Mundo Muerto

CAPITULO 3

Mientras el auto avanzaba por la ruta, me puse a contemplar el paisaje árido del exterior. A lo lejos divisé un enorme roedor colándose entre los arbustos y, metros más adelante, las orejas erguidas de un conejo oculto en la maleza.

A mi lado, Cristian buscaba una postura cómoda para dormir; siempre odió los viajes largos. Verlo así me trajo recuerdos difusos de las travesías con mi padre. Por su trabajo en la ciencia solíamos viajar a distintos países y conocer a sus colegas; nuestra última salida familiar había sido a Argentum, y esa vez mi madre también nos había acompañado.

Un nudo de nostalgia y culpa me apretó el pecho. Los extrañaba muchísimo. Tal vez debí haber corrido el riesgo e ir a casa cuando tuve la oportunidad, aunque sea para buscar alguna pista de su paradero. ¿Y si estuvieron esperándome todo este tiempo? Mierda, ¿por qué no lo pensaste antes, Thiago?

Un leve toque en mi brazo me sacó de mi espiral de pensamientos. Era Zoe.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —pregunté al darme vuelta.

—Este... quería pedirte perdón por lo de hace un rato. Yo... —murmuró, acomodándose los lentes, todavía apenada y tartamudeando.

—Ah, era eso... No pasa nada, te perdono —respondí, sintiendo el calor subírsele al rostro a esta incómoda conversación—. Aunque la culpa fue mía, yo no debí haberme acercado a vos de esa manera...

El aire entre los dos por fin se limpió. El cansancio de los últimos días empezó a pesarme sobre los párpados, así que le pedí a Zoe que me despertara apenas llegáramos a destino.

—Claro, quedate tranquilo que yo te aviso —prometió con una sonrisa suave.

Confiando en sus palabras, cerré los ojos y me dejé llevar por el peso del agotamiento hasta caer en un sueño profundo.

De pronto, todo a mi alrededor se volvió una penumbra absoluta. No había suelo, ni cielo, ni referencias. ¿Qué es este lugar?, me pregunté en silencio.

Eché a andar a ciegas. Tras dar los primeros pasos, un eco seco resonó a mis espaldas: pisadas.

Me giré de golpe, pero la negrura no devolvía nada. Un frío helado me erizó la piel. Con un mal presentimiento oprimiéndome el pecho, decidí desviarme de la trayectoria para comprobar si alguien me seguía.

—¿Dónde carajos estoy? ¿Hacia dónde se supone que tengo que ir?

Entonces, un chasquido. Un paso más. Detuve mi marcha para cerciorarme de que no fuera mi propio eco, pero los pasos no cesaron: se multiplicaron en cuestión de segundos, volviéndose más rápidos y desordenados. Provenían de todas las direcciones al mismo tiempo.

El pánico me vació los pulmones cuando una serie de gruñidos inhumanos retumbó en la penumbra. Estaban pegados a mí.

Eché a correr desesperado en la dirección que había tomado, sintiendo las zancadas de las criaturas pisándome los talones. ¡Maldición, tengo que escapar!, me repetía entre dientes. Una garra seca me aferró del calzado, pero la adrenalina me dio las fuerzas para soltarme de un tirón seco y seguir adelante. A lo lejos, la oscuridad comenzaba a rasgarse con un haz de luz brillante. Apreté el paso con las últimas fuerzas, aterrorizado de quedar atrapado en esa eternidad negra.

Crucé el umbral de luz y...

—¡Thiago, dale, despertate! ¡Thiago, vamos, levantate!

La voz impaciente de Cristian me sacó del trance de golpe. Abrí los ojos agitado, cubierto de un sudor frío y con el corazón martilleándome las costillas.

—¿Eh...? ¿Qué pasa?

Cris me miró visiblemente molesto, se cruzó de brazos y desvió la mirada refunfuñando:

—Te quedaste re dormido. Ya llegamos al pueblo.

—Oh... perdón. ¿Y los demás? —pregunté intrigado, mirando los asientos vacíos a mi alrededor.

—Mi papá está hablando con un militar allá adelante —respondió Cristian—. Y las chicas fueron al baño otra vez.

—Ya veo...

Ambos salimos del auto para estirar el cuerpo adormecido por tantas horas en la misma postura.

—¿Qué tal si vamos a ver qué habla tu papá? —propuse.

—Buena idea, ya pasaron varios minutos y no volvió.

Eché a andar guiado por Cris. El pueblo de Villanueva yacía encajonado entre imponentes montañas, con las calles completamente vacías bajo el sol de la tarde. Qué buena suerte la nuestra, pensé con amarga ironía, llegamos a un pueblo fantasma.

A un costado de donde estacionamos se levantaba un taller mecánico cerrado con candado. Unos metros más adelante se erigía el arco de entrada a la localidad: «Bienvenidos a Villanueva», anunciaba el letrero principal en letras despintadas, acompañado por una placa secundaria que proclamaba: «El pueblo de la paz». Rezaba para que este lugar hiciera verdadero honor a su lema y nos diera un respiro.

Encontramos a Germán junto a una pequeña cabaña de madera perteneciente a la Gendarmería Nacional. Estaba dialogando con un efectivo militar que vestía chaleco antibalas sobre una remera táctica de camuflaje, guantes sin dedos y botas oscuras. En la manga llevaba cosido un parche con el emblema de un caballo y, del lado del corazón, una etiqueta bordada con su nombre: Antonio Winter Rodríguez.

El soldado Winter llevaba anteojos, tenía el rostro robusto, el clásico corte de pelo reglamentario y una apariencia que rondaba entre los treinta y treinta y cuatro años. Al escuchar nuestras pisadas, ambos interrumpieron la conversación.

—¿Todo en orden, papá? —preguntó Cristian acercándose a su padre.

—Sí, claro... Solo estaba intercambiando información con el soldado.

—¿Son sus hijos, señor Vera? —inquirió Winter, ajustándose las gafas con ademán firme.

—Él es mi hijo Cristian, y el otro muchacho es Thiago, su amigo.

—Entendido. Hola a ambos —se presentó el militar con voz pausada—. Soy el soldado Winter. Mi compañero y yo nos encargamos de vigilar quién entra y sale de este sector por órdenes del Ejército Nacional.

—¿Y dónde está su compañero, señor Winter? —pregunté, al no divisar a ningún otro efectivo en la cabaña.

—Atendiendo un altercado menor —respondió el soldado, restándole importancia con un gesto de la mano—. Una pelea de borrachos cerca de un bar del centro. Nada de qué preocuparse.




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