No Despiertes A Amelia

01

La casa estaba en las afueras de Lavenham, Suffolk, un poco alejada de las calles más concurridas del pueblo y rodeada de árboles que durante el otoño habían perdido casi todas sus hojas. Desde la carretera apenas podía verse entre las ramas desnudas pero cuando el automóvil se detuvo frente a la pequeña verja de hierro, Sophia levantó la cabeza del asiento trasero y se quedó observándola con curiosidad.

Era mucho más grande de lo que había imaginado.

Tenía dos pisos, paredes de ladrillo oscuro y entramados de madera que atravesaban la fachada formando figuras irregulares, además de un tejado inclinado cubierto de musgo y varias ventanas altas cuyos marcos blancos estaban bastante deteriorados. Una enredadera seca trepaba por uno de los laterales y algunas ramas golpeaban suavemente los cristales cada vez que soplaba el viento.

—¿Esta es nuestla casa? —preguntó Sophia con cierta torpeza en su habla por su corta edad, Emma sonrió desde el asiento delantero.

—Sí, cariño.

—Parece vieja— la niña volvió a mirada hacia afuera mientras lo decía, Daniel soltó una pequeña risa mientras apagaba el motor.

—Eso es porque es vieja.

—¿Cuánto?

—Muchísimo.

—¿Como cien años?— Sophia frunció la nariz,

—Probablemente más.

Aquello pareció entusiasmarla en lugar de asustarla.

—¡Entonces es antigua de verdad!

—¿Te gusta?— Emma se giro para mirarla, Sophia asintió con una sonrisa.

—Sí.

La mudanza había sido una decisión bastante repentina. Después de años viviendo en un apartamento pequeño en Londres, Daniel y Emma habían decidido buscar algo más tranquilo para su familia y cuando encontraron aquella casa no tardaron demasiado en convencerse. El precio había sido sorprendentemente bajo para el tamaño de la propiedad, aunque necesitaba algunas reparaciones y llevaba bastante tiempo sin recibir nuevos habitantes.

A Emma le había encantado el jardín, a Daniel le había gustado el espacio y Sophia simplemente había querido saber si podía tener una habitación para ella sola. Así que allí estaban.

Daniel bajó del automóvil y abrió el maletero mientras Emma sacaba las primeras cajas. Sophia salió después, abrazando su mochila contra el pecho y mirando alrededor. El aire era frío y húmedo con ese olor a tierra mojada que quedaba después de la lluvia y a lo lejos podían escucharse algunas campanas provenientes del pueblo.

—¡Sophia! —la llamó su padre—. Ven a ayudarme con esto.

La niña tomó una caja pequeña y caminó hacia la entrada, la puerta principal era de madera oscura y tenía una aldaba de hierro bastante antigua. Daniel introdujo la llave y tuvo que girarla un par de veces antes de conseguir abrirla. Cuando la puerta cedió un olor a madera vieja y humedad salió desde el interior.

—Huele raro— Sophia hizo una pequeña mueca

—Necesita ventilarse —dijo Emma.

—Y limpiarse —añadió Daniel con una sonrisa

El recibidor era amplio con un suelo de madera oscura que crujía bajo los zapatos y una escalera que conducía al segundo piso. Había varias puertas a ambos lados y al fondo un pasillo que llevaba hacia la cocina. Las paredes estaban cubiertas con papel tapiz antiguo, amarillento en algunas partes y sobre ellas quedaban un par de cuadros que los antiguos propietarios no se habían llevado.

Sophia dejó la caja en el suelo y comenzó a mirar alrededor.

—¿Cuál es mi habitación?

—Arriba —respondió Emma—. Puedes elegir entre las dos que todavía están vacías— indicó, Sophia no necesitó que se lo repitieran.

Subió corriendo las escaleras, aunque su madre le gritó que tuviera cuidado y comenzó a abrir puertas hasta encontrar una habitación al final del pasillo cuya ventana daba al jardín trasero.

—¡Esta!— grito, Emma apareció unos segundos después.

—¿Tan rápido?

—¡Sí!— dijo mientras daba saltitos emocionada.

La habitación era sencilla pero bastante grande para ella. Tenía paredes claras, un armario antiguo empotrado y una cama que los anteriores propietarios habían dejado allí. La ventana ocupaba buena parte de una de las paredes y desde ella podía verse el jardín, una pequeña caseta de piedra cubierta de musgo y un enorme árbol sin hojas que parecía inclinarse hacia la cass, Sophia se acercó al cristal.

—Me gusta.

—Entonces es tuya.

La niña sonrió.

—¿Puedo pintarla?

Emma abrió mucho los ojos.

—Primero vamos a hablar con tu padre.

Sophia soltó una risita y durante las siguientes horas la casa comenzó a cambiar poco a poco. Las cajas fueron entrando, los muebles ocuparon sus lugares y el silencio de la casa en general desapareció entre conversaciones, pasos y el ruido de las cosas que se acomodaban. Sophia pasó buena parte de la tarde recorriendo cada rincón, abriendo armarios que ya estaban adentro de aquel lugar, mirando debajo de las camas y preguntando qué había detrás de cada puerta y abriendo todo lo que tuviera cerradura.

Hasta que encontró una que estaba cerrada y su curiosidad se disparo a la estratosfera, era una puerta estrecha situada en el segundo piso justo al final de la escalera.

—Mamá, ¿qué hay aquí?— pregunto la pequeña mientras señalaba con la mano, Emma levantó la mirada desde abajo mientras rebuscaba en una caja.

—¿Dónde?

—Ahí— Sophia señalo con más apuro mientras daba ligeros saltitos, Emma se acercó y tocó el picaporte pero no intentó abrirlo, seguramente habia muchisimo mas polvo y suciedad, y probablemente algun bicho que podria picarle a su preciosa bebé.

—El ático— explico Emma, algo confusa porque cuando compraron la casa y revisaron los planos no habia ningun atico entre la mencion de las habitaciones.

—¿Podemos subir?— los ojos de Sophia se iluminaron mientras le miraba con emocion como si le hubiese dicho que era una isla secreta o algo asi en vez de un atico viejo.

—Ahora no— nego de inmediato Emma

—¿Por qué?— se quejo con un inmenso puchero




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