Mi primer amor

Capítulo 2: Encuentro aquel

La semana siguiente pasó con normalidad: exámenes, trabajos grupales y ansiosas por las primeras prácticas. Antes de dicha nueva jornada, tenía un merecido descanso de una semana y, como era de esperarse, Analí y Alice se la pasaban en el centro comercial.

Un viernes habían quedado en encontrarse por la tarde; abrirían una nueva tienda de sandalias de temporada y ambas tenían la ansiedad por llegar a tiempo para no perderse los nuevos modelos. Así que, ya pasadas las dos de la tarde, se encontraron en la plaza central. Llegaron juntas. Estaban tras muchas personas, todas esperando afuera de la nueva tienda a que abriera sus puertas. Desde fuera se podían ver los anaqueles llenos de zapatos de dama: sandalias, tacos, etc. La emoción podía sentirse.

—Al objetivo, cariño, al objetivo —dijo Alice—. Las plataformas.

Al instante las puertas se abrieron y todo fue un éxito. Cargadas con tres bolsas cada una, salieron de aquella tienda con una sonrisa en la cara. Como era costumbre, terminaban cada paseo con un merecido helado.

—Analí, ¿y hay novedades de aquellos ojos que te quitaron el aliento? —decía Alice, dibujando esa sonrisa que rebuscaba novedades en mi respuesta.

—¡Nooo! —dije al segundo.

—Pero, amiga, piénsalo: a una cuadra de tu casa, por tu zona, cerca al paradero... O sea, piénsalo, puede ser tu vecino o un recién mudado...

Escuchaba cada palabra y mis pensamientos volvían a ese momento; era difícil de olvidar esos ojos.

En medio de la plaza había una pileta de agua y a lo lejos ya veíamos el puesto de helados. En la misma dirección, frente a mí, lo vi. Eran ellos, esos ojos. Aquellos ojos azules se me acercaban poco a poco. Me detuve de repente. Estaba del brazo de Alice y ella también se detuvo en seco. Me miró fijamente.

—Cariño, ¿qué te pasa? —exclamó ella.

Él se paró frente a mí; volví a quedarme muda, fija en sus ojos una vez más.

—¡Hola, salvadora!

Sus palabras me hicieron volver en mí. Aparté la mirada y apreté fuerte el brazo de Alice, mientras ella solo observaba en silencio.

—¿Salvadora? —pregunté.

Él continuó:

—Aquel día que me ayudaste en el callejón, cuando te alejaste, fui tras de ti. Quería saber tu nombre, pero te vi subir al bus muy rápido. Y por tu llamada de aquel día, supe que por mi culpa llegarías tarde. No quise retrasar te más. Entonces, ¿puedo saber tu nombre, salvadora?

Sonreí levemente.

—¿Por qué salvadora? —pregunté.

—Aquel día me ayudaste. No sé tu nombre...

—¡Ahhhh, es Analí! —dijo Alice con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Y tú eres...?

—Soy Jhon Franco, mucho gusto. ¿Y tú...?

—Soy Alice, la mejor amiga de Analí. Es un gusto, Jhon Franco. Íbamos al puesto de helados.

—Las acompaño, yo invito.

No tenía más que decir, solo caminé en esa dirección. Estábamos apenas a unos diez pasos del puesto de helados. Él estaba a mi lado y podía sentir esa aura de nerviosismo; el camino se me hizo muy largo, podía contar cada paso.

Ya con los helados en la mano, volvimos a la pileta central. Allí nos sentamos un rato, charlamos un poco y nos despedimos. Me pidió mi número y Alice, muy acomedida, se lo dio.




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