No entren al 1822

II

El objeto más interesante que quedó tras la breve estancia de Ilya Rozanov en la habitación 1822, de unos setenta minutos de duración, fueron los once minutos grabados en su celular, que resultó un poco chamuscado, pero no destruido, ni mucho menos. Lo más fascinante de la narración era que había muy poca narración y que cada vez se tornaba más extraña.

El celular era un regalo que su amiga Svetlana, con quien aún se llevaba bien, le había hecho cinco años antes.

Había sacado su celular también para mandarle un mensaje a Shane:

Hotel Dolphin. Habitación 1822. Lo he conseguido. No tardes. Y no te olvides de traer el hielo para el champán.

Sus problemas con la 1822 empezaron aun antes de entrar en ella.

La puerta estaba torcida.

No mucho, pero estaba torcida, ligerísimamente ladeada a la izquierda. En el primer momento le recordó a esas películas de terror en las que el director pretendía transmitir la inquietud de uno de sus personajes inclinando la cámara en las tomas de perspectiva. A esa asociación siguió otra, el aspecto de las puertas cuando estás en un barco y había mar gruesa. Se balanceaban adelante y atrás, a derecha e izquierda, cloc cloc, hasta que acababas por sucumbir a las náuseas. No es que él sintiera náuseas, qué va, pero...

Bueno, sí, un poco.

Y estaría dispuesto a admitirlo, aunque solo fuera por la insinuación en el terreno de lo que Olin consideraba su propia cobardía o sugestión.

Ilya se agachó, consciente de que la sensación de estómago revuelto desaparecía en cuanto dejó de mirar la puerta torcida, abrió la cremallera de la bolsa de viaje y sacó su celular. Al erguirse pulsó el botón de grabación, vio cómo se encendía el ojo rojo y abrió la boca para decir: «La puerta de la habitación 1822 nos da una bienvenida única; parece estar torcida, ligeramente ladeada hacia la izquierda».

Solo llegó a decir «La puerta». Si uno escucha la grabación, distingue ambas palabras con claridad, «La puerta», y luego el clic del botón de parada. Porque la puerta no estaba torcida, sino totalmente recta. Ilya se volvió para mirar la puerta de la 1823, situada enfrente, antes de examinar de nuevo la de la 1822. Eran idénticas, blancas con placas doradas para el número y picaportes también dorados. Y totalmente rectas.

Ilya se agachó otra vez, recogió la maletita con la mano en que sujetaba el celular, acercó la llave, que llevaba en la otra mano, a la cerradura, y volvió a detenerse.

La puerta estaba torcida de nuevo.

Esta vez hacia la derecha.

—Esto es absurdo —murmuró Ilya.

Pero aquella leve náusea volvía a reptarle por el estómago. No era como un mareo; era un mareo. Había realizado la travesía a Inglaterra en el Queen Elizabeth II hacía un par de años, y una de las noches había sido tremenda. Lo que Ilya recordaba con mayor claridad era estar tendido en la cama del camarote, siempre a punto de vomitar pero sin ser capaz de hacerlo. Y el hecho de que aquella sensación de vértigo y mareo empeoraba si mirabas hacia la puerta... una mesa... una silla... y todo se balanceaba... a derecha e izquierda... cloc cloc...

«Es culpa de Olin —pensó—. Esto es exactamente lo que quiere. Ha conseguido ponerte los nervios de punta, colega. Te ha tendido una trampa. Madre mía, cómo se reiría si te viera ahora...»

La idea se interrumpió en seco cuando Ilya comprendió que, con toda probabilidad, Olin podía verlo. Miró atrás, hacia el ascensor, apenas consciente de que la leve náusea desaparecía en cuanto dejó de mirar la puerta. Encima y a la izquierda de los ascensores vio lo que esperaba, una cámara de circuito cerrado. Tal vez uno de los detectives del hotel lo estuviera observando en ese momento, e Ilya apostaba algo a que Olin estaba con él y a que ambos se estarían partiendo el pecho. «Eso lo enseñará a no venir haciendo el fantasma con su entrenador», diría Olin. «Mírelo —respondería el de seguridad sin dejar de reír—. Está más blanco que un espectro, y eso que todavía no ha metido la llave en la cerradura. ¡Lo ha pillado, jefe! ¡Tocado y hundido!»

«Y una mierda —pensó Ilya—. Hace mucho tiempo que los cuentos de miedo no me asustan, así que tampoco usted conseguirá asustarme.»

Volvió a mirar la puerta, que había regresado a su posición original. Lanzó un gruñido, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. La puerta se abrió, e Ilya cruzó el umbral. La puerta no se cerró lentamente a su espalda mientras buscaba a tientas el interruptor de la luz, sumiéndolo en las tinieblas, además de que las luces del bloque de enfrente iluminaban la estancia. Encontró el interruptor, y cuando lo pulsó, la luz del techo, encerrada en una colección de ornamentos colgantes de cristal, se encendió, al igual que la lámpara de pie situada junto al escritorio, en el otro extremo de la habitación.

La ventana se encontraba sobre el escritorio, de modo que alguien que se sentara ante él a escribir podía interrumpir su trabajo y asomarse para contemplar la calle Sesenta y uno... o saltar a la calle Sesenta y uno, si le daba la vena. Salvo que...

Ilya dejó la bolsa de viaje junto a la puerta, cerró esta y pulsó de nuevo el botón de grabación. La lucecita roja se encendió.

—Según Olin, seis personas han saltado por la ventana que estoy mirando —dijo—, pero yo no tengo intención de precipitarme desde el piso 14... perdón, desde el piso 13 del hotel Dolphin. En la parte exterior hay una rejilla de hierro o acero. Más vale prevenir que curar. La 1822 es lo que podría denominarse una suite. La estancia donde me encuentro tiene dos sillas, un sofá, un escritorio, un armario que seguramente contiene el televisor y tal vez un minibar. La moqueta es anodina, nada que ver con la del despacho de Olin. Lo mismo puede decirse del papel pintado. Es... un momento...

En ese momento, el oyente escucha otro clic al pulsar Ilya el botón de parada. Toda la narración posee la misma cualidad entrecortada. Además, su voz se torna cada vez más distraída; no es la voz de un hombre normal, sino de una persona perpleja que empieza a hablar sola sin darse cuenta. La naturaleza elíptica de la grabación y la creciente distracción verbal se combinan de un modo que inquieta a casi todos los oyentes. Muchos piden no escuchar la grabación hasta el final. Las palabras escritas sobre papel no logran transmitir con fidelidad la convicción creciente de que uno está escuchando a un hombre perder, si no el juicio, sí el contacto con la realidad convencional, pero incluso las meras palabras sugieren que algo estaba sucediendo.



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En el texto hay: hollanov, shanehollander, ilyarozanov

Editado: 07.10.2026

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