Muerte Cerebral

Sin tinta

Mis pies descalzos me guían hacia el bosque que se alza frente a mí. La tierra provoca un efecto en mi corazón que hace que lata más lento, más relajado.

​Le cuento a los árboles cómo sé que no te quedarás, sino que vienes con deseo de matar, matar todo lo que hay en mi corazón de nuevo.

​Dejo mi teléfono sobre una de las raíces que sobresalen y comienzo a caminar de nuevo, huyendo. Sí, porque no quiero apagar mi cabeza ni comprometer mi corazón a una muerte segura.

​Los lobos se acercan y comienzan a cantar, esas canciones a la luna, a la luna que pasa frente a sus ojos, con un vestido blanco y su cabello suelto, tan despeinado como siempre.

​¿Ojalá me entendieras? ¿Ojalá fuera verdad tu «te amo»? Porque no me has demostrado nada: de besos, besos da cualquiera; por abrazos, abrazos da cualquiera; por palabras, todos las dicen; por caricias, cualquiera las puede dar; y, por miradas y sonrisas, hoy en día ganan popularidad en cuántas falsas podrás dar y no por las verdaderas.

​¡Qué lástima lo que se pierden! Pero yo sí disfrutaré esta soledad.

​Eso es lo que pienso mientras sigo caminando sin rumbo fijo, con el pañuelo manchado de tu sangre en mis manos. A veces lo miro y me pregunto si podrías quedarte de verdad, si eres diferente a los demás.

​Llego al centro del bosque, toco mi corazón y lo siento latir aún más lento; entonces aflojo la vasija de la tinta y de mis venas saco más que antes, quedándome seca por dentro, y así comienzo a escribir en un lienzo en blanco.

​Y solo pongo palabras al azar, como alguna vez hice, pero esta vez, desesperadamente, llamándote.

​Búscame, encuéntrame, hállame. Llámame, ven, quédate.

Si logras encontrar este lugar en el fondo de mi mente...




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