En el aire, a bordo de un jet privado que surcaba el cielo, la tensión era insoportable.
—¡¿Crees que fue una buena idea dejar a nuestro único hijo a su suerte?! —le gritó Angélica a su marido, con los ojos inyectados en furia.
—Tranquilízate, Angélica... —intentó apaciguarla Roberto.
—¡¿Cómo quieres que me calme?! —interrumpió ella, soltándole una bofetada que resonó en la cabina.
—Por favor, cálmate —pidió él con frialdad, sobándose la mejilla enrojecida mientras la miraba con seriedad.
Angélica guardó silencio de golpe, se dejó caer pesadamente contra el asiento y cruzó los brazos, dedicándole una mirada de profunda indignación a un nervioso Robert.
—¿Vas a estar todo el viaje así? —preguntó él, intentando romper el hielo.
Ella desvió la vista, negándose a responder.
—No te preocupes. Los militares lo buscarán y, en cuanto lo rescaten, me encargaré personalmente de que se reúna contigo sano y salvo —prometió Roberto, suavizando el tono.
—¿Me lo prometes? Estoy desesperada... —exclamó ella, al borde de las lágrimas.
—Te lo prometo. En cuanto tenga noticias, te avisaré. Además, no deberías preocuparte tanto; tú misma conoces su capacidad. Relájate, el viaje es largo y nuestros colegas nos esperan en la central. Seguro están ansiosos por conocer los avances de nuestro pequeño experimento...
20 de septiembre
Dormí pésimo. Los golpes constantes de los infectados contra las paredes y puertas de la casa no nos dejaron descansar en toda la noche. A Cristian le fue igual de mal; tenía el mismo rostro demacrado que yo.
—Cristian... ¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, sintiendo que cada opción que tomábamos era un callejón sin salida.
—Los infectados parecen haberse alejado por ahora. Mi casa está relativamente cerca de aquí; podemos ir en este momento —respondió él con decisión.
—Está bien, supongo que cuanto antes salgamos, mejor.
Asintió de inmediato. Cargué mi mochila a la espalda mientras Cristian empuñaba un viejo cuchillo de cocina que había encontrado en la alacena, dispuesto a defendernos de lo que fuera.
Al cruzar el umbral, la calle nos recibió con una desolación absoluta que me helaba la sangre. Avanzaba en completo estado de alerta, con todos los sentidos al límite ante el menor crujido, listo para echar a correr. Cristian, en cambio, caminaba con un paso más apresurado, consumido por la ansiedad de llegar a su hogar y saber de los suyos.
El entorno se sentía cada vez más siniestro, un cementerio urbano a plena luz del día. No se veía rastro de los infectados en las inmediaciones, pero esa ausencia repentina solo aumentaba la paranoia. ¿A dónde se habrán metido todos?
—Ya casi llegamos —murmuró Cristian sin bajar la guardia—. Solo faltan dos calles más.
Estábamos tan cerca, a solo una cuadra... y un grupo de infectados bloqueaba por completo la calle siguiente.
—Maldición —mascullé entre dientes.
Cristian me hizo una seña rápida con la mano para recortar camino por un callejón lateral. Llegamos a una valla alta; me dio el pie para impulsarme y ayudarme a cruzar, para luego saltar él mismo con la agilidad de siempre. Del otro lado, justo frente a la casa de Cris, los muertos vivientes deambulaban sin rumbo.
Sin pensarlo dos veces, nos arrastramos debajo del chasis de un auto estacionado sobre la vereda.
?—¿Cómo hacemos para que se vayan? —le susurré al oído, sintiendo el polvo del asfalto pegado al rostro.
—Tengo una idea... Confía en mí —respondió con absoluta serenidad.
—Sos mi mejor amigo, Cris. Siempre voy a confiar en vos.
Palpó el suelo hasta encontrar una piedra del tamaño de un puño. Con un movimiento limpio y una puntería envidiable —había olvidado lo buen tirador que era—, la lanzó por encima de la vereda directo contra la carrocería de un coche en la calle paralela. El golpe metálico resonó con fuerza en el silencio.
Las criaturas giraron en masa y se dispersaron siguiendo la fuente del ruido.
En cuanto el área quedó despejada, salimos del escondite con pasos sigilosos y corrimos hacia la entrada. Cristian golpeó la madera con una mezcla de urgencia y desespero:
—¡Papá! ¡Papá, por favor, abran! —murmuró a través de la rendija.
La puerta se abrió de golpe. Del otro lado apareció Germán apuntando con una escopeta, con el rostro desencajado. Detrás de él, su esposa y Zoe miraban con el corazón en la garganta.
—¡No puede ser! ¡¿Sos vos, Cristian?! —exclamó su padre, rompiendo en llanto al instante.
Soltó el arma con cuidado y envolvió a Cris en un abrazo aplastante. Me giré un segundo hacia la esquina para asegurarme de que los infectados no hubieran oído el revuelo.
—¡Pensé que te había perdido! ¡Nunca más me hagas esto! ¡¿Me oíste?! —sollozaba Germán.
—S-sí, t-te lo prometo —alcanzó a articular Cris, ahogado entre los brazos de su padre—. Papá, Thiago está acá... me estás avergonzando.
—¡¿Thiago?! —Germán parpadeó, limpiándose las lágrimas, hasta que me enfocó—. Ah, Thiago... hola, perdón, no me di cuenta de tu presencia.
—No hay nada de qué preocuparse, señor Vera.
—Entren rápido, muchachos. Esas cosas no tardarán en volver.
Al cruzar el umbral, la madre de Cris y Zoe se abalanzaron sobre él para apretarlo en un abrazo colectivo. Me mantuve a un lado, sintiéndome presenciando un momento tan íntimo como incómodo.
Miré el reloj de pared del comedor: eran las dos de la tarde. Afuera el sol pegaba con fuerza, haciendo que el ambiente dentro de la casa se sintiera caluroso y pesado. Al ver la reunión familiar, la culpa volvió a golpearme el pecho. Mis padres... la nota decía que me esperaban temprano en casa. Un frío amargo me recorrió por dentro: ¿seguirían esperándome o habría pasado lo peor?
—¡Bueno, ya, ¿pueden dejar de abrazarme?! —pidió Cris, rojo de la vergüenza—. Me están dejando en ridículo frente a mi amigo.
Se separaron entre risas ahogadas. Zoe se dio la vuelta y se acercó directamente a mí con una sonrisa radiante.
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Editado: 17.10.2026