Muisne la Isla encantada

parte 1

MUISNE, LA ISLA ENCANTADA

Historia de mi primer amor

Aquellos capítulos que se le olvidaron a Cervantes

Dr. Fernando Ortiz Maldonado

CONTENIDO

Capítulo 1 — Una isla rodeada de tiempo

Capítulo 2 — El país del banano

Capítulo 3 — Chimborazo

Capítulo 4 — Goyita

Capítulo 5 — Sapito

Capítulo 6 — Primero se saluda

Capítulo 7 — Mocoral, la finca que no tenía fin

Capítulo 8 — El churuco de la abuela Luisa

Capítulo 9 — La Tunda

Capítulo 10 — Dante Reyes

Capítulo 11 — Macoto Cimbolo

Capítulo 12 — El ingeniero de las gramíneas

Capítulo 13 — El Riviel

Capítulo 14 — Vender lo que no pertenece a nadie

Capítulo 15 — Yo no como cuento

Capítulo 16 — Goyita, otra vez

Capítulo 17 — Lucety

Capítulo 18 — Cinco días

Capítulo 19 — La última carretera antes del mundo

Capítulo 20 — Donde estuvo La Unión

Epílogo — Lo que quedó de Pancho López

Nota de edición: las imágenes interiores son recreaciones visuales de época inspiradas en Muisne y Esmeraldas de mediados del siglo XX; acompañan la memoria narrativa y no se presentan como fotografías documentales certificadas.

CAPÍTULO I

UNA ISLA RODEADA DE TIEMPO

Muisne desde el río. Recreación visual de época inspirada en el paisaje local de mediados del siglo XX.

Muisne tenía para mí, en aquellos años, la forma de un mundo separado. No estaba lejos de Esmeraldas según las distancias que hoy manejamos con naturalidad, pero entonces llegar significaba otra cosa. Era embarcarse, aceptar el ritmo del agua, mirar la costa y comprender que el viaje dependía del mar, de la marea, del viento y del estado de la embarcación. Cinco horas podían ser pocas.

Mucho después escucharía llamarla la Isla Encantada. Nunca supe quién inventó el nombre ni en qué momento comenzó a repetirse. Pero después de conocer ciertos personajes de Muisne, y especialmente a Dante Reyes, nunca me pareció imposible que los propios muisneños hubieran decidido que su tierra no podía ser simplemente una isla. Tenía que ser encantada. La imaginación también forma parte de la geografía.

El río Muisne era frontera, camino y sustento. De un lado estaban las casas, los palmares, la vida del pueblo; del otro, manglares. Las canoas pasaban, las lanchas aparecían y desaparecían y los motores fuera de borda rompían durante unos minutos el silencio. En aquella región el río no era solamente un accidente geográfico: era carretera, calle, puerta, comercio y noticia.

Mi madre había llegado a Muisne como profesora. Durante casi un año aquel territorio se convirtió también en mi residencia. Yo tendría unos cuatro años y estaba en primer grado. Aunque sería exagerado afirmar que comprendía el mundo, ya tenía la costumbre de querer comprenderlo.

Detrás de la isla comenzaba otra geografía: el río Sucio, el Repartidero, San Gregorio, La Unión, Puerto Nuevo y otros recintos. Allí estaba también Mocoral, la finca de mis abuelos, sobre la cual los adultos afirmaban con una seriedad que me desconcertaba que “no tenía fin”.

La Unión existía entonces. Tenía casas, gente, una tienda, una especie de calle hecha de puentes de madera y un embarcadero de bananos. Hoy ya no existe. En el lugar hay manglares. San Gregorio, en cambio, permanece.

Hoy puedo llegar manejando por carretera. A veces pienso que, sin saberlo, paso por los antiguos linderos de Mocoral. Tal vez atravieso en automóvil el fin de aquella finca que en mi infancia parecía infinita.

En aquellos años el agua mandaba. Los barcos de cabotaje llegaban desde Esmeraldas, transportaban pasajeros, mercancías y noticias, y recogían banano. Nombres como Folke Anderson circulaban entre las conversaciones de los adultos. Yo no entendía todavía que detrás de aquellas palabras había una transformación económica de toda la región.

La selva estaba habitada no solo por animales. También por seres del imaginario colectivo. La Tunda era uno de ellos. Podía aparecer con la forma de la madre o de cualquier ser querido; para reconocerla había que mirar la pierna, porque una de ellas terminaba en forma de molinillo.

Años después, ya adolescente en Guayaquil, empezaría a mirar esas historias con otros ojos. Para entonces circulaba entre nosotros una expresión que me agradaba especialmente:

—Yo no como cuento.

Mucho después conocería con mayor detalle a un hombre nacido precisamente en Muisne que habría podido responderme: “Pues yo vivo de que otros sí los coman”.

Su nombre era Dante Reyes.

Pero antes hay que regresar al niño. Porque mi primera gran aventura intelectual no fue desenmascarar a la Tunda. Fue responder una pregunta sobre un río y equivocarme de manera memorable.



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En el texto hay: creencias, aventuras de mar

Editado: 01.10.2026

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