Inesperado.
La casa Bellator estaba llena de júbilo por la noticia inesperada del embarazo de Iris Landeros, la familia Landeros se merecía un remanso de paz y todas las bendiciones que los dioses pudieran enviarles. Toda la manada había perdido familia, pero aún sin importar las circunstancias ellos pelearon para salvarlos. Aunque aún no lograban atrapar a la cabeza de la Alianza del este, confiaban en las habilidades de Yurik Vladik la leyenda de la raza, y de todos los Lobos que le acompañaban.
Yurik se encontraba sentado justo frente a las puertas del cementerio de la casa, no podía dejar de pensar que había algo que caería sobre ellos, lo sentía como una sombra en la parte posterior de su cabeza. Y también tenía el terrible presentimiento de que no esto no desaparecería, sabía que tenía que atrapar a Tylor antes de que todo eso pasara, antes de que causará más daño.
—Mi señor lo he estado buscando — le informó la aprendiz de Sanador de Susana Drosel.
—¿Qué ocurre?
—La Sanadora Row… Su vida se extingue.
Yurik estaba en movimiento incluso antes de que el joven terminara de pronunciar las palabras, atravesó la propiedad casi arrollando a varios de los que se atravesaban en su camino. Encontró a la Sanadora recostada en una de las camas en el ala de hospitalización que tenían. Su rostro se veía pálido, su cabello se veía blanco y las arrugas se marcaban en su rostro.
Recordó cuando fue asignada como Sanadora en la casa Bellator, era la mujer más hermosa que había visto y de haber sido un Lobo seguramente que la habría tomado para sí. Ella habría sido la madre de sus hijos y la única mujer que podría haberlo controlado, sin embargo, la importancia de su sangre y la insidia de su padre evitaron que se acercara a ella de manera romántica.
Pero cuando supo que se quedaría en su hogar para cuidar de él, se hizo la promesa que él la protegería siempre.
—¿Qué está mal mi querida Row?
—Mi señor no debería de estar aquí, sólo me he sentido cansada —la anciana tenía dificultad para hablar.
—¿No se suponía que tú mortalidad estaba asegurada?
La pregunta del Lobo la tomó por sorpresa, se suponía que sólo unas cuantas personas sabían que ella había sido maldecida, y se habían enterado porque ella misma les había contado su historia.
—Las cosas en el mundo están cambiando mi señor, los dioses se están alejando de nosotros y de nuestros destinos, por alguna razón nos están dejando a nuestra suerte.
El Lobo sintió un escalofrío que recorrió toda la columna vertebral, lo que había salido de la boca de la Sanadora era algo más que terrible.
—¿Cuánto tiempo te queda?
—Tal vez días.
Yurik sintió como si su corazón fuera exprimido por una mano helada.
—Me quedaré a tu lado… pero quiero pedirte algo.
—Lo que quiera pedirme mi señor.
—Cuéntame de esa mujer mi padre, dice que ame y que no recuerdo.
Los ojos de la Sanadora se llenaron de lágrimas, hacía algunos años había escuchado esta conversación que tuvo el señor Yurik con el Alfa de la manada, ella jamás esperar a que conociera la historia que los unía. Pero ahora le estaba pidiendo lo más difícil que había hecho en toda su existencia, regresarle los recuerdos justo cuando estaba por partir.
—No creo que sea bueno remover cadáveres mi señor.
—¿Eras tú verdad?
La tranquilidad en la voz del Lobo no fue algo que la tranquilizara.
—¿Porque pregunta eso?
—Siempre me pregunté cuál sería la razón para que los dioses castigaran a una Humana con la inmortalidad, después mi padre me contó de esa mujer contó toda la historia, a lo largo del tiempo, así que he atado todos los cabos. No sé cuál fue la situación que nos separó, porque no puedo recordar, pero, quiero entender tú razón por la que te quedaste en esta casa.
—Yo… Perdóname —fue todo lo que no pudo decir antes de romper a llorar.
—Vamos pequeña, cuéntame la historia.
Yurik escuchó con atención la historia que la Sanadora tenía para contarle, escucho tantos detalles que le parecían familiares pero que no encajaban en ninguno de sus recuerdos. No culpó a los dioses por haber eliminado todo ese sentimiento, y todo lo que había sucedido en su cabeza, tampoco la culpo a ella por no haberse atrevido a amarlo tal y como él la había amado.
No culpó al destino que los llevó a este bosque dónde los Cazadores los atraparon, ni siquiera culpó a los Cazadores que los habían atacado esa noche, se culpó a sí mismo por no poderla proteger, por no haber peleado con más fuerzas por ella, por no haber encontrado otra manera de llegar a su corazón para evitar perderla. Todo el tiempo que la anciana estuvo hablando él estuvo sentado a su lado tomando su mano, sabía que cada palabra que salía de su boca le consumía tiempo y que de esa manera la perdería antes.
Tal vez no recordaba el amor profundo que le tuvo, tal vez no recordaba la vida que compartió con ella. Sin embargo, recordaba el amor que le tenía, la gratitud que siempre le profeso. Ella era la mujer más importante en su vida, quizá si se hubiera atrevido a decírselo hubieran creado nuevos recuerdos. Pero tampoco se culpaba por haber guardado silencio, los dioses ya la habían castigado una vez y no iba a ser que la castigaran de nuevo.