No entren al 1822

III

Una famosa canción de los años cincuenta considera que el amor domina el mundo, pero con toda probabilidad, es la casualidad la que corta el bacalao. Shane Hollander, que aquella noche estaba llegando a la habitación, cerca de los ascensores, llevaba una gorra puesta hasta las cejas y vestía su ropa de entrenamiento. Fue así como, unos noventa años después de que el primer ocupante de la 1822 se precipitara al vacío desde la ventana, el mayor rival de Ilya Rozanov salvó la vida del hombre con el que había acordado un encuentro clandestino en la intimidad de ese cuarto. O quizá se trate de una afirmación exagerada; tal vez Ilya Rozanov se habría salvado aun cuando nadie, en especial un tipo que llevaba la bolsa de hielo para el champán que Ilya le había pedido, hubiera estado en el pasillo en aquel preciso instante. Pero que tu camisa sea pasto de las llamas no es ninguna insignificancia, y a buen seguro habría sufrido quemaduras mucho más numerosas y graves de no ser por Shane, que pensó deprisa y actuó aún más rápido.

A decir verdad, Shane jamás llegó a recordar con exactitud qué ocurrió. Tejió un relato bastante coherente para los periódicos (que ya se preguntaban qué hacía el rival de Ilya Rozanov en el mismo hotel y piso que Ilya) y las cámaras de televisión (la idea de convertirse en un héroe le gustaba mucho y, desde luego, resultó beneficiosa para sus aspiraciones profesionales) y recordaba con toda claridad haber visto un hombre en llamas salir de estampida al pasillo, pero a partir de ese instante todo era confuso. Pensar en ello era como intentar reconstruir los hechos acaecidos durante la borrachera más espectacular de tu vida.

De una cosa sí estaba seguro, aunque no se la contó a ningún periodista, porque carecía de sentido. Los gritos de Ilya en llamas parecían aumentar de intensidad, como si fuera un equipo de música al que le estuvieran subiendo el volumen. Estaba allí, delante de Shane, y el timbre del grito no cambió en ningún momento, pero sí el volumen, como si aquel hombre fuera un objeto increíblemente ruidoso que acabara de llegar allí.

Shane corrió por el pasillo con el cubo lleno de hielo en la mano. El hombre en llamas («solo ardía su camisa, lo advertí enseguida», según relató a los periodistas) chocó contra la puerta de enfrente, rebotó, se tambaleó y cayó de rodillas. Fue entonces cuando Shane llegó junto a él. Apoyó el pie en el hombro quemado de la camisa para tenderlo sobre la moqueta del pasillo y vertió el contenido del cubo sobre su cuerpo.

Aquellos detalles permanecían borrosos en su memoria, pero aún los recordaba. Se percató de que la camisa en llamas parecía despedir demasiada luz, una intensa luz amarilla anaranjada que le recordó un viaje a Australia que había hecho con sus padres dos años antes. Habían alquilado un cuatro por cuatro para adentrarse en el Gran Desierto australiano (los escasos nativos lo llamaban el Gran Cabrón australiano, según descubrieron los padres de Shane), un viaje alucinante, genial, pero algo sobrecogedor. Sobre todo ese peñasco en el medio, Ayers Rock. Habían llegado allí a la puesta de sol, y la luz que se reflejaba en sus caras humanoides era como aquella... ardiente y extraña... tan distinta a lo que uno describiría como luz natural...

Se dejó caer junto al hombre en llamas, convertido ahora en el hombre humeante, el hombre cubierto de cubitos de hielo, y le dio la vuelta para sofocar las llamas que lamían la espalda de la camisa. Fue entonces cuando comprobó que la piel del lado izquierdo de su cuello había adquirido un matiz rojo, burbujeante y humeante, y que el lóbulo de su oreja se había derretido en parte, pero por lo demás... por lo demás...

Shane alzó la mirada y tuvo la impresión... era una locura, pero tuvo la impresión de que la puerta de la habitación de la que acababa de salir el hombre estaba bañada en la luz ardiente de una puesta de sol australiana, la luz abrasadora de un lugar desierto donde podían morar cosas que ningún ser humano había visto. Era una luz espeluznante, al igual que el zumbido grave, como una tijera eléctrica intentando hablar a toda costa, pero también resultaba fascinante. Se sentía arrastrado hacia ella, deseoso de averiguar qué ocultaba.

Tal vez Ilya salvó a su vez la vida de Shane. Desde luego, advirtió que Shane se erguía, como si Ilya ya no le interesara, y que su rostro estaba bañado en el fulgor palpitante de la luz procedente de la 1822. Más tarde recordaría aquel detalle mejor que el propio Shane, pero por supuesto, Shane Hollander no se había visto obligado a inmolarse para salvar el pellejo.

Ilya agarró el dobladillo de los pantalones de Shane.

—No entres allí —advirtió con voz ronca por el humo—. Si entras, no volverás a salir.

Shane se detuvo y contempló el rostro enrojecido y surcado de ampollas de Ilya tendido sobre la moqueta.

—Está maldita —prosiguió Ilya.

Y como si aquellas palabras fueran un talismán, la puerta de la 1822 se cerró de golpe, borrando la luz y ese terrible zumbido que casi parecía un lenguaje.

Shane Hollander, uno de los jugadores más destacados de la NHL, corrió hacia los ascensores y activó la alarma de incendios.



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En el texto hay: hollanov, shanehollander, ilyarozanov

Editado: 07.10.2026

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