Estoy aprendiendo a soltar...
Hubo un tiempo en el que amaba dibujar. Podía pasarme horas frente a una hoja en blanco, intentando darle forma a todo aquello que mi imaginación era capaz de crear. Me gustaba observar los pequeños detalles, detenerme en las líneas, equivocarme y volver a empezar. Había algo bonito en hacer nacer una imagen desde la nada, en descubrir que mis manos podían construir algo que antes solo existía dentro de mi cabeza. No necesitaba que fuera perfecto, ni siquiera que alguien más lo entendiera. Me bastaba con sentir que aquello era mío, que por un momento podía olvidarme de todo y dedicarme a algo que realmente disfrutaba.
No sé exactamente cuándo dejé de hacerlo con tanta frecuencia. Supongo que la vida fue llenándose de otras cosas, de responsabilidades, de planes, de preocupaciones que parecían necesitarme mucho más que una hoja en blanco. Empecé a guardar mis lápices, a dejar mis dibujos para después y a convencerme de que ya tendría tiempo para volver. Siempre habría un momento más adecuado, una temporada más tranquila, un día en el que finalmente pudiera sentarme a recuperar todo lo que había dejado pendiente.
Pero los días pasaron, y aquel después empezó a parecerse demasiado a una despedida silenciosa.
A veces me pregunto cuántas cosas he dejado de hacer mientras intentaba convertirme en la persona que quería ser. Cuántas veces he postergado algo que amaba porque creí que debía concentrarme en cosas más importantes. Y no es que me arrepienta de haber crecido, de tener responsabilidades o de querer construir un futuro diferente. Lo que me inquieta es pensar que, en medio de tantos intentos por llegar a alguna parte, pude haberme olvidado de disfrutar el camino.
Estoy aprendiendo que crecer también significa soltar. Soltar algunas ideas que tenía sobre mí misma, ciertas expectativas que me había impuesto y esa necesidad de tener todas las respuestas antes de dar el siguiente paso. Estoy aprendiendo que no todo sale como una lo imagina, que hay planes que cambian, personas que toman otros caminos y versiones de nosotras mismas que, por más que extrañemos, no podemos recuperar exactamente de la misma manera.
Y, aunque a veces me cueste aceptarlo, también estoy aprendiendo a dejar de insistir en tener el control de todo.
Hay días en los que quisiera olvidarme un rato de las cosas que tengo que resolver. Salir, sentarme en algún lugar y simplemente observar el cielo. Sin sacar el teléfono para revisar la hora, sin pensar en lo que debería estar haciendo, sin convertir ese momento en una oportunidad para adelantar alguna tarea. Solo mirar hacia arriba y dejar que el tiempo pase un poquito más despacio.
Me pregunto cuándo fue la última vez que hice algo así sin sentir culpa por estar perdiendo el tiempo.
Quizá necesito volver a esas cosas pequeñas que no me exigen demostrar nada. Mirar las nubes cambiar de forma, escuchar el sonido de los árboles, sentir el aire sobre mi rostro y recordar que hay una vida sucediendo más allá de mis preocupaciones. Que el mundo no se detiene cuando yo no tengo respuestas y que no necesito comprenderlo todo para encontrar un poco de tranquilidad.
Últimamente, también estoy intentando conocer más a Dios. No quiero que mi acercamiento a Él sea solamente una costumbre o algo a lo que recurro cuando las cosas se complican. Quiero aprender a conocerlo de verdad, a comprender su palabra, a acercarme con sinceridad y a construir una fe que no dependa únicamente de cómo me siento en determinado momento.
Todavía tengo muchas preguntas. Hay cosas que no entiendo, situaciones que me cuesta aceptar y momentos en los que quisiera saber si estoy tomando las decisiones correctas. Pero estoy aprendiendo que la fe no significa tener una explicación para todo, sino también reconocer que existen cosas que no puedo ver con claridad y que, aun así, puedo seguir buscando a Dios.
Quiero aprender a confiar sin dejar de esforzarme. A orar por aquello que deseo, pero también a trabajar por ello. A entender que no puedo quedarme esperando que las cosas sucedan mientras permanezco en el mismo lugar. Si tengo sueños, también tengo una responsabilidad conmigo misma: prepararme, aprender, equivocarme, volver a intentarlo y hacer mi parte, incluso en esos días en los que la motivación parece haberse ido a otra parte.
Porque sí, todavía tengo planes. Hay muchas cosas que quiero conseguir, experiencias que quiero vivir y metas que no estoy dispuesta a abandonar tan fácilmente. Quiero seguir construyendo mi futuro, continuar con mis estudios, desarrollar mis capacidades y convertirme en alguien de quien pueda sentirme orgullosa. Quiero volver a descubrir todo lo que soy capaz de hacer cuando dejo de dudar tanto de mí misma y empiezo a dedicarle tiempo a aquello que realmente importa.
Pero también estoy entendiendo que no todo depende de mí.
Puedo esforzarme, organizar mis ideas, trabajar con constancia y dar lo mejor de mí, pero no puedo controlar cada resultado ni decidir cómo se acomodarán todas las cosas. Hay una parte que me corresponde y otra que, desde mi fe, quiero aprender a poner en manos de Dios. No como una excusa para dejar de intentarlo, sino como una manera de recordar que mis esfuerzos son importantes, aunque no siempre obtenga lo que esperaba.
Quiero aprender a hacer mi parte sin vivir desesperada por los resultados. A entender que confiar en Dios no significa abandonar mis planes, sino caminar hacia ellos con humildad, sabiendo que también puedo encontrarme con caminos distintos a los que había imaginado.
Tal vez algunos de mis sueños se cumplan de la manera en que los pensé. Quizá otros necesiten cambiar, esperar o incluso desaparecer para dar lugar a algo diferente. No lo sé. Y, por primera vez, quiero permitirme reconocer que no tengo por qué saberlo todo ahora.
Lo que sí sé es que no quiero volver a abandonar las cosas que me hacen sentir viva. Quiero dibujar otra vez, aunque al principio mis manos no recuerden lo que antes hacían con tanta facilidad. Quiero escribir sin preguntarme si vale la pena. Quiero darme tiempo para observar el cielo, para pensar, para orar y para escucharme sin tantas interrupciones.
#9261 en Otros
#2355 en Relatos cortos
#1029 en No ficción
amor, amor juvenil rencuentros de la vida, poemas cartas y un poco de tristeza
Editado: 12.10.2026