Mundo Muerto

CAPITULO 4

El chasquido metálico de la frecuencia táctica rompió el silencio dentro de la cabina.

—Aquí Elefante. Respondan, habla Elefante, ¿me copian?...

—¡Afirmativo! —resonó una voz distorsionada por la interferencia al otro lado de la línea—. ¿Cómo resultó tu misión en Argentum?

—Fallida. La ciudad aún no ha sido infectada; impusieron una cuarentena militar muy estricta... Pero me encontré con Shock en el camino; él se encargará de Argentum. Ya me muero por ver a la gente entrando en pánico, a los militares perdiendo el control y la ciudad reducida a cenizas. Y lo mejor de todo: nadie tiene la menor idea de nuestra existencia.

—Entendido. ¿Cuál es tu ubicación actual, Elefante?

—En un pueblo, Villanueva, listo para desatar el infierno acá... Tuve un pequeño contratiempo en una estación de servicio; casi me descubren unos agentes encubiertos, pero los eliminé sin problemas y de paso aumenté mis provisiones.

—Correcto... Prosiga con la misión.

—¡Afirmativo! Cómo amo este trabajo, de verdad lo amo...

Elefante cortó la transmisión, guardó el transmisor en su chaleco y se ajustó las correas de su máscara antigás mientras caminaba por la penumbra de un callejón.

—Y bien... ¿quién será el afortunado en infectarse primero?

Sus ojos se posaron en un hombre demacrado, envuelto en mantas mugrientas contra la pared de ladrillos.

—Aquel de allá es perfecto para empezar.

Avanzó a paso lento. El indigente levantó la vista con desconfianza.

—Hola, señor. ¿Cómo le va?

—Ah... hola. Mal, la verdad. Lo perdí todo: mi casa, mi trabajo, mi familia...

—Ya veo. Estás pasando por una mala racha —dijo Elefante con una empatía falsa que helaba la sangre—. Pero... ¿qué tal si te doy una mano?

—¿Quién sos vos? Nadie me habla por mi condición de vagabundo.

—¿Querés mi ayuda, SÍ o NO?

—¿En qué me vas a ayudar? Ya te dije que lo perdí todo.

—En darte una nueva vida. Un empleo digno, una casa lujosa...

—¿Lo decís en serio? —los ojos del hombre se iluminaron por un instante—. Estoy cansado de vivir en estas pésimas condiciones.

—Pero antes de darte todo, tenés que hacer algo por mí...

—Lo que sea, señor. Haría lo que fuera para que mi vida sea como antes.

—Bien, nos vamos entendiendo. Solo tenés que inhalar el contenido de esta cápsula.

Elefante extrajo de su bolsillo el cilindro de cristal con el líquido verdoso. El hombre se echó hacia atrás, pegándose contra el muro.

—¡¿Qué?! ¡¿Querés drogarme?!

—No, no es eso...

—¡Esperá, retiro lo dicho! Sos muy raro. Nadie regala nada en este mundo y la calle me enseñó a no confiar en extraños.

La paciencia de Elefante se agotó al instante.

—Entonces no hay trato. Será por la fuerza.

—¡NO! ¡ALEJÁ ESA COSA DE MI...!

[…]

—Winter, ¿querés que te traiga algo del bar? —pregunté antes de subir a la camioneta.

—No, tengo que quedarme acá en la entrada. Nunca se sabe quién puede aparecer por la ruta.

—Bueno, al menos te traigo unos bocadillos. Vuelvo en un rato.

El centro de Villanueva estaba tranquilo, como de costumbre. Las calles lucían desiertas a esa hora. Teníamos el turno tarde hasta la una de la mañana, vigilando a los mil habitantes del pueblo mientras el resto de la unidad permanecía en la base, a unas millas de distancia.

Estacioné en un callejón lateral cerca del bar. Al bajar, un charco de sangre fresca sobre el asfalto me hizo detener en seco. En ese instante, la radio de mi chaleco crepitó con la voz de Winter: me avisaba que un auto con cinco personas procedentes de Colón acababa de llegar a la casilla de entrada. Le respondí rápido que había encontrado rastros de una pelea en el centro y que me demoraría unos minutos en apoyarlo.

Avancé hacia el local con la Glock en la mano, habiéndole quitado el seguro. La puerta de madera tenía marcas de sangre sobre el picaporte. Empujé el marco con cautela y me adentré en la penumbra.

Una música de ambiente sonaba suavemente desde los altavoces, pero el lugar albergaba una escena atroz. Detrás de las mesas, una figura encorvada devoraba frenéticamente algo en el suelo. Al percibir mi presencia, el sujeto se dio la vuelta.

El estómago de José, el cantinero, estaba completamente abierto, con las vísceras expuestas sobre el piso. El agresor era Jeff, el vagabundo del pueblo. Tenía la boca empapada en sangre y, frente a mis ojos, se tragó un trozo de carne cruda antes de ponerse de pie con pasos torpes.

El terror me congeló las piernas. Le apunté al pecho y disparé a quemarropa. Para mi horror, la criatura ni inmutó el paso; se abalanzó sobre mí y me hundió los dientes con brutalidad en la muñeca. Solté un alarido de dolor, lo golpeé en la cabeza con la cacha de la pistola para quitármelo de encima y le encajé un segundo tiro directo entre los ojos.

Jeff cayó seco sobre el parque. Sosteniéndome la muñeca ensangrentada, salí tambaleándome a la calle en busca de ayuda.

Pero afuera no había auxilio. Frente al local me esperaba un sujeto con traje radiológico, máscara de respiración y un megáfono en la mano. Elevó el aparato y su voz amplificada resonó retumbando contra las montañas del pueblo:

—Atención, gente de Pueblo Villanueva. Hoy todos ustedes formarán parte de un nuevo mundo... un mundo donde los muertos caminarán sobre la tierra, donde el pánico reinará y matar al otro será la única solución para sobrevivir. Miles de ustedes formarán el ejército invencible. Y para los afortunados que logren salir de este infierno... difundan la noticia.

El sujeto bajó el megáfono y murmuró con fría crueldad:

—A todos ustedes... les debo el placer de decir que las puertas del infierno se han abierto.

Acto seguido, destapó las cápsulas y una marea de humo verde comenzó a inundar la calle.




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