Mi Recorrido: Un Viaje de Emociones en Versos.

OLVIDANDO

No sé hacia dónde voy, pero sigo caminando

Últimamente tengo demasiadas cosas en la cabeza y muy pocas respuestas para todo lo que me pregunto. Es como si mis pensamientos hubieran decidido hablar al mismo tiempo, como si cada uno tuviera algo urgente que decirme y yo ya no supiera a cuál prestar atención. Pienso en lo que estoy haciendo, en lo que debería estar haciendo, en lo que dejé de hacer y en todas esas cosas que alguna vez imaginé para mí. A veces, incluso, pienso tanto en lo que viene que termino olvidándome de lo que está pasando ahora.

No sé en qué momento empecé a sentirme así. Quizá fue poco a poco, mientras intentaba cumplir con todo, mientras me convencía de que podía resolverlo después, mientras dejaba para otro día las cosas que me importaban porque siempre parecía haber algo más urgente. Y así, sin darme cuenta, fui acumulando pendientes, preocupaciones, deseos y miedos, hasta que mi propia cabeza se convirtió en un lugar del que a veces quisiera tomarme un descanso.

Lo extraño es que sigo haciendo cosas. Me levanto, continúo con mis responsabilidades, intento concentrarme, hago planes y hasta hay momentos en los que me descubro riendo como si todo estuviera en su lugar. Desde afuera, probablemente, no parezca que me ocurre algo extraordinario. Pero por dentro es distinto. Hay una parte de mí que no deja de preguntarse si realmente estoy avanzando o si solo estoy aprendiendo a moverme mientras me siento perdida.

Porque ¿cómo se supone que una debe continuar cuando ya no sabe si está yendo por el camino correcto? ¿Qué haces cuando tienes tantas cosas que quieres conseguir, pero no encuentras la manera de empezar sin sentir que estás descuidando alguna otra? ¿Cómo eliges una dirección cuando todas las posibilidades parecen importantes y, al mismo tiempo, ninguna termina de convencerte?

A veces quisiera tener la tranquilidad de detenerme, sentarme conmigo misma y ordenar todo lo que llevo dentro. Poder distinguir cuáles son mis verdaderos deseos y cuáles son simplemente cosas que siento que debo hacer. Quisiera saber qué necesito, qué estoy buscando y por qué me cuesta tanto sentirme satisfecha con lo que hago. Pero, cuando intento encontrar respuestas, termino abriendo más preguntas, y cuando creo que finalmente he entendido algo, aparece un nuevo pensamiento que me hace dudar de todo otra vez.

Entonces sigo.

Sigo, aunque no siempre tenga ganas. Sigo porque hay cosas que quiero para mi vida, porque todavía guardo sueños que me gustaría cumplir y porque, aunque a veces no consiga ver con claridad el futuro que imagino, sé que alguna vez hubo una razón por la que comencé a caminar hacia él. Sin embargo, hay días en los que me pregunto si continuar es suficiente, si avanzar sin rumbo también cuenta como avanzar o si, en algún momento, tendré que aceptar que necesito detenerme para descubrir hacia dónde quiero ir.

Me asusta pensar que pueda pasar mucho tiempo haciendo tantas cosas y, aun así, sentir que no he llegado a ninguna parte. Me asusta acostumbrarme a vivir con prisa, a tener siempre algo pendiente, a dejar mis propios deseos para después y a convertirme en alguien que sabe cumplir con sus obligaciones, pero que ya no recuerda cómo disfrutar de lo que hace. No quiero que mis días se conviertan únicamente en una lista de cosas por terminar. No quiero llegar a donde alguna vez soñé y descubrir que, durante el camino, me olvidé de mí.

Y, sin embargo, tampoco sé cómo cambiarlo todo de un momento a otro. No tengo una respuesta extraordinaria ni una decisión que vaya a resolver de repente todo lo que me preocupa. Solo tengo esta sensación de estar en medio de muchas cosas, intentando comprender cuál merece mi atención, cuál necesita esperar y cuál ya no tiene sentido seguir cargando.

Quizá lo más difícil de sentirse perdida no sea desconocer el destino, sino tener la sensación de que deberías conocerlo a estas alturas. Mirar a tu alrededor y pensar que tendrías que estar más segura, más organizada, más decidida. Como si la vida fuera una carrera en la que todos hubieran recibido instrucciones menos tú.

Pero yo no las tengo. O quizá las tuve alguna vez y las fui olvidando entre tantas preocupaciones.

Por ahora, sigo caminando. No porque tenga claro el rumbo, ni porque haya aprendido a confiar plenamente en mis decisiones, sino porque todavía estoy intentando entenderme. Hay una diferencia entre saber exactamente adónde quieres llegar y reconocer que aún estás descubriéndolo. Me cuesta aceptar esa diferencia, especialmente cuando siento que el tiempo pasa y yo debería tener más cosas resueltas.

Aun así, quiero creer que no todas las etapas de mi vida tienen que estar llenas de certezas. Que también puedo atravesar una temporada sin saber qué hacer con todo lo que siento. Que no necesito convertir cada duda en una decisión inmediata ni cada sueño en una obligación que deba cumplir cuanto antes.

Tal vez necesite aprender a escucharme sin exigirme respuestas para todo. A reconocer que estoy cansada sin interpretarlo como un fracaso, que puedo cambiar de opinión y que no tengo que resolver mi vida entera en una sola noche.

No sé cuánto tiempo me tomará volver a sentir que tengo el control de mis días. Tampoco sé si algún día dejaré de cuestionarme tanto. Lo único que sé es que hay muchas cosas que todavía quiero hacer, lugares a los que quiero llegar y partes de mí que no quiero seguir dejando atrás.

Por eso continúo, aunque a veces lo haga con dudas, aunque haya días en los que me detenga a mirar todo lo que me rodea y no consiga reconocer el camino.

Continúo, pero ya no quiero hacerlo fingiendo que sé adónde voy.

Quiero aprender a caminar sin mentirme, a aceptar que estoy confundida y a darme el tiempo necesario para descubrir qué es lo que realmente busco. Porque, si algo me está enseñando esta etapa, es que no puedo pasarme la vida intentando llegar a algún lugar sin preguntarme, al menos una vez, si de verdad quiero estar allí.




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