Mi primer amor

Capítulo 3: RR.HH y tú

Buenos días, mi nombre es Analí Yerena. Vengo por el puesto de recursos humanos...
—¡Ah! Si eres estudiante de Administración de Empresas, hoy diez de ustedes se presentan aquí y tú vienes por recursos humanos —dijo la secretaria de recepción de la empresa de papá.
Él, junto con sus socios, nos permitió presentarnos para hacer las prácticas aquí, ya que anteriormente los hijos de los demás socios también las habían realizado. Por eso, papá nos consiguió una oportunidad para presentarnos, tanto a Alice como a mí. El hecho de que papá nos consiguiera esa oportunidad en la empresa no significaba que ya tuviéramos la plaza asegurada; era solo una oportunidad, así que teníamos la entrevista programada y dependería mucho de nosotros, de nuestras notas y del desempeño en nuestros currículums.
—Pasa a la sala de espera, hay varios de tus compañeros. Espera allí a la hora indicada y se les llamará uno a uno.
Pasé a aquella sala y, efectivamente, había varios compañeros de otras carreras. A la mayoría ya los había visto en el campus, pero no éramos muy cercanos. Algo que me sorprendió fue no ver a Alice; ella siempre llegaba antes que yo a cada reunión que tuviéramos, y eso me puso más nerviosa de lo que ya estaba. En ese momento, mil cosas pasaban por mi cabeza y las preguntas se volvieron lo más frustrante:
«¿Y si no paso la entrevista? ¿Y si decepciono a mi papá?».
La asistente del campus que nos preparó para la entrevista nos dio todas las facilidades sobre cómo expresarnos y ser nosotros mismos. En esos momentos de las reuniones, yo me sentía súper confiada; era pan comido, ya la tenía fácil. Además, estaba en confianza: es la empresa de papá, allí ya me conocen, ya había venido en anteriores ocasiones y también ya había tocado el tema de hacer mis prácticas aquí. Según yo, todo estaba listo y bien calculado.
«Vaya confianza», me repetía a mí misma. «Analí, Analí, cálmate», repetía mi mente. En eso, la puerta del salón se abrió, mis nervios volaron, mi mente saltó y mi pensamiento fugó. Con una sonrisa enorme entró Alice; pude volver a respirar. La miré con ojos a punto de estallar.
—Al fin llegaste —le dije con voz baja.
Ella tenía una mirada que se iluminaba mientras se me acercaba. Me veía fijo y sonreía con los labios apretados y las mejillas sonrojadas. Me hice a un lado para que ella se sentara. Me tomó la mano diciendo:
—Ay, cariño, no sabes a quién acabo de ver.
Tenía esa mirada fija en mí; me pedía que adivinara, pero mis nervios no me permitían conectar como en otras ocasiones de amigas inseparables.
—Solo dime —le dije con voz más seria—, no puedo adivinar, ya casi empieza la entrevista y estoy ansiosa...
—Mejor velo tú misma, no te arruinaré la sorpresa.
En ese momento entró la asistente de papá, nos miró a todos en la sala y dijo:
—Les iremos llamando uno a la vez de diferentes áreas y pasarán con sus documentos en mano.
Por un segundo no quería que me llamaran. Temía lo peor; con dieciocho años encima y pensando que iba a fracasar, me calmé un poco y, sonriendo para mí misma, me dije: «ya pasará».
La puerta se volvió a abrir y esta vez empezó la entrevista. Fui la tercera persona en ser llamada. Pasé la entrevista de forma muy normal para ser la primera de mi vida; todo fue genial y fueron muy profesionales, a pesar de que ya me conocían. Cuando regresé a la sala de espera, noté que ya estaban casi todos allí. Alice se presentó para ventas y almacén, y también me esperó allí.
—Amiga, también pasé mi entrevista, todo normal. Nos devolvieron aquí a esperar.
Ya más calmada, Alice me dijo:
—¡Y lo viste!
Juro que en ese momento no pude adivinar de qué se trataba, solo tenía en la cabeza la entrevista; de verdad no quería decepcionar a papá. Pasaron unos minutos y volvió a ingresar la asistente:
—Bueno, jóvenes, para decirles que todos ustedes tienen un buen desempeño y, hasta donde averiguamos, son buenos para el puesto como practicantes. Los detalles de sus horarios serán flexibles para que continúen con sus estudios. Ya hablamos con varios de ustedes y se les dijo cómo continuarán en sus lugares de trabajo. Por otro lado, para los que se presentaron a Recursos Humanos, vendrá pronto una asistente para llevarlos a sus sitios de trabajo y luego allí se les indicará.
Al terminar de hablar se retiró, llevándose consigo a varios de los jóvenes allí presentes. Solo nos quedamos un muchacho de aspecto tímido con anteojos y una chica de cabello largo y grandes ojos; se llamaba Laura. Parecía mayor que yo y me llamó mucho la atención porque la vi varias veces cerca del campo de entrenamiento. La mayoría de chicas que se pasaban por allí era por una sola razón: el guapo.
Veinte minutos después, nos dirigíamos con la asistente al área de RRHH. Ingresamos a un salón grande; había varias oficinas con separaciones individuales, lo suficiente para trabajar. Nos llevó hasta una oficina al fondo del salón, tocó la puerta y salió él... Era él.
—Aquí le traigo a los tres nuevos practicantes —se dirigió a nosotros—. Jóvenes, aquí los dejo con el coordinador de RRHH, ahora su jefe de área.
Nos miró uno por uno. Tenía una mirada seria; me miró y sus ojos azules seguían siendo lindos, pero esta vez estaban serios. Tenía voz de autoridad, pero sin ser altanero.
—Buenas tardes, mi nombre es Jhon Franco y, como ya saben, soy su jefe de ahora en adelante. Cualquier duda pueden preguntarme directamente, estaré para ustedes.
Durante la siguientes horas nos mostró toda el área y nos presentó a las demás personas de la oficina. Varias de ellas asociaron mi apellido, pero no dijeron nada; la mirada lo decía todo. Nos enseñó cada detalle que teníamos que aprender para el primer día y nos explicó lo necesario para poder desempeñarnos en esas oficinas.
Al terminar el recorrido, nos dio una breve charla de cómo deberíamos trabajar en equipo. También nos contó que él estaba en su último año de la misma carrera y que llevaba dos años en el puesto. Eso me sorprendió un poco, pero me mantuve callada, escuchando.
Viendo su reloj, nos dijo:
—Ya es casi hora de retirarse, pueden ir saliendo, por favor. Mañana lleguen a tiempo. Tengan buena noche.
Se despidió e hicimos lo mismo. Se dio la vuelta, se dirigió a su oficina, cerró la puerta y no lo vimos más. Allí de pie, los tres nos vimos las caras y nos despedimos también.
Al salir, acordé encontrarme con Alice en el paradero y allí estaba ella, con una sonrisa enorme y ojos brillantes.
—¿Y lo viste, cariño? —me miraba fijamente.
Le sonreí levemente y le dije:
—Sí, lo vi... Pero esta vez fue diferente.




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