Missing 411

2

Desde el asiento de la Cherokee, Molly no había dejado de mirar ni por un instante hacia el interior del bosque, tras ver a Ryan perderse en la penumbra del mismo, cargando con el combustible. Ahora, al menos, podía ver el resplandor a la distancia, y entonces sonrió aliviada. Estaba hecho, por fin. Aquella cosa ya no tendría forma de volverlos a molestar nunca más, ni a ella ni a nadie, la historia se había acabado.

—¡Lo hizo, Jake! ¡Ryan lo hizo, acabó con esa cosa! —exclamó, feliz.

Esperó a ver de regreso a Ryan, pero aquello no ocurrió. Los minutos pasaron, tortuosos, y entonces la felicidad dio paso a la preocupación. Algo no estaba bien, hacía rato que Ryan tendría que haber vuelto con ella, y sin embargo, no lo veía asomarse entre la espesura. Resopló por la nariz, desconcertada y sin saber que hacer. No quería dejar solo al niño, afuera llovía a cantaros y además no sabía si esa criatura aún estaba merodeando por ahí, a pesar de que claramente, el árbol ya estaba en llamas —y probablemente una gran parte del bosque—. Pero tampoco quería dejar a Ryan a su suerte, de modo que debía tomar una decisión.

—Cariño, iré a ver si todo está bien. ¿Crees que puedas quedarte aquí un momento? Te prometo que no tardaré nada —preguntó, mirando a su hijo. Él le asintió con la cabeza, ella tomó de la guantera el arma y recordó la indicación que Ryan le había dado, por cualquier cosa que algo saliera mal.

Bajó de la camioneta al frío de la lluvia, cerró la puerta tras de sí y entonces corrió hacia el interior del bosque. Los gruñidos y lamentos de aquella entidad retumbaban aún a la distancia por encima del sonido de la lluvia, y era realmente digno de atemorizar al más valiente. Sin embargo, ella continuó corriendo, esperando encontrarse con Ryan de frente o alguna cosa similar.

Lo llamó por su nombre unas cuántas veces, pero él no respondió. Hasta que en medio de la penumbra pudo ver el bulto de su cuerpo, tirado en el suelo, unos cuantos metros más adelante. Sintió que el corazón se le saldría del pecho, y rápida como una centella, se abalanzó hacia él.

—¡Ryan! ¡Dios mío, háblame! —exclamó, casi gritando, en cuanto se acuclilló ante él. Lo sujetó del rostro e incluso lo sacudió de los hombros, pero no reaccionaba. Vio entonces sus heridas, y comprobó que estaba muy quemado.

Se puso de pie sin saber qué hacer, mirando hacia adelante. La criatura había dejado de chillar, y ahora tan solo se escuchaba el sonido a la lluvia y al crepitar de la madera quemándose. Molly razonó que si no intentaba despertarlo o quizá sacarlo de alguna manera, era posible que el bosque completo tomara fuego y llegara hasta él, de modo que debía hacer algo rápido. En la tormenta de sus pensamientos, recordó entonces algo vital: dentro de la guantera de la camioneta quedaban tres inyecciones automáticas de adrenalina, las mismas que Ryan había robado del centro médico, luego de usarlas contra la influencia de Nawathenna.

Corrió de nuevo al vehículo tan rápido como pudo, y al llegar, abrió la puerta del acompañante y luego la guantera. En efecto, ahí estaban, incluso las había apartado a un lado cuando sacó la pistola. Tomó dos, cerró la puerta tras de sí y volvió corriendo al bosque, respirando de forma agitada. Al llegar momentos después junto a Ryan, lo giró boca arriba, sujetó una de las dosis de adrenalina con los dientes y quitándole con rapidez el precinto a la segunda, se la clavó directamente en el brazo, haciendo saltar el resorte hacia atrás. Tomó la segunda dosis, le quitó el precinto e hizo exactamente lo mismo que con la primera. No quería sobrepasarlo, pero si era necesario o no despertaba en los próximos minutos, iría a la camioneta a buscar la última, y ya de paso llamar a la emergencia médica. Era una tonta, se dijo, sin duda eso era lo que había tenido que hacer en un principio, pero estaba tan alterada que ni siquiera lo había pensado a tiempo.

Sin embargo, Ryan dio un espasmo, abriendo grandes los ojos. Respiraba agitado, tenía el rostro sucio de tierra, además de mojado, y miró a Molly como si no comprendiera qué hacía ahí. Estaba bastante desorientado, pero era normal. Ella le acercó las manos, y él las tomó con premura.

—¡Tenemos… tenemos que salir… de aquí! —jadeó, con la voz enronquecida. El humo comenzaba a olerse desde su posición, y el fuego no tardaría en llegar a ellos si no se apresuraban.

—¿Crees que puedes caminar? La camioneta no está lejos —preguntó ella, con lágrimas en los ojos.

—Sí… —balbuceó. —Ayúdame…

Molly le sujetó por las axilas al mismo tiempo que él se aferraba de sus hombros con una mano, y se apuntalaba con la otra. Ryan ponía todo el empeño de su parte, pero estaba débil y además era un hombre que le sacaba más de diez centímetros de altura sin contar el peso, por lo que estuvo a punto de arrastrarla al suelo un par de veces, hasta que por fin pudo ponerse de pie. Al rodearle por la cintura, Molly lo sujetó con cuidado para no tocarle las quemaduras, y tan rápido como pudieron, trastabillando de a ratos, lo condujo hacia el vehículo, estacionado junto al camino de acceso. Una vez allí, lo subió al asiento del acompañante con cuidado, y cerró la puerta tras él. Rodeó la camioneta por delante, corriendo, y subió del lado del conductor, girando en U sin perder un minuto más.

—Se acabó… —murmuró. Jake lo miraba preocupado, y Molly también. —El árbol… se quemó.

—Lo has hecho bien, ahora debes estar tranquilo, no pienses más en eso. Te llevaré al centro médico ya mismo —dijo ella, apoyándole una mano en la pierna izquierda. Ryan recostó la cabeza en el respaldo del asiento, comenzaba a respirar agitado otra vez, y se sentía con taquicardia. Seguramente el shock estaba regresando a atacarle, a pesar de las dosis de adrenalina. Sin embargo, dejó caer su mano izquierda encima de la de Molly. Ella lo miró, tenía la piel ampollada en el dorso, e incluso en algunos dedos se podía ver la carne al rojo vivo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.