Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XXIV —

(Narrado por Stefani)

Estoy tirada en el suelo de la habitación de las gemelas, medio hundida entre almohadas y mantas que ellas llaman “el castillo”, aunque en realidad es una estructura improvisada de sábanas de princesas sostenidas por sillas y cintas de colores que transforman el cuarto en una especie de refugio infantil donde todo parece más ligero de lo que realmente es. El aire aquí adentro huele a tela limpia, a juguetes y a ese tipo de felicidad simple que no necesita explicación, y por un momento me permito quedarme quieta, observando cómo las niñas se mueven con una energía que no descansa.

Las gemelas están sentadas frente a mí, una al lado de la otra, completamente concentradas en abrir las cajas de los iPads como si estuvieran descubriendo algo extraordinario, con esa mezcla de emoción y urgencia que tienen los niños cuando sienten que el mundo les acaba de dar permiso para algo importante. El sonido del plástico rompiéndose, del cartón abriéndose, del entusiasmo contenido que no sabe esperar, llena la habitación con una vida que se siente demasiado grande para un solo espacio.

Stefani entra sin pensarlo dos veces en esa dinámica y se deja caer sobre mí con total naturalidad, acomodándose en mi regazo como si ese lugar fuera suyo desde siempre, extendiendo la caja hacia mí con una confianza absoluta.

—¿Me ayudas? —me pregunta, mirándome con esos ojos que no dudan de nada.

No puedo evitar sonreírle mientras tomo la caja entre mis manos, ayudándola a quitar el plástico con cuidado, sintiendo cómo la transparencia cruje entre los dedos mientras ella observa cada movimiento como si fuera parte de un ritual importante, algo que merece atención completa.

Es en ese instante, justo cuando el envoltorio empieza a ceder, cuando escucho la voz de Tara desde la puerta, clara pero contenida, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir.

—Stef…

Levanto la mirada de inmediato.

—¿Sí? —respondo, sin moverme todavía, con la caja aún a medio abrir entre las manos.

La veo en el umbral de la habitación, con el ceño ligeramente fruncido, no en enojo, sino en esa expresión que tiene cuando algo dentro de ella ya ha tomado una decisión antes de ser completamente verbalizada. No necesito más de un segundo para entenderlo, porque la conozco lo suficiente como para saber que ese gesto no aparece por cosas pequeñas.

Stefani también la mira, alternando la atención entre ambas, como si el ambiente hubiera cambiado sin que nadie le explicara por qué.

—Stefani —dice Tara con suavidad, acercándose un poco más a la puerta sin entrar del todo—, ¿qué te parece si abrimos esto más tarde en casa?

La niña me mira a mí primero, luego a Tara, como si estuviera intentando leer una regla invisible que acaba de aparecer en medio del juego. Hay una pausa breve, casi imperceptible, en la que el entusiasmo infantil se reorganiza sin desaparecer, y luego asiente con esa facilidad que tienen los niños para aceptar cambios cuando confían en los adultos que los rodean.

Tara extiende la mano hacia ella sin decir nada más.

—Es momento de irnos —añade, esta vez mirando hacia mí.

Asiento también, sin discutirlo, porque en su voz hay algo que no deja espacio para prolongar este momento, algo que pertenece a otra capa de la realidad que no está dentro de esta habitación de juegos.

Stefani se levanta de inmediato y corre hacia la mano de Tara, tomándola con naturalidad, y en ese mismo movimiento, sin perder impulso, estira la otra mano hacia mí, como si el mundo completo tuviera sentido únicamente cuando no suelta ninguno de los dos lados.

La tomo.

Y mientras salimos de la habitación, con las sábanas del “castillo” cayendo lentamente detrás de nosotros, entiendo que este instante de juego no desaparece del todo, pero sí cambia de forma, como todo lo que aquí ocurre cuando el mundo adulto vuelve a entrar en escena.

Subimos al coche sin que nadie diga demasiado. No porque no haya nada que decir, sino porque el aire entre todos ya está lleno de cosas que no caben en palabras sin romper algo. El motor arranca con una suavidad casi absurda, como si el mundo no supiera todavía que dentro de este vehículo se está moviendo más que personas, se está moviendo una tensión que no termina de resolverse.

Stef se sienta conmigo, y Stefani sigue sobre mi regazo como si nunca hubiera cambiado de lugar, como si el trayecto anterior no hubiera sido más que una extensión del juego en la habitación de las gemelas. Apenas el coche empieza a avanzar, siento cómo su cuerpo se relaja contra el mío, cómo sus brazos se cierran alrededor de mi cuello con esa confianza total que tienen los niños cuando creen que nada puede interrumpir lo que consideran seguro.

—Quédate así… —susurro sin darme cuenta, acomodándola un poco mejor contra mi hombro.

El trayecto es corto, apenas unas calles que se deslizan por la ventana como si no quisieran interrumpirnos, pero el silencio dentro del coche es espeso, casi físico, no incómodo exactamente, pero sí cargado de una atención silenciosa que nadie rompe. Ed conduce con esa precisión tranquila que tiene siempre, Peter va adelante mirando hacia la ciudad como si intentara procesar demasiadas cosas a la vez, y Stef y yo no hablamos, no porque no queramos, sino porque en este momento cualquier palabra parece innecesaria frente al ritmo lento en el que Stefani empieza a dormirse.

Siento cómo su respiración cambia primero, cómo el entusiasmo que traía desde la casa de Vanessa se va apagando poco a poco hasta convertirse en un patrón más profundo, más constante, y en algún punto entre una curva y la siguiente, su peso sobre mí se vuelve más suave, más rendido, hasta que finalmente su cabeza descansa completamente sobre mi hombro y deja de moverse.

Cuando llegamos a casa de Tara, ya está dormida del todo.

La llevo en brazos con cuidado mientras bajamos del coche, sintiendo ese tipo de peso leve que solo tienen los niños dormidos, esa confianza absoluta en que no necesitan sostenerse porque alguien más lo hará por ellos. La casa aparece frente a nosotros con su familiaridad silenciosa, y por un momento todo parece detenerse en la entrada, como si el mundo dudara antes de seguir.




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