superó por completo. La rabia que llevaba conteniendo desde el día en que recogí las cajas del hospital explotó en un ataque de desesperación ciega. No quería consuelo ni frases hechas sobre la aceptación o el descanso eterno. Quería entender. Quería meterme de cabeza en la mente de Gael, descifrar qué demonios pasaba por su alma durante todos esos años en los que protegía sus libretas con el cuerpo mientras la vida lo pulverizaba sin piedad.
Fui hasta la última caja. Volqué el contenido sobre el piso de la sala sin ningún cuidado.
Tomé la primera libreta de pasta amarilla -la de su infancia, golpeada, rasgada y manchada de tinta- y comencé a pasar las páginas con una desesperación febril. Ya no era un acto de respeto hacia su memoria; era una invasión, un reclamo brutal a su fantasma. Necesitaba saber qué escribió en los días oscuros, qué tanto le decía a ese Dios al que jamás dejó de venerar.
Al final del cuaderno, justo después de las hojas rotas y vueltas a pegar con cinta adhesiva opaca, encontré una fecha trazada con una caligrafía temblorosa, torpe y desarticulada, como la de alguien que intenta escribir con la cabeza envuelta en venda y la vista encandilada por el dolor.
Era la carta escrita inmediatamente después de su último día en el colegio. El día en que la violencia infantil cruzó todos los límites y lo dejó sangrando en el suelo de un aula vacía.
Desplegué la página con las manos temblando de rabia y los ojos ardiendo en lágrimas heladas.
"Dios:
Aún me mareo cuando intento mirar hacia la luz de la ventana. Mi mamá dice que debo estar acostado y sin moverme porque el golpe en la cabeza fue muy fuerte. En la habitación todo huele a alcohol, a gasas húmedas y al remedio amargo que me dan para las náuseas.
Hoy los niños trajeron una mesa pesada y la dejaron caer sobre mí. Recuerdo el ruido seco del impacto y el sabor caliente a sangre que me llenó la boca antes de que todo se volviera negro.
Pero no te escribo para contarte del dolor de las costillas ni del miedo a no volver a caminar. Te escribo porque cuando todo se apagó y me quedé a oscuras en medio del suelo, no sentí frío. No escuché las risas de Tomás ni el ruido de los zapatos corriendo por el pasillo.
En medio de esa penumbra, escuché una voz.
No era un trueno ni un grito enfadado como los que me asustan en la calle. Era la voz de Jesucristo. Una voz tan serena, tan limpia y tan llena de paz que me hizo olvidar que tenía la camisa rota y la cara llena de tierra por la cantidad de patadas que me dieron.
Me dijo suavemente: «No te rindas, Gael. Vas a estar bien. No tengas miedo, porque yo estoy aquí contigo y no te voy a soltar».
Cuando abrí los ojos en la ambulancia, vi las manos de mi mamá temblando sobre las mías. El cuerpo me quemaba por dentro, pero en mi corazón la voz seguía resonando como una caricia.
Yo no les tengo rabia a los niños que me tiraron la mesa, Dios. Ellos no saben lo que se siente escuchar esa voz en medio de la oscuridad. Ellos creen que ganaron porque me sacaron de la escuela, pero yo sé que tú estabas ahí, sosteniéndome la cabeza para que el impacto no me destruyera del todo.
Si este dolor sirvió para escuchar tu voz y para saber que jamás voy a estar solo, entonces valió la pena. Solo te pido que cuides a la niña que se arrojó sobre mí para cubrirme con su cuerpo. Ella no entiende por qué yo no me defiendo, pero tú sabes que ella es el refugio más bonito que me has dado en la tierra."
Apreté la libreta contra mi pecho y solté un alarido sordo, desgarrador, que rebotó contra las paredes vacías de mi casa.
El llanto me ahogaba. Caí de rodillas sobre el suelo, golpeando la madera con los puños cerrados, fuera de mí por una rabia abismal e incontrolable.
-¡¿CÓMO PUEDES SER TAN CIEGO, GAEL?! -le grité a su fantasma, a las paredes, a la nada-. ¡Te dejaron inconsciente! ¡Te rompió el cuerpo un grupo de salvajes y tú le das las gracias a un Dios que permitió que te aplastaran con una mesa de madera!
Me llevé las manos a la cabeza, tirándome del cabello, sintiendo cómo la impotencia y la falta de su presencia me trituraban el alma. La ausencia de Gael era un vacío físico, una mutilación limpia en mi propia carne. La sola idea de que nunca más me miraría con sus ojos oscuros, de que no volvería a escuchar su voz calmando mis tormentas o probando el dulce de albaricoque para quitarse el veneno de la boca, me hacía sentir una desesperación que lindaba con la locura.
Clavé la mirada en el techo de la sala, con los labios temblando y la garganta en carne viva de tanto gritar.
-¡Escúchame si estás ahí! -le imprecé al cielo con una furia desatada, mirando la nada con el corazón destruido-. ¡Jamás te pedí nada! ¡Nunca te pedí riquezas, ni una vida fácil, ni suerte, ni milagros absurdos! ¡LO ÚNICO QUE TE PEDÍ EN TODA MI VIDA ERA QUE LO SALVARAS A ÉL!
Golpeé el suelo con la palma de la mano, sintiendo la piel romper encimada contra la madera dura.
-¡Te pedí una sola cosa! -continué reprochándole entre convulsiones de llanto-. Te pedí que salvaras la vida del único ser humano que te amaba de verdad, del único niño que te defendía en el barro mientras sangraba por la nariz... ¡Y ni siquiera eso fuiste capaz de hacer! ¡Lo dejaste consumirse día a día! ¡Le robaste la salud, le robaste la juventud y al final te lo llevaste dejándome a mí en este infierno!
Me doblé sobre mi propio regazo, abrazando la libreta amarilla mojada por mis lágrimas.
No había respuesta en el aire. Solo el silencio denso y la certeza aterradora de que Gael había atravesado toda su vida buscando la voz de Jesucristo entre las ruinas de su cuerpo, mientras yo me quedaba sola en la tierra, consumida por un fuego de rabia y amor que ya no tenía a quién proteger.