Mil maneras de volver a encontrarte

Capítulo 11 - Consecuencias

Miro horrorizada el teléfono que no para de sonar encima de la mesa de reuniones del profesorado. Número oculto. Es la sexta llamada consecutiva. Algo dentro de mí se niega a descolgar, el corazón me late tan deprisa que tengo ganas de vomitar. He visto muchos vídeos de psicología como para saber que esto es “ansiedad anticipatoria”, pero mi mente está casi segura de que esa llamada no me traerá nada bueno.

—¿No vas a contestar?

La voz de Erika, una de las profesoras más recientes, me sobresalta. Miro la pantalla una última vez antes de colgar. —No es nada importante.—murmuro con un nudo en la garganta. Me apresuro en coger el bolso y salir a toda prisa hasta el exterior. Me cuesta coger aire así que me obligo a hacer varias respiraciones profundas. Inspirar, expirar, inspirar…

La llamada vuelve a sonar y me quedo mirando la pantalla. Si al menos pudiera ver el país desde donde llaman… Respiro hondo y deslizo para contestar, conteniendo el aliento.

—Elizabeth.—Ahogo un jadeo y noto como mis ojos se llenan de lágrimas. No puede ser. Respiro entrecortadamente e intento calmarme para poder responder, pero nada sale de mi boca. ¿Cómo ha conseguido mi número? ¿Sabe también dónde estoy? Pienso en huir, en salir corriendo hasta casa, coger a Jacob y montarme en un avión que me lleve al otro lado del mundo. Nathaniel. Su sonrisa nubla mi mente por unos segundos y me hace olvidar lo que está pasando. —Tienes que volver a casa. Es nuestro hogar.—susurra la última parte y mi estómago se contrae. Ya no soy capaz de aguantar las lágrimas que resbalan por mis mejillas. Una leve brisa me recorre el cuerpo y noto el chirriar de un coche que se aproxima al aparcamiento. A pesar de que es un día nublado, hay pequeños rayos de sol.

—¿Nuestro hogar?

—Somos una familia.—sentencia. Me trago mis propias lágrimas y me froto los ojos con el dorso de la mano para borrar el rastro de su recorrido. Escucho las voces y gritos de los niños en el interior. Hogar. Cuándo pienso en esa palabra, me veo comiendo con Anne al llegar del trabajo. Veo a Nathaniel cada noche viniendo a dormir desde hace semanas. Una promesa. Pero no veo a mi familia.

—Ese ya no es mi hogar, Ethan.—pronuncio con recelo. Es la primera vez que su nombre sale de mis labios desde lo que pasó. ¡Ethan! Ethan, por favor. ¡Basta! Cierro los ojos para alejar todos esos pensamientos.

—¿Y Hannover lo es?—pregunta. Un escalofrío recorre mi espalda y mi cuerpo se tensa; me encuentro mirando a cada lado, revisando cada coche que hay aparcado, buscando un indicio de que pueda estar aquí. Acechándome. Otra vez.

Los ojos de Katie se interponen en mi camino cuándo me giro para revisar mis espaldas. Tiene el ceño fruncido y lleva un conjunto de falda de tubo y camisa beige que le hace parecer más seria de lo que es. Me mira con curiosidad pero no dice nada.

—No vuelvas a llamarme.—suplico y cuelgo la llamada. No puedo bloquear el número así que pienso en buscar uno nuevo. No servirá de nada. No parará hasta conseguirlo.

Katie se frota los brazos un poco indecisa, algo peculiar en ella, y se acerca. —Tu clase empieza en cinco minutos. Puedo cubrirte si necesitas un momento.

Vuelvo a limpiar mi cara con el dorso de mi mano y me sorbo la nariz. Entierro mis demonios y mi miedo, y camino hasta ella. —No es necesario, estoy bien.—le miento descaradamente y avanzo para evitar posibles preguntas. ¿Llegará esta situación a Nathaniel? ¿Se lo contará a Amelia? Estoy segura de que si lo hace, ella se lo contará a él, y tendré que contarle mi mayor secreto. Mi pecho se agita ante esa posible situación. ¿Cambiará de parecer? Solo de pensarlo mis ojos arden y me limito a pestañear varias veces para no dejar escapar las lágrimas.

Con un regusto amargo en los labios me encamino hasta mi siguiente clase, y antes de cerrar la puerta del aula suspiro y me coloco mi mayor sonrisa. Una vez más.

Los siguientes cinco días me dedico a trabajar, cuidar de Jacob, limpiar la casa y pensar. Miro el teléfono cada momento, vigilo los coches que se acercan por la calle y me aseguro de cerrar siempre la puerta con llave. Hay una parte de mi que piensa que me estoy comportando como una exagerada, que lo he llevado un paso más allá de lo que realmente debería. Pero, hay otra gran parte de mi, que sabe que ya no estoy sola, que tengo un hijo del que cuidar y que mis decisiones también son las suyas. Ya fui descuidada una vez, no volverá a pasar.

Mientras estoy mirando que manzanas comprar, un suspiro se escapa de los labios de la chica que tengo enfrente y sigo su mirada hasta encontrarme con él. Está tan guapo como siempre, con la barba perfectamente perfilada, los últimos rayos de sol reflejándose en su pelo. Lleva un jersey beige que resalta lo grande que es y que le hace juego con sus ojos. Camina despacio hacia nosotros, con pasos largos y decididos, dispuesto a atravesar lo que haga falta.

—Hola.—murmuro, abrumada por su cercanía. Fuerza una leve sonrisa y me agarra del codo suavemente. Jacob está en mis brazos montado en un portabebés. —¿Por qué no estás contestando a mis mensajes?—pregunta. Aunque tiene un tono crispado, su voz resuena preocupada. Es la primera vez que lo noto alerta, como si no supiera cuáles serán sus siguientes pasos.

Me muevo despacio, empujando la cesta del supermercado, soltándome el agarre y sintiendo como la piel me arde en esa zona, justo debajo de mi chaqueta, donde solo ha tenido que rozarme para traspasar mis barreras.

—No he tenido mucho tiempo libre.—murmuro avergonzada, y me giro justo después de verlo enarcar una ceja. Miento bastante mal. O simplemente no quiero mentirle.

—Katie me lo ha contado.

Un peso cae en mis hombros haciendo que me hunda en mi sitio y suelte la verdura que tenía en las manos otra vez en su sitio. Enfrentar esta situación en mitad de un supermercado no me parece la mejor manera de hacerlo.—Aquí no.

Voy hasta la caja y coloco las cosas en la cinta, lo meto en un par de bolsas y cuándo voy a pagar, Nathaniel se adelanta y pasa su tarjeta. Se ha remangado el jersey y ahora veo como su antebrazo de esfuerza cargando mis cosas hasta la puerta. Lo sigo a mi ritmo, dudando sobre si seguir evadiendo la situación. ¿Cuánto más puede huir una persona?




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