Sophia se quedó con la muñeca aunque al principio Emma no estuvo demasiado convencida de permitirlo. La encontró esa misma tarde sentada en el suelo de su habitación con Amelia acomodada frente a ella mientras intentaba peinarle el cabello con uno de sus pequeños cepillos de muñecas, completamente concentrada en desenredar los mechones castaños que, a pesar de haber pasado quién sabía cuánto tiempo en aquel ático seguían sorprendentemente suaves.
—Sophia, ¿de dónde sacaste eso?— pregunto extrañada, ya que no era un juguete que recordara haberle comprado ella o su marido, la niña levantó la cabeza y sonrió.
—Papá me la dio.
Emma miró la muñeca y luego a su hija, acercándose para tomarla entre las manos. La examinó durante unos segundos, pasando los dedos por el vestido antiguo y observando su rostro de porcelana.
—Está bastante vieja— se quejo mirandola atentamente
—¡Por eso me gusta! —respondió Sophia, recuperando a Amelia de inmediato—. Mira sus zapatos —Emma soltó una pequeña risa al verla tan emocionada sin poder negarsele
—¿Ya le pusiste nombre?
—Se llama Amelia— dijo de inmediato, señalando la cinta alrededor del cuello—Mira, está escrito— Emma observó las letras bordadas y negó suavemente con la cabeza.
—Bueno... supongo que puedes quedártela... Pero debes cuidarla—dijo no muy convencida de eso, Sophia abrió los ojos con entusiasmo.
—¡Lo prometo!— la niña abrazó a Amelia contra su pecho.
Emma salió de la habitación sonriendo, aunque antes de cerrar la puerta miró nuevamente a la muñeca con incomodidad. Había algo extraño en ella que no le gustaba del todo, quizá eran los ojos cerrados, la expresión demasiado serena o simplemente el hecho de que estaba demasiado sucia, pero decidió no darle importancia. Cuando su hija durmiera se la quitaria para lavarla y limpiarla. Sophia en cambio parecía haber encontrado a su nueva mejor amiga.
Durante las siguientes semanas Amelia estuvo prácticamente en todas partes. Dormía junto a Sophia, desayunaba sobre la mesa de la cocina, aparecía sentada en el sofá mientras la niña veía televisión y hasta tenía una pequeña silla en el jardín cuando Sophia salía a jugar. La niña hablaba con ella constantemente, le contaba lo que había aprendido en la escuela, le explicaba sus dibujos y hasta le confiaba secretos que no quería contarle a sus padres porque, según ella, Amelia nunca juzgaba a nadie.
—Tú sí me entiendes —le decía mientras la acomodaba bajo las mantas—. Mamá siempre dice que exagero — Amelia permanecía inmóvil entre sus brazos mientras Sophia sonreía ampliamente —pero tú no.
Con el paso de los días aquella costumbre comenzó a convertirse en algo más incomodo para sus padres. Sophia ya no quería separarse de la muñeca y si Emma intentaba dejarla en la habitación mientras salían al pueblo, la niña terminaba haciendo un berrinche hasta conseguir llevarla consigo. Incluso empezó a molestarse cuando alguien más tocaba a Amelia.
—No la agarres —protestó una tarde cuando Daniel intentó levantarla del sofá para sentarse junto a su hija.
—Solo iba a moverla.
—Yo puedo hacerlo— Sophia la tomó rápidamente y la abrazó contra su pecho mientras fruncia el ceño notablemente, Daniel levantó las manos.
—Está bien, pequeña mandona.
—Amelia no quiere que la toques— ella sonrio satisfecha mientras asentia
—¿Te dijo eso?
—Sí— ella le miro con firmeza, Daniel soltó una carcajada divertido ante las ocurrencias de su pequeña princesa, pero la niña no estaba bromeando.
Cinco meses pasaron casi sin que ninguno de ellos se diera cuenta de cuánto había cambiado la casa. El invierno había llegado a Lavenham y con él las tardes oscuras, el frío entrando por las ventanas y una humedad que parecía quedarse atrapada entre las paredes antiguas. Para entonces había algo que preocupaba mucho más a la familia.
Daniel había comenzado a enfermar.
Al principio todos pensaron que era algo pasajero. Cansancio, quizá una gripe mal tratada, pero las semanas fueron pasando y su estado empeoró de una manera que ninguno de ellos esperaba. Las visitas al médico se hicieron cada vez más frecuentes, después llegaron los estudios, las medicinas y las conversaciones que los adultos intentaban mantener lejos de Sophia.
Pero los niños también entienden las cosas aunque nadie se las explique.
Sophia dejó de preguntar cuándo volvería su padre a sentirse bien porque había empezado a notar que cada vez caminaba menos, que algunas mañanas apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y que su mami lloraba a escondidas cuando creía que no la estaba mirando.
La niña comenzó a pasar más tiempo encerrada en su habitación, y Amelia estaba siempre con ella.
—No quiero que papá siga enfemo... —susurró una noche mientras permanecía sentada en la cama abrazando la muñeca contra el pecho, afuera llovía. Sophia tenía los ojos hinchados de tanto llorar y el cabello despeinado alrededor del rostro —Mamá dice que tenemos que ser fuertes...— apretó un poco más a Amelia.
—Pero yo no quiero ser fuerte..— sorbio de su nariz, la muñeca permaneció completamente inmovil en brazos de la menor, Sophia bajó la mirada hacia ella —Tú tampoco quieres que este enfermo, ¿verdad?
Por supuesto, Amelia no respondió, la niña apoyó la frente contra su cabeza de porcelana.
—Quédate conmigo entonces.
Los días siguientes fueron peores, Daniel cada vez tenía menos fuerzas y finalmente pasó la mayor parte del tiempo en cama. Emma dejó de trabajar temporalmente para cuidarlo y la casa, que alguna vez había parecido demasiado grande, comenzó a sentirse extrañamente silenciosa.
Una tarde Sophia entró en la habitación de sus padres con Amelia entre los brazos y encontró a su padre dormido y se acercó despacio.
—¿Papá?— murmuro bajito, Daniel abrió los ojos con dificultad y sonrió.
—Hola, princesa— dijo regalandole su mejor sonrisa, Sophia se subió a la cama y se acomodó junto a él.