El susurro
Después de lo ocurrido, lo primero que se nos ocurrió fue salir corriendo de vuelta a casa. No obstante, algo nos impidió avanzar. Desde el corazón del bosque provenía un eco, un susurro constante cuyas palabras no alcanzamos a distinguir. No tuve ni la más mínima curiosidad para echar un vistazo. Sentí cómo se me erizaba la piel, pues aquella voz se escuchaba cada vez más cerca, y un miedo intenso comenzó a apoderarse de mí.
— Drwen, tengo miedo. Vámonos, amigo. Si me pasa algo, voy a salir en la noche a tocarte los pies — añadió él.
— ¿Qué cosas dices? Aún con miedo logras decir cualquier tontería —respondí.
— Pues claro, esa es mi especialidad — bromeó.
— Bueno, dejémonos de cosas y busquemos el camino de regreso— replicó.
Con el corazón latiendo a toda prisa, nos adentramos por el sendero. Aunque las voces aún nos seguían, logramos orientarnos.
Ya en casa, cuando por fin nos sentimos a salvo, sentí algo extraño en el bolsillo de mi chaqueta. No recordaba haberlo guardado. Era un listón de seda, de un naranja oscuro casi quemado. A simple vista se distinguían en él finas líneas doradas que formaban lo que parecía ser un mapa. Estaba sorprendentemente intacto, a pesar del barro y la carrera.
En el centro tenía bordado un símbolo extraño, uno que nunca había visto en el pueblo: dos lunas entrelazadas.La tela estaba tibia, como si acabaran de quitársela, y desprendía un leve aroma a bosque húmedo. No sentía miedo al sostenerla. Sentía curiosidad.
Tonson palideció al verlo.
—Tiralo, eso no nos pertenece.
— Debemos devolverlo — musite.
— Haz lo que quieras, pero esta vez no te acompañaré.
— Lo devolveré yo mismo. No te pediré que me acompañes— añadí.
— Bueno, hasta mañana.
Aquella noche, dejé la cinta sobre mi mesa. Y el símbolo no dejó de brillar tenuemente en la oscuridad.