Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XXIII —

(Narrado por Stefani)

El vuelo se sostiene en una especie de silencio suspendido que no pertenece del todo a la noche ni al día, como si el tiempo hubiera perdido su referencia habitual en medio del Atlántico. La cabina privada está iluminada con una luz baja, cuidadosamente diseñada para no incomodar, pero esa suavidad artificial no logra engañar a nadie: hay una tensión invisible que recorre el aire desde hace horas, una de esas tensiones que no necesitan palabras para instalarse entre las personas.

Peter ha estado observando desde el otro extremo de la cabina, fingiendo durante un rato que revisa documentos en su tablet, aunque en realidad sus ojos han ido levantándose cada cierto tiempo hacia mí, midiendo algo que no termina de decir en voz alta. Edward, en cambio, permanece en un punto más cercano a mí, no por cercanía física únicamente, sino por una comprensión que no necesita conversación; su presencia es más silenciosa, más antigua, como si ya hubiera visto suficientes versiones de esta misma inquietud como para no exigir explicaciones.

Yo no he logrado permanecer quieta.

He cambiado de asiento más de una vez sin darme cuenta de que lo hago, he abierto el cinturón aunque no sea necesario, lo he vuelto a cerrar, he mirado por la ventanilla sin realmente ver el cielo oscuro que se extiende debajo de nosotros. Hay algo dentro de mí que no encuentra posición, como si el cuerpo estuviera respondiendo a una amenaza que aún no tiene forma visible.

Ed finalmente rompe ese equilibrio con una voz baja, sin juicio, como quien confirma algo que ya sabe desde antes de que ocurra.

—No necesitas decirlo para que sea evidente, Stef.

Lo miro apenas de reojo, sin girarme del todo, porque girarme implicaría aceptar una conversación que no quiero tener completamente consciente. Él no insiste, no necesita hacerlo. Su experiencia no es teórica, es acumulada. Y eso se nota en la manera en que no pregunta, solo observa, como si ya estuviera anticipando el siguiente movimiento del tablero.

Peter, en cambio, no comparte esa paciencia. Se levanta con la incomodidad de quien ha estado conteniéndose demasiado tiempo en un espacio cerrado, y su voz corta el aire con una mezcla de frustración y preocupación que ya no intenta disimular.

—No te quedas quieta, no comes, no duermes. ¿Qué planeas, Stef?

La pregunta no llega como curiosidad, sino como intento de recuperar control sobre algo que se le está escapando de las manos. Peter siempre ha tenido esa forma de hablarme, como si pudiera estabilizar el mundo nombrando las cosas con suficiente claridad.

Lo observo por un instante largo antes de responder, porque lo que voy a decir no es exactamente una verdad completa, pero tampoco es una mentira en el sentido simple.

—Es por amor. No pienso perderla otra vez… solo…. Necesito encontrar la forma de hacerla volver —le digo con calma, sosteniendo su mirada sin parpadear demasiado, como si la firmeza pudiera reemplazar lo que no estoy diciendo.

Peter suelta una risa breve, incrédula, casi cansada, mientras se pasa una mano por el rostro.

—Siempre eres una romántica, Stef.

No responde nadie de inmediato. El ruido constante del avión se siente más presente en ese vacío, como si el motor llenara el espacio que nosotros no sabemos ocupar. Ed no interviene, pero su mirada cambia apenas, lo suficiente para dejar claro que no está comprando esa versión de la historia, aunque tampoco la está rechazando abiertamente.

Yo asiento levemente, como si aceptara la etiqueta, como si pudiera quedarme en ella.

—Tal vez lo soy —murmuro.

Pero por dentro no hay ninguna calma asociada a esa palabra. No hay romanticismo en lo que me empuja hacia adelante, no hay ternura en la forma en que el pensamiento de Tara y de la pequeña Stefani atraviesa cada decisión sin pedir permiso. Hay otra cosa, más densa, más difícil de admitir incluso para mí misma, una especie de urgencia que no se parece al amor en su forma idealizada, sino a una necesidad que no tolera demora.

Peter vuelve a sentarse, aunque no deja de mirarme, como si intentara encontrar en mi rostro la versión real de lo que acabo de decir. Ed, en cambio, baja la vista un segundo, y cuando vuelve a levantarla, hay en su expresión algo más preciso, más incómodo, como si ya hubiera entendido demasiado sin que yo lo haya explicado.

Y en medio de ese silencio compartido, mientras el avión continúa su ruta sobre un océano oscuro que no ofrece referencias, me descubro intentando convencerme de que sí, de que esto es amor, de que todo lo que estoy sosteniendo se puede explicar de esa manera, aunque en algún lugar profundo de mí misma ya sepa que no es exactamente eso lo que me mueve, sino algo mucho menos amable, mucho más irreversible.

El aterrizaje ocurre con una suavidad casi irreal, como si el avión no descendiera sino que simplemente aceptara su lugar sobre la pista al amanecer. La luz de Lisboa entra primero como una línea pálida, todavía indecisa, filtrándose entre las ventanillas con ese tono frío que solo existe en las primeras horas del día, cuando la ciudad aún no ha decidido si está despierta o no.

No hablamos durante los últimos minutos del vuelo.

Peter ha dejado de hacer preguntas, aunque su silencio no es paz sino acumulación. Edward permanece exactamente igual que antes, observando sin intervenir, con esa calma que no es pasividad sino cálculo. Yo, en cambio, siento que cada segundo que pasa me acerca a algo que no tiene forma definida pero que ya reconozco como peligroso.

Cuando la puerta del avión se abre, el aire exterior entra con un golpe húmedo y limpio, cargado del olor salado del Atlántico mezclado con el asfalto recién despertado. En la pista hay una camioneta negra esperándonos, motor encendido, sin marcas visibles, demasiado discreta para ser casual y demasiado eficiente para ser turística.




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