Una semana había transcurrido desde el enfrentamiento contra Obsidian. Siete días en los que el silencio de la Base 17 había sido su refugio más seguro. Nara había aprovechado ese tiempo para reparar las marcas de la batalla en su cuerpo y reponer lentamente las reservas de nanomáquinas que había consumido al luchar. Kizara, por su parte, había revisado cada página de los informes enviados a la Resistencia, comparado coordenadas, verificado rutas de escape y comprobado una y otra vez que ningún rastro de su paso hubiera sido detectado.
El anillo seguía en su dedo.
Ninguna lo había mencionado. Nara había decidido esperar a hablar con Abuela Mira para aclarar lo del matrimonio, y Kizara… simplemente no había encontrado palabras capaces de expresar lo que sentía cada vez que miraba aquella pieza de metal hecha solo para ella.
Aquella mañana salieron de la base. El Viejo Mercader les había dado la ubicación del nuevo mercado negro, y la descripción había sido clara: no es el mismo lugar de siempre. Han cambiado todo, y para bien.
Cuando llegaron, Kizara comprendió que se había quedado corta.
La entrada se abría entre las ruinas de lo que un día fue una ciudad de rascacielos ahora reducidos a esqueletos de hormigón y acero. Una gran puerta de metal reforzado se ocultaba bajo el techo derrumbado de lo que había sido la fachada principal. Al cruzarla, el mundo cambió por completo.
Bajaron por escaleras anchas y desgastadas, y al llegar al nivel inferior, Kizara contuvo el aliento.
—Vaya… —susurró.
Se encontraban en una estación de transporte subterráneo inmensa. Techos altísimos sostenían vigas que habían resistido siglos de abandono. Vías antiguas, relucientes tras haber sido limpiadas, se extendían en todas direcciones perdiéndose en la oscuridad de túneles que parecían no tener fin. En la época dorada, trenes veloces habrían recorrido esos caminos cada pocos minutos, llevando a millones de personas de un extremo a otro del continente. Ahora, la electricidad de aquellos tiempos se había apagado hacía mucho… pero la vida había regresado.
El mercado no era un solo lugar. Era una red. A lo largo de kilómetros de túneles, en estaciones separadas por tramos oscuros y silenciosos, los sobrevivientes habían levantado puestos de comercio. Cada estación tenía su propia personalidad: una olía a pan recién horneado y hierbas medicinales; otra vibraba con el golpeteo de martillos sobre metal; otra brillaba con la luz de pantallas y equipos recuperados.
—Si descubren una estación, las demás reciben aviso —explicó Nara mientras avanzaban por una vía principal—. Es un sistema descentralizado. Ningún ataque puede destruirlo todo.
—Es… inteligente —admitió Kizara, mirando cómo las luces de la siguiente estación parpadeaban a lo lejos—. Nunca lo había visto organizado así.
—La seguridad ha pasado a ser la prioridad principal.
Viajaban sobre un carro adaptado, con ruedas reforzadas que encajaban perfectamente sobre los raíles. Un motor silencioso lo impulsaba suavemente, y el viento fresco del túnel soplaba en el rostro de Kizara, que iba sentada al borde, con las piernas colgando. Su deslizador iba asegurado en la parte trasera, sujeto con cadenas gruesas.
—¿No crees que llamará demasiado la atención? —preguntó Kizara mirando hacia atrás.
—Ya hemos sido vistos —respondió Nara—. Ocultarlo ahora sería contraproducente.
—Y además… nadie se atreverá a tocarlo estando tú cerca.
Nara asintió con naturalidad.
—Si alguien lo intenta, puedo detenerlo.
Kizara soltó una risa suave.
—Eso es justo lo que quería decir. A veces me pregunto si algún día me acostumbraré a ti.
—Puedo ajustar mi comportamiento si resulta incómodo —ofreció ella.
—¡No! No hace falta. De verdad.
Nara la miró, procesando la respuesta, y luego asintió de nuevo.
Llegaron a la primera estación activa, y el bullicio las recibió como una ola. Lámparas de aceite, linternas recargables y luces tenues de baterías iluminaban el espacio. Puestos improvisados cubrían los andenes: montones de frutas secas, cajas con vendas y medicinas, herramientas de todo tipo, pilas recargadas, ropa remendada, piezas de motores, fragmentos de tecnología antigua cuidadosamente envuelta. Gente de todas partes iba y venía, regateando en voz baja, intercambiando noticias, llevando cajas sobre los hombros. El aire olía a grasa, pan, hierbas secas y metal frío.
—Aquí hay mucha más gente de la que esperaba —comentó Kizara mientras el carro reducía la marcha.
—El sistema funciona —dijo Nara—. La noticia se ha extendido. Quienes antes se escondían ahora pueden reunirse con mayor seguridad.
Pero la atención no tardó en desviarse hacia ellas. Primero fueron miradas rápidas, curiosas. Luego alguien señaló a Nara. La voz corrió de boca en boca, suave al principio, luego con creciente asombro.
—Es ella…
—La que estuvo en el campo de batalla…
—La que se enfrentó a la Parca.
—No solo la enfrentó. La hizo retroceder.
—Dicen que destruyó filas enteras de máquinas.
—Que sobrevivió a lo que nadie ha logrado.
Kizara sintió cómo la miraban.
—Parece que tu reputación ha llegado antes que nosotras —dijo en voz baja.
—Algunos detalles son inexactos —respondió Nara—. No destruí tantas unidades como cuentan. La mayoría ya estaban fuera de combate cuando llegaron refuerzos.
—¿Vas a corregirles eso ahora?
—La precisión es importante.
Kizara se llevó una mano a la frente.
—Nara, es gente contando historias, no un informe oficial.
Pero la atención se desplazó rápidamente. Del deslizador.
—Espera… ¿qué vehículo es ese?
—No tiene ruedas…
—¿Flota?
—Nunca he visto nada parecido.
Varios se acercaron, olvidando por un instante a la propia Nara. Recorrían el deslizador con la mirada, señalaban su estructura lisa y resistente, la forma en que se mantenía suspendido levemente sobre el suelo. Algunos hablaban de precios, otros de intercambios.
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Editado: 18.10.2026