Camino a casa, después de despedirme de Alice, no podía dejar de pensarlo. Él estaba serio. Trataba de decirme a mí misma que solo era muy profesional, que no debía pensar de otro modo.
Cuando llegué a casa, me esperaban papá y mamá; estaban en la mesa a punto de cenar.
—Hija, ¿cómo te fue? —preguntó mamá—. Cuéntame. Le pregunté a tu papá, pero no me quiso decir nada.
Mi padre tenía una cara de emoción que me hizo olvidarme de Jhon por un momento. La cena continuó amenamente y la conversación fue muy activa.
Ya en mi cama, él volvió a mi mente. Di mil vueltas pensando en cómo lo conocí y en el poco contacto que tuvimos. Me avergonzaba el hecho de haberlo mirado directo a los ojos; sus ojos bellos, hermosos, tan azules que era difícil olvidarlo. Y la forma en la que se presentó hoy... me sentí un poco ignorada, pero también era un momento entendible: era mi jefe, mi superior. Todo venía a mi cabeza de golpe. ¿Cómo lo manejaría ahora? Verlo cada día... ¿Y si cada día fuera como hoy? ¿Y si...?
Pasaban unas ideas tras otras por mi cabeza, hasta que el beep de mi celular me sacó de mi trance. «Un mensaje, debe ser Alice», pensé. Vi mi celular tan lejos sobre mi escritorio que me daba pereza levantarme. De pronto, otro beep. Y luego otro. Ese último me hizo levantarme. Cuando prendí la pantalla, lo vi: un número desconocido. No era Alice. Con una corazonada, abrí el mensaje...
—Hola, Analí. Soy Jhon. ¿Podemos hablar mañana? Te espero en las escaleras de emergencia a la hora del receso. De verdad me gustaría hablar contigo. Descansa.
Esos tres mensajes me volaron la cabeza. A la mañana siguiente tenía la mente muy cargada, pensando en cómo es que olvidé que él tenía mi número. «Alice, Alice», repetía; olvidé que ella le dio mi número aquel día.
Aquel día me contó que en el callejón vio un llavero en mi bolso que solo lo daba una tienda los días viernes. Por eso, ese viernes que nos volvimos a ver, él estaba en el centro comercial esperándome; según él, estaba muy seguro de que yo estaría allí. Ese día era tan jovial y sonreía tan delicadamente que no pude evitar verle a los ojos otra vez con mis mejillas sonrojadas. Ese día hablamos de lo que veíamos en el centro comercial entre sonrisas y, con las caras que hacía Alice, se pasó el tiempo allí, en aquella pileta.
Esa mañana, papá me dijo que me llevaría a la empresa en su auto. Acepté. Entre risas y conversaciones llegamos a la empresa.
—No quiero que piensen que tienes padrino, hija. Ya empezaste bien por tu cuenta, sigue así. Ten un buen día —me dijo.
Me bajé una cuadra antes y caminé hacia la empresa. Ya en la puerta, respiré hondo; estaba emocionada por mi primer día oficial. La mañana en mi cubículo fue de lo más normal. Tenía nervios aún, pero cada trabajo que realicé ese día me fue muy familiar: corregir algunas listas de productos y personal, renovar algunos papeles para nuevos productos... La empresa de papá era una empresa textil; en los pisos de arriba estaban las oficinas (no éramos muchas personas por piso, unas veinte o tal vez un poco más), en los pisos del medio estaban los talleres de producción y en los pisos de abajo estaban las tiendas y almacenes.
En la pantalla de mi computador salió un aviso: se acercaba la hora de almuerzo. Miré mi reloj y sí, ya casi eran las doce. Unos minutos más y terminé un trabajo. Cuando ya me alistaba, una colega se me acercó y me dijo:
—Por favor, tengo una pequeña reunión y ya voy con el tiempo justo. ¿Puedes llevar estos papeles al sexto piso y dejarlos allí? Ya saben que los estoy enviando, gracias.
Se retiró dando pasos apurados.
Ya con mi bolso y los papeles, me dirigí al ascensor. Mientras subía y pasaba cada piso, recordaba lo siguiente que tendría que hacer. Como aún estudiábamos, todos los practicantes teníamos dos horas más después del almuerzo. Justo ese día no tenía clases por la tarde, solo unos trabajos que nos tomarían algunas reuniones por algunos días y pocas horas de clases presenciales. Cuando llegué a mi destino, a unos pasos estaba la recepción; dejé los papeles y me di la vuelta. El ascensor demoraría en subir, supongo que por la premura de la hora. Para no esperar, imaginando que tardaría lo mismo, decidí ir por las escaleras y entonces vino a mi mente: ¡Jhon! Él me estaba esperando en las escaleras. Lo dijo ayer en su mensaje: a la hora del receso. Era la hora y yo lo había olvidado. En ese momento me vi a mí misma: blusa lila, pantalones de vestir y chaleco de oficina encima. Ay, no, no estaba bien vestida; mejor me hubiera puesto el vestido rosa. Mi mente otra vez empezó con esas cosas. Cuando me di cuenta, ya estaba bajando las escaleras.
Él estaba allí esperándome. En nuestro piso de trabajo no había nadie más. Lo vi, me miró, fue solo un momento y esta vez me sonreía. Eso me dio un poco más de confianza. Pensé que sería un encuentro serio de nuevo, pero él estaba sonriéndome.
—Hola —me dijo.
Se me acercó con un beso en la mejilla. Me quedé tiesa con su acercamiento; era la primera vez que me saludaba de beso y eso me puso tensa en ese momento, pero cuando empezó a hablar volví a estar calmada...
—Analí, me sorprendiste mucho ayer. No sabía que eras de las nuevas. Fue una gran sorpresa encontrarte aquí —me hablaba con tanta naturalidad y sonreía de lado.
Mientras bajábamos, empezamos a hablar un poco más. Le dije que ya tenía planeadas mi prácticas aquí y me dijo:
—¿Cómo es que no te vi antes? Puesto que nuestros padres son socios y muy amigos, es raro no habernos visto antes.
Le dije que yo solo vine algunas veces a la empresa, pero no en calidad de paseo; fueron solo en algunos casos en los que papá necesitaba documentos o algún favor. Sí me conocían algunas personas, pero no era de estar metida allí, también tenía mis asuntos aparte. Me invitó a comer juntos y no lo rechacé. También conversamos del día en que se presentó:
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Editado: 22.10.2026