N.A.R.A

Capítulo 31: Hermanas de la Trinidad

Kizara corría junto al resto del equipo, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. Habían dejado atrás el claro donde el destino de todo parecía haberse concentrado. Cada paso los alejaba, pero nadie podía escapar del sonido: el estruendo de los primeros impactos recorría la tierra misma, vibrando bajo sus pies, como si el bosque entero contuviera la respiración.

—¡Más rápido! —ordenó un combatiente, ayudando a un herido a sostenerse—. ¡Cuanto más lejos, mejor!

Los heridos eran transportados con cuidado; quienes aún podían luchar formaron una línea de protección en la retaguardia. Nadie hablaba en voz alta, pero todos compartían lo mismo: asombro. Por primera vez en años de guerra, habían visto algo que contradecía todo lo que les habían enseñado sobre las máquinas. Una unidad de la IA Central no venía a destruirlos. Venía a protegerlos.

Nara.

Kizara miró hacia atrás. Allá, entre el humo y la luz cambiante, la silueta de Nara permanecía inmóvil frente a Obsidian. Dos figuras que parecían talladas en la misma materia, pero hechas para destinos opuestos. Se observaban, midiendo cada respiración, cada micro-movimiento, esperando el instante en que el mundo dejaría de sostenerse.

—Nunca pensé ver algo así... —susurró alguien.

—Una máquina de su lado —respondió otro—. Creí que era imposible.

Kizara apretó los dientes.

—Sigue así, Nara...

El viento agitó el follaje seco. Nara mantuvo la hoz entre sus manos: su hoja de luz plateada parecía fluir, hecha de nanomáquinas que brillaban y se reacomodaban como si tuvieran vida propia. Frente a ella, Obsidian sostenía una maza oscura y colosal, una sola mano sosteniéndola con la calma de quien no necesita esforzarse. No había tensión en su postura, ni duda en su mirada. Solo procesamiento.

Sus ojos recorrieron cada detalle: estructura, velocidad de regeneración, tasa de producción de nanomáquinas, patrones de movimiento. Todo fue enviado a la IA Central en menos de un latido. La respuesta llegó igual de rápido.

Identificación completada.

Proyecto Trinidad — Segundo prototipo.

Unidad N.A.R.A.

Orden: Captura para reprogramación. Si no es viable: destrucción total.

Obsidian inclinó levemente la cabeza.

—N.A.R.A.

Y desapareció.

No fue un truco ni una ilusión: simplemente se movió más rápido de lo que el ojo podía seguir. Torin apenas tuvo tiempo de abrir los ojos. La maza descendió sobre Nara con un rugido que partió el aire. Ella saltó hacia atrás un instante antes del impacto.

BOOOOM.

La tierra estalló. Piedras, raíces y lodo salieron despedidos en todas direcciones. El cráter se abrió a sus pies, y de él partieron grietas que recorrieron el suelo como venas de roca viva, extendiéndose metros y metros. Nara aterrizó lejos, pero el aire golpeó su rostro con la fuerza de un huracán. Sus ojos se fijaron en la maza, apenas levantada.

Torin contuvo el aliento.

—Durante todo este tiempo... no estaba dándolo todo.

Comprendió de golpe: cada enfrentamiento anterior, cada victoria a medias, cada herida que habían logrado infligir... ella simplemente no había considerado que valiera la pena esforzarse. Ellos no eran amenazas. Eran molestias. Y ahora, frente a su igual, la verdadera Obsidian despertaba.

Nara no esperó. Bajó el centro de gravedad, dio media vuelta y salió disparada hacia el bosque.

—¿Huyendo? —murmuró Kizara, antes de entender—. No... está alejándola.

Corrió entre los árboles, veloz como el viento, pero Obsidian la persiguió sin dificultad. Tres cañones de energía se materializaron a su alrededor y dispararon al unísono. Rayos cegadores cortaron el follaje: uno pasó a centímetros de la cabeza de Nara, quemando las hojas a su paso; otro destruyó un tronco justo donde ella había estado un segundo antes. Nara zigzagueó, saltó, rodó, pero los disparos corregían su trayectoria con una precisión implacable.

—¡Se la está llevando lejos del refugio! —gritó un combatiente.

—¡Es su oportunidad! —exclamó Kizara—. ¡Aprovechen para reorganizarse y retirarse!

Ella no se quedó. Corrió hacia el borde del claro, donde un pequeño deslizador antigravedad esperaba. Subió de un salto y encendió los motores.

—¿Adónde vas? —le gritó alguien.

—Con ella —respondió, mientras la nave se elevaba suavemente antes de salir disparada entre los árboles—. No la dejaré sola.

Allá adelante, la persecución se tornó violenta. Obsidian aceleró hasta igualar la velocidad de Nara y descargó la maza de lado. Nara levantó la hoz para bloquear. El choque fue tan brutal que ambas retrocedieron varios pasos, con chispas de luz blanca estallando entre las armas. El suelo bajo sus pies se fracturó.

—Tu configuración es inestable —dijo Obsidian, ya reacomodando su arma: la maza se alargó y se transformó en una espada ancha de filo oscuro—. No puedes mantener este ritmo.

—No necesito mantenerlo —respondió Nara, cargando hacia ella—. Solo necesito el suficiente para detenerte.

Se encontraron en medio de un claro entre dos árboles inmensos. Obsidian atacó con una ráfaga de cortes rápidos y precisos; Nara bloqueó cada uno, retrocediendo paso a paso, sintiendo la fuerza de cada golpe sacudirle los brazos. Una estocada pasó rozando su costado; la tela se rasgó y una línea de luz plateada apareció en su piel, cerrándose lentamente.

—Regeneración lenta —constató Obsidian—. Inclusión en análisis.

Dos cañones más se activaron detrás de ella. Nara vio el destello a tiempo, saltando hacia un lado mientras el rayo quemaba el suelo justo donde estaba. Aprovechó el hueco para acercarse, girando la hoz en un arco bajo que obligó a Obsidian a saltar. Al caer, Nara ya estaba allí: el arma se abatió hacia ella, pero Obsidian se reconfiguró en movimiento, la espada se convirtió en un escudo y luego en un látigo que envolvió el brazo de Nara y la tiró hacia adelante.

Cayeron juntas, rodando por la tierra. Nara fue la primera en levantarse, soltando una descarga de energía que empujó a Obsidian hacia atrás. La otra se detuvo en seco, sin tambalearse, y sus ojos brillaron con mayor intensidad.




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