No juegues escondidas de medianoche

El monte no devuelve nada

​El aire se pone denso, de esos que parecen masticarse en lugar de respirarse, una masa pesada que se atora en la garganta y sabe a humedad estancada. Juan intenta girar el cuello con un movimiento seco, sacándose de encima esa respiración fría que le acaba de soplar en la nuca, pero los músculos se le quedan duros, trabados como si el miedo le hubiera echado cemento en las articulaciones.

​—Diez —susurra la voz detrás de él.

​No es la voz de Chano, ni la del gordo Efraín, ni la de ninguno de los morros malcriados del callejón que se mueren de miedo por cualquier cosa. Suena como si raspasen dos piedras calizas en el fondo de un pozo seco, lenta, arrastrada, con una burla tan vieja que parece venir de antes de que pavimentaran las calles del pueblo, de cuando ahí solo había brecha, monte y animales salvajes.

​Juan da un brinco hacia adelante, tropezando con sus propios tenis viejos y sucios. Cae de rodillas sobre la tierra suelta del camino, levantando una nube de polvo que le sabe a cal en la garganta y le seca la lengua. Se raspa las palmas contra las piedras filosas de la barda, sintiendo el ardor punzante de la piel descuerada, pero el dolor físico apenas lo siente; lo que lo empuja a levantarse es el instinto puro, el terror ciego de saber que lo descubrieron antes de tiempo y que la voz que contó no vino de ningún escondite humano.

​—¡Chano! ¡Déjate de mamadas! —grita con la voz quebrada, intentando sonar más bravo de lo que está, mientras se limpia las lágrimas de coraje y rabia que le bajan por las mejillas, ensuciándole la cara de lodo y sudor—. ¡Ya te vi, cabrón! ¡Salte de ahí antes de que te rompa la madre!

​A lo lejos, el silencio es absoluto. Las chicharras que hace un segundo reventaban los oídos con su zumbido metálico se han callado de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor en medio de la noche. Ni un solo grito, ni una risa nerviosa, ni el crujido de las ramas que delataría a sus compinches corriendo a buscar otro refugio. El pueblo entero parece muerto, tragado por la negrura de esa noche de dos de noviembre donde el humo del incienso ya no huele a dulce ni a ofrenda, sino a humedad rancia, a ropa vieja guardada en cajones cerrados y a tierra de panteón removida con pala.

​Se levanta a empujones, barriéndose la tierra de los pantalones rotos, y corre hacia el terreno baldío donde crecía el viejo flamboyán. Sus pasos retumban en la calle polvorienta como martillazos contra una tabla hueca.

​—¡Chano! ¡Efraín! ¡No se pasen de lanza!

​Nada. El tronco nudoso del árbol está ahí, recortándose como un fantasma deforme contra el cielo sin estrellas, pero los tenis blancos y sucios de Chano ya no brillan por ningún lado. El espacio detrás de la barda está completamente vacía. Ni una sombra, ni un suspiro. Solo el viento tibio que mueve las hojas secas haciendo un ruido idéntico a unos pasos arrastrándose.

​Y entonces lo vuelve a escuchar.

​No viene de adelante, persiguiendo a los demás. Viene de atrás, rozando la orilla exacta donde el pavimento se corta y empieza la vereda de tierra que se mete hacia lo hondo del monte. Son pasos pesados, lentos, calculados con una precisión macabra, como si alguien caminara cargando un bulto muy pesado o arrastrando una extremidad que no termina de acomodarse al suelo. Cada pisada suena seca, crujiendo la hojarasca con una cadencia que le pega directo en la base del cráneo.

​Juan aprieta los dientes hasta que le duelen las muelas. Mete la mano en la bolsa del pantalón y saca la resortera de hule negro, los dedos le tiemblan tanto que casi se le cae la horquilla de madera. Da media vuelta hacia la oscuridad impenetrable de la maleza, con el corazón queriéndole reventar las costillas de un salto, sabiendo muy bien, aunque se niegue a aceptarlo con la cabeza, que ya no está jugando con sus amigos.

​—¿Quién anda ahí? —dice con voz fuerte, pero la voz le sale delgada, ridícula, ahogada por el olor a copal que de repente se vuelve tan espeso que parece una neblina blanca flotando a ras del suelo.

​La sombra entre los árboles se mueve. No es una silueta clara; es un bulto más negro que la noche misma, una masa que parece estirarse y encogerse al compás de una respiración que no es humana. Juan da un paso hacia atrás, tropezando otra vez, y comprende con un escalofrío helado que el monte, el maldito monte del que tanto hablaban los viejos, acaba de abrir la boca para esperarlo.




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