Hay una delgada línea entre buscar respuestas y lacerarse las manos contra los escombros.
Aquella tarde, el suelo de la sala continuaba sembrado con los cuadernos, las fichas médicas y las cajas de cartón que había volcado en mi último ataque de furia. La libreta amarilla de su infancia -esa que había custodiado desde los diez años como si fuera el corazón mismo de su existencia- permanecía abierta boca abajo sobre las tablas de madera, con sus páginas arrugadas por la humedad de mis propias lágrimas.
Me quedé mirándola durante un tiempo indefinido, con los brazos cruzados sobre las rodillas y el pecho ardiendo en un vacío seco.
Esperaba encontrar en sus líneas una clave, una rendija de cordura o un misterio revelado que le diera sentido a la masacre silenciosa que fue la vida de Gael. Quería creer que en algún rincón de sus garabatos infantiles o de sus cartas al cielo habría una explicación lógica, un motivo sagrado que justificara por qué un niño noble tuvo que terminar pisoteado en el barro de un colegio o sangrando en la cama de un hospital.
Pero no había nada de eso. Solo había páginas escritas por un niño agredido que se negaba a odiar y por un muchacho enfermo que llamaba "amor divino" al aire escaso que le quedaba en los pulmones.
Para mí, ciega y devorada por el duelo, aquello no era fe; era una locura piadosa, una trampa del alma para no volverse demente ante la crueldad de la existencia. Mi dolor, pesado y enquistado en las entrañas, no me permitía ver luz alguna en sus palabras. No había belleza en el martirio ni majestad en el silencio celestial. Solo había la ausencia física de Gael, el olor a antiséptico impregnado en sus camisas dobladas y la certeza helada de que nunca más volvería a escuchar su voz.
Tomé la libreta amarilla con un movimiento lento, casi displicente. No la cerré con cuidado ni la acaricié como solía hacerlo. La doblé con brusquedad, juntando las tapas gastadas, y la metí en el fondo de la caja más oscura, cubriéndola con un par de suéteres viejos y la cinta médica que jamás volveríamos a usar.
Cerré las solapas de cartón y sellé la caja.
Decidí no volver a tocarla. Decidí que no buscaría más respuestas en sus cuadernos ni en el cielo. Si Dios existía, para mí seguía siendo una entidad distante, sorda e indiferente que se había quedado mirando de brazos cruzados mientras mi único amigo se apagaba entre cuatro paredes blancas. La fe de Gael le pertenecía a él, pero a mí solo me quedaba la ceniza de su partida y la obligación terrenal de sobrevivir con el corazón roto.
[Tiempo pasado]
Tres meses antes de que la habitación 312 se quedara vacía para siempre, el hospital atravesó una de sus semanas más oscuras.
La inflamación en las mucosas del esófago y la garganta de Gael había alcanzado un punto crítico. Las llagas producidas por los tratamientos agresivos y las infecciones oportunistas le impedían no solo tragar alimento, sino articular una sola palabra. Su voz, esa voz pausada que solía calmar a los niños aterrados de Oncología Pediátrica, se había apagado por completo, sustituida por un silbido áspero y un hilo de aire que se le escapaba entre los labios agrietados.
Tenía un cuaderno de notas rápido a un lado de la cama donde escribía frases cortas para comunicarse con los médicos o con sus padres. "Tengo sed", "Me duele la espalda", "Gracias". Pero la mayor parte del tiempo lo pasaba en un silencio sepulcral, mirando el techo o sosteniendo su rosario de madera entre sus dedos pálidos y magros.
Aquel jueves por la tarde, el área de Oncología Infantil era un caos.
En la habitación 308, dos puertas más allá de la nuestra, se encontraba Mateo, un niño de apenas siete años que acababa de ingresar con un diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda. El pequeño llevaba tres días enteros llorando sin parar, aterrorizado por el ruido de las bombas de infusión, por los pinchazos continuos en sus pequeñas venas y por el desfile incansable de medicos con batas blancas. Su madre, una mujer joven y exhausta que no había dormido en setenta y dos horas, estaba al borde del colapso nervioso en el pasillo.
Los gritos y los sollozos del niño resonaban en todo el piso tres, creando un ambiente de tensión insoportable que ponía alterados a los demás pacientes.
Gael, desde su cama, escuchaba los llantos de Mateo con los ojos bien abiertos. Se agitaba en la sábana, inquieto, tocándose el cuello con frustración porque su propia garganta le impedía ponerse de pie o salir a decir una sola palabra de consuelo.
Tomó su lapicero con manos temblorosas y escribió rápidamente en una servilleta de papel, mostrándomela con desesperación:
"Ve tú. Dile que no tenga miedo. Dile que Dios está aquí."
Leí la servilleta y sentí una oleada de rechazo y rabia subirme por el cuello.
-No voy a ir a decirle eso, Gael -le dije en un murmullo firme, acercándome a su cama para acomodarle la cobija-. No voy a ir a mentirle a un niño que está aterrado. ¿Qué quieres que le diga? ¿Que no tenga miedo mientras le meten agujas en los brazos? ¿Que Dios lo va a curar cuando los dos sabemos lo duro que es este piso?
Gael me miró con una súplica tan intensa que dolía. Negó con la cabeza violentamente, golpeando la servilleta con el dedo índice, señalando la puerta con el rostro desencajado por la impotencia.
"Por favor", volvió a escribir en el margen del papel, apretando los labios con amargura mientras una lágrima de rabia le resbalaba por la sien. "Sé mi voz. Él no tiene a nadie. Yo no puedo hablar. Sé mi voz."
Verlo sufrir de esa manera por no poder entregar su ración diaria de consuelo me venció. No lo hice por Dios, ni por el niño, ni por la madre desolada del pasillo; lo hice por Gael. Porque no podía soportar ver cómo su cuerpo impotente se consumía en la rabia de no poder servir a los demás.
-Está bien -suspiré, tragándome el nudo amargo que me quemaba la garganta-. Voy a ir. Pero no voy a hablar de tus cosas de la iglesia. Voy a hablarle como a un niño que tiene miedo, nada más.