—Dime que viste la maldita cara de ese sujeto cuando dupliqué la apuesta sin pestañear —se burló Chloe, prácticamente ahogándose con su copa de Cosmopolitan mientras nos abríamos paso a las risas entre las luces parpadeantes, el tintineo constante y el estruendo indomable del casino del Bellagio.
—¿Vieron eso? Eso es exactamente lo que pasa cuando subestimas a una pelirroja con un título en Derecho y demasiada champaña en las venas —respondi, lanzando una risotada salvaje mientras hacía sonar contra mi palma las fichas de cien dólares que llevaba en la mano—. El pobre hombre pensó que porque tengo curvas pronunciadas y un vestido escotado, no sabía contar cartas ni leer sus tics nerviosos. "Eres muy bonita para ser tan agresiva en la mesa, muñeca", me dijo el muy condescendiente. ¡Ja! Le vacié la billetera en cinco manos consecutivas de blackjack. Que le vaya a llorar a su exesposa.
—Fue poético, Julie, una jodida obra de arte. El tipo tenía un reloj que probablemente pagaría mi auto y se fue a su suite arrastrando los pies y con el ego hecho trizas —Sam soltó una carcajada limpia, acomodándose el dobladillo de su minivestido plateado que brillaba como una bola de discoteca bajo las luces de neón—. Dios, nos vemos terriblemente hermosas esta noche. Míranos. Si la junta de socios del bufete de tu papá nos viera ahora mismo, les daría un síncope cardíaco colectivo.
Tenía toda la razón del mundo. Nos habíamos esmerado hasta el último detalle para esta primera noche de soltería forzada. Chloe llevaba un vestido de seda azul marino que contrastaba de manera exquisita con su cabello rubio, y Sam parecía una estrella de pop salida de una pasarela con ese brillo plateado. Yo me había dejado el cabello pelirrojo completamente suelto, cayendo en ondas salvajes y rebeldes sobre mis hombros y mi espalda, y mis ojos grises resaltaban gracias a un delineado ahumado bastante criminal. Los tacones de aguja de doce centímetros me hacían pisar con una seguridad que creía perdida entre los pasillos aburridos de Nueva York, y la abertura de mi vestido verde esmeralda dejaba ver mi cicatriz con un desparajo y un orgullo que me hacían sentir jodidamente poderosa. Estábamos coqueteando, riendo y estafando a hombres ricos en las mesas de apuestas solo por pura diversión, por el simple placer de jugar, sin darles absolutamente nada a cambio más que una sonrisa mordaz y una mirada atrevida antes de dejarlos con las ganas, la boca abierta y las cuentas vacías.
—Bueno, ya ganamos suficiente dinero ajeno por una noche, mi cuota de venganza financiera está cubierta —dijo Chloe, atrapándome por el brazo con una mirada deliciosamente maliciosa y chispeante—. Es hora de gastar estos dólares ganados con el sudor de tu cerebro en el verdadero plato fuerte de Las Vegas.
—¿A dónde vamos exactamente? Pensé que iríamos a la terraza VIP de la discoteca de moda —pregunté, dándole un sorbo largo a mi trago y acomodándome el tirante del vestido.
—Oh, no, mi querida y pulcra abogada. Vamos al show más exclusivo, privado y pecaminoso de todo el Strip. Solo para mujeres, Julie. Mis fuentes secretas dicen que los hombres que trabajan ahí dentro desafían directamente las leyes de la anatomía humana y de la gravedad —anunció Sam, guiñándome un ojo mientras nos guiaba con paso firme hacia una zona mucho más reservada y subterránea del hotel, donde un enorme letrero de luces de neón rojas y doradas parpadeaba anunciando el espectáculo.
—¿Un show de strippers? ¿En serio, chicas? —arqueé una ceja, soltando una risa cargada de mi característico sarcasmo—. Pensé que éramos un poco más creativas y sofisticadas.
—Cállate la boca y camina, Morgan. Te va a hacer jodidamente bien ver un poco de carne magra que no use trajes de tres piezas de sastre, que no hable de fondos de inversión ni huela a agua de colonia rancia de Wall Street —me empujó Chloe con pura diversión, dándome un pequeño golpe en las caderas.
Cuando cruzamos las pesadas puertas negras del lugar, el ambiente cambió de una forma drástica. Era un teatro subterráneo de absoluto lujo. Nada de antros baratos; esto era terciopelo negro, mesas de mármol, luces rojas tenues y una música con un bajo tan potente y pesado que te retumbaba directo en el pecho y te aceleraba el pulso de inmediato. El aire olía a perfume costoso, a cócteles premium y a esa energía desinhibida, caliente y cargada de hormonas que se desataba en un espacio donde solo había mujeres dispuestas a gritar, reír y desatarse. Nos ubicaron en una mesa preferencial justo en la primera fila, literalmente al borde del escenario de pasarela.
—¡Por el amor de Dios y todos sus santos! —exclamó Sam en un chillido ahogado apenas las luces principales se encendieron de golpe y la música estalló.
El presentador salió al escenario. Era un hombre alto, moreno, ridículamente musculoso, con una camisa blanca entreabierta hasta el ombligo y unos pantalones oscuros ajustados. Tenía una sonrisa descarada, de esas que gritan que no tienen vergüenza ni conocen el pecado. Tomó el micrófono, paseando su mirada por la primera fila.
—Buenas noches, damas... y solo damas, porque esta noche los hombres somos propiedad exclusiva de ustedes —su voz resonó grave, aterciopelada y desvergonzada, provocando de inmediato una ola ensordecedora de gritos y vítores—. Veo muchas caras sedientas por aquí abajo... y no precisamente de agua. Espero que hayan venido preparadas para sudar, porque aquí en el Strip... estamos a punto de provocar un incendio de proporciones bíblicas. ¿Quién quiere que empecemos a subir la temperatura?
El público enloqueció, incluyéndome a Chloe y a Sam, que golpeaban la mesa con las palmas de sus manos. Yo me eché hacia atrás en mi asiento, cruzando la pierna con elegancia y una sonrisa atrevida pintada en los labios. Esto se estaba poniendo interesante.
—Para encender la noche, directo desde sus peores, más sucias y más ardientes fantasías... ¡Reciban a la realeza del club: Roman y Dean! —bramó el presentador con un guiño descarado antes de desaparecer entre las sombras.
Editado: 25.10.2026