Mi niño es calvo

•°Capitulo 8 : Sofía

​[Tiempo pasado]

​Hay tardes en las que el pabellón de Oncología Juvenil no parecía un espacio médico, sino un cruce de caminos para las almas que habían perdido el rumbo antes de tiempo. En ese tercer piso, el aire siempre tenía la misma densidad pesada: una mezcla constante de olor a piso recién encerado, antisépticos cítricos y el murmullo metálico de los carros de curación rodando sobre el linóleo.

​Teníamos diecisiete años cuando Sofía apareció por primera vez en la salita de descanso que quedaba al fondo del pasillo, justo frente a los ventanales de vidrio opaco que daban al patio interior del hospital. No era paciente de la planta; acompañaba a su madre, una mujer consumida por un cáncer hepático que agonizaba con una lentitud silenciosa dos puertas más allá de la nuestra.

​Sofía tenía veintiún años, pero al verla caminar por los pasillos se percibía una carga insoportable en la curva de sus hombros. Llevaba encima esa palidez cetrina de quien no ha dormido una noche completa en meses, y en la penumbra de sus ojos negros habitaba el peso sordo de un siglo entero de desengaños.

​Gael la vio mucho antes que yo. En sus breves períodos de calma, cuando la fiebre cedía un par de horas y los médicos le permitían desengancharse de la bomba de infusión continua, él solía caminar a pasos cortos hasta esa salita. La observaba en silencio mientras ella permanecía sentada en la banca de madera desvencijada, sosteniendo entre las manos un vaso de plástico con café helado que jamás llegaba a probar, mirando fijamente la nada como si buscara un punto de fuga en la pared.

​Aquella tarde de finales de octubre, el cielo sobre la ciudad se cayó en un aguacero feroz. La lluvia golpeaba los cristales del edificio con un estruendo rítmico y constante, convirtiendo los tejados en una marea gris. Gael caminó despacio por el pasillo, arrastrando con la mano izquierda el parante de suero cuya rueda metálica producía un chillido agudo cada dos pasos.

​Se detuvo en el umbral de la salita. Sofía estaba allí, en la misma postura de siempre, con la mirada perdida en las gotas que resbalaban por el vidrio. Gael no dudó. Avanzó con lentitud, colocó su parante a un lado y se sentó en la misma banca de madera, a un metro de distancia de ella. Sacó su vieja libreta de pasta amarilla, la puso sobre las rodillas, pero no abrió la tapa. Simplemente se quedó ahí, compartiendo el espacio, ofreciendo esa presencia tranquila que a mí, mirándolo desde lejos, siempre me pareció un misterio indescifrable y casi exasperante.

​Yo me quedé apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Cuidaba a Gael como una fiera cuida a su cría; me daba rabia que gastara la poca energía que le quedaba en sostener los dramas ajenos. Sin embargo, no me moví. Había algo en la postura de esa chica que me impedía intervenir, una fragilidad tan tajante que amenazaba con romper la sala si alguien elevaba la voz.

​Pasó casi una hora sin que ninguno de los dos dijera nada. El único sonido era el golpeteo de la lluvia y la respiración pausada de Gael.

​De pronto, sin volverse hacia él, con una voz rasposa y quebrada que parecía salir del fondo de una caverna, Sofía rompió el silencio.

​-Hola, Gael -murmuró de pronto la chica, girando ligeramente el rostro para mirarlo a los ojos con una naturalidad que me sorprendió, pues en este hospital todos sabían quién era el muchacho de la habitación 312 que escribía en libretas amarillas-. Te he visto pasar por los pasillos durante semanas. Dicen que tú escuchas a todos los que no tienen consuelo.

​Gael parpadeó con suavidad, reconociendo el eco de sus propios pasos en la mirada de la joven.

​-Amar es un dialecto indescifrable y, para muchos, un acto imposible de ejecutar -continuó Sofía sin apartar los ojos de los suyos, con la vista clavada en los ventanales-. Hoy el mundo se clausura ante ese sentimiento porque la incomprensión ha dejado demasiadas cicatrices en todos nosotros. Hace poco vi a una chica en esa misma encrucijada. Fui testigo de cómo lo entregaba todo mientras aquel hombre, simplemente, no tenía la capacidad de entenderla. Verla hoy es ver una sombra: ya no sonríe igual, ya no habla igual. Lo más desgarrador fue que, al escuchar su relato, quise llorar a su lado; sentí que ella era un espejo reflejándome en un silencio absoluto.

​Se pasó lentamente la mano por el rostro pálido. Un temblor sutil, involuntario, le recorrió la línea de la mandíbula.

​-Yo también fui esa mujer quebrada por amar en exceso -dijo, fijando por primera vez sus ojos oscuros en el rostro de Gael-. Yo también fui la que intentaba rescatar con palabras lo que el otro se negaba a procesar. La vi desmoronarse, perdiendo su valor día tras día, y me pregunté: ¿Cómo se responde a esto? ¿Se suelta? ¿Se suelta a alguien después de pedirle a Dios que lo aparte si no es para ti, o que lo haga volver si hay esperanza?

​Gael acomodó suavemente la manguera transparente del suero sobre su regazo. Se inclinó un poco hacia ella, mirándola no como un extraño que escucha una historia, sino como alguien que reconoce el peso de una cruz familiar.

​-Cuando le pides a Dios que aparte a alguien de tu vida, el dolor de la respuesta suele sentirse como un naufragio en mar abierto -murmuró Gael con una calma que parecía detener el ruido de la tormenta-. Pero muchas veces confundimos la soledad de la libertad con una condena. Cuéntame de tu naufragio, Sofía. Déjalo salir.

​Sofía soltó un suspiro amargo, una bocanada de aire helado que traía el peso de años de encierro espiritual.

​-Seis meses viví en un naufragio de rutina -comenzó a relatar, apretando los puños sobre su regazo-: despertar, orar, llorar, comer por pura obligación y ducharme cada tres días porque la mente simplemente no me daba fuerzas para nada más. Me enamoré de él cuando apenas tenía catorce años, Gael. Era una niña que no entendía nada de la vida, pero entregué mi juventud, mi fe y cada fibra de mi alma para que lo nuestro funcionara. Le pedía ayuda al único que no me juzgaría, a Dios, mientras aquel muchacho se negaba rotundamente a escucharme ante una falla por la que le pedí perdón con la misma devoción desbordada con la que se pide la gloria eterna. Hay gritos del corazón que nacen con la condena trágica de ser completamente invisibles para la persona que amas.




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