No entren al 1822

I

Ilya Rozanov estaba bajando las escaleras en dirección a la recepción cuando vio a Olin, el director del hotel Dolphin, sentado en uno de los mullidos sillones del vestíbulo. Se le encogió el corazón. «Debería haberme traído al entrenador —pensó—. Bueno, demasiado tarde.» Y aun cuando Olin hubiera decidido poner otro obstáculo entre Ilya y la habitación 1822, la cosa tenía su lado bueno.

Olin estaba atravesando el vestíbulo con una de sus rollizas manos extendidas cuando Ilya salió de las escaleras. El Dolphin se encontraba en la calle Sesenta y uno, a la vuelta de la esquina de la Quinta Avenida, un establecimiento pequeño, pero elegante. Un hombre y una mujer ataviados con trajes de noche pasaron junto a Ilya cuando este alargaba la mano para estrechar la de Olin tras cambiarse la maletita a la mano izquierda. La mujer era rubia, iba de negro, por supuesto, y la sutil fragancia floral de su perfume resumía la esencia de Nueva York. En el bar de la galería, alguien tocaba «Benny and the Jets» como si pretendiera subrayar dicho resumen.

—Buenas noches, señor Rozanov.

—Señor Olin, ¿hay algún problema?

El rostro de Olin aparecía contraído en una mueca de dolor. Por un instante paseó la mirada en torno al pequeño, pero elegante vestíbulo, como si buscara ayuda. En el mostrador del conserje, un hombre hablaba con su mujer de entradas para el teatro mientras el conserje los observaba con una sonrisita paciente. En la recepción, un hombre con el aspecto desaliñado de haber volado muchas horas en clase preferente comentaba su reserva con una mujer enfundada en un elegante traje negro que podría haber llevado para salir. Una escena de lo más normal en el hotel Dolphin. Había ayuda para todo el mundo menos para el pobre señor Olin, que había caído en las garras del capitán de los Boston Raiders.

—Señor Olin... —repitió Ilya.

—Señor Rozanov, ¿podría hablar un momento con usted en mi despacho?

¿Por qué no? Lo único que quería era una habitación privada para que cuando Shane Hollander llegara a las 11:30 de la noche tuviera donde hacerlo gemir de placer y después quedarse dormido. En cambio, le habían dado una habitación compartida con el idiota de Cliff. Ilya Rozanov no había estado seguro hasta entonces a pesar de todas sus pesquisas, pero ahora sí. A Olin le daba verdadero miedo la habitación 1822 y lo que podía ocurrirle allí a Ilya esa noche.

—Por supuesto, señor Olin.

Como buen anfitrión, Olin alargó la mano para cogerle la maleta.

—Permítame.

—No hace falta, gracias —declinó Ilya—. Solo llevo una muda y el cepillo de dientes.

—¿Está seguro?

—Sí —asintió Ilya—. La camisa hawaiana de la suerte ya la llevo puesta —explicó con una sonrisa—. Es la que tiene el repelente de fantasmas.

Olin no le devolvió la sonrisa, sino que lanzó un suspiro, un hombrecillo grueso con chaqué y corbata perfectamente anudada.

—Muy bien, señor Rozanov, sígame.

El director del hotel se había mostrado vacilante en el vestíbulo, casi derrotado, pero en su despacho revestido con paneles de roble (el Dolphin había abierto sus puertas en 1910), Olin pareció recobrar la compostura. Una alfombra persa cubría el suelo. Dos lámparas proyectaban una suave luz amarilla, y sobre el escritorio, junto a una caja de puros, había una lámpara de sobremesa con pantalla verde de forma romboide. Y al lado de la caja de puros se apilaban los papeles del traspaso de todos los jugadores de los Raiders del Travel Inn Hotel por una falla en las calderas que tuvo que cancelar todas las reservaciones ese día. «Vaya, vaya, resulta que mi anfitrión ha hecho los deberes», pensó Ilya.

Se sentó ante la mesa. Esperaba que Olin se sentara frente a él, pero el director le dio una sorpresa al ocupar la silla contigua a la suya, cruzar las piernas e inclinarse sobre su pulcra barriguita para tocar la caja de puros.

—¿Un cigarro, señor Rozanov?

—No, gracias, no fumo.

Olin desvió la mirada hacia el cigarrillo que Ilya llevaba encajado tras la oreja derecha como un reportero bromista de antaño que se hubiera colocado el siguiente cigarrillo bajo el pase de prensa en la banda del sombrero.

El cigarrillo formaba parte de su ser hasta tal punto que por un momento no supo qué miraba el director. Al caer en la cuenta se echó a reír, cogió el cigarrillo, lo miró y alzó la vista hacia Olin.

—Hace nueve años que no me fumo ni uno —explicó—. Mi hermano mayor, Alexei, murió de cáncer de pulmón, y después de su muerte lo dejé. Esto de llevar el cigarrillo detrás de la oreja... —se encogió de hombros— en parte es por afectación y en parte por superstición, supongo, como la camisa hawaiana. O los cigarrillos que a veces se ven en las mesas o las paredes de alguna gente, metidos en una pequeña vitrina con un cartelito que dice ROMPER EL VIDRIO EN CASO DE EMERGENCIA. ¿La 1822 es de fumadores, señor Olin? Lo digo por si estalla una guerra nuclear.

—Pues sí.

—Estupendo —exclamó Ilya con entusiasmo—. Una preocupación menos.

El señor Olin suspiró de nuevo, pero esta vez sin el matiz desconsolado que Ilya había advertido en el vestíbulo. Sí, era por el despacho, dedujo. El despacho de Olin, su reducto especial. Aquella tarde, al acudir Ilya acompañado de Robertson, el entrenador del equipo para solicitar la única habilitación disponible, el señor Olin también había parecido menos incómodo en el despacho. Tenía su lógica. ¿Dónde podía sentirse uno al mando sino en su reducto especial? El despacho de Olin contaba con buenos cuadros en las paredes, una buena alfombra, buenos puros... Sin duda muchos directores habían hecho su trabajo en aquella estancia desde 1910; en su estilo era tan neoyorquino como la rubia del vestido negro sin tirantes, como la fragancia de su perfume y su promesa silenciosa de pulcro sexo neoyorquino a altas horas de la madrugada.

—Todavía no cree que pueda disuadirle de su empeño, ¿verdad?



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En el texto hay: hollanov, shanehollander, ilyarozanov

Editado: 07.10.2026

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