No, otra vez no.
Sudo y mis pulmones sienten que necesitan más aire del que pueden contener. Me asfixio. Me levanto de la cama, pero mis piernas flaquean y caigo de rodillas. Mi estómago se contrae; las lágrimas salen de mis ojos sin pedir permiso.
Te odian... No.
No te quieren. Mientes.
Eres un estorbo.
No sirves para nada.
Me tapé los oídos con fuerza, como si eso pudiera ahogar las voces. Como si eso pudiera salvarme.
—¡¡Cállense, cállense!! —grité, mientras mordía mi labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.
«Rebelde... Tienes un maldito trastorno...».
Las palabras de mi madre llegaron a mi mente y mi mandíbula se tensó. Mis dientes se apretaron más de lo habitual; mi cuello pareció estrecharse y un hilo de calor subió por mi columna hasta mi espalda. Mis piernas se volvieron líquidas, como si el suelo quisiera desaparecer bajo mis pies. Siento que me ahogo. Me asfixio.
Autocontrol, autocontrol.
« No tengo tiempo para lidiar con tus trastornos...».
—¡NO, NO! ¡CÁLLATE, CÁLLATE!
La puerta se abrió de golpe y Abel entró. Vio mis ojos y supo que estaba en pánico; mis manos no dejaban de temblar.
«Mírate, tienes un problema que hunde a los demás».
—Antonella —trató de acercarse, pero negué con la cabeza.
—¿Qué pa...? —Adam no terminó de hablar; se quedó paralizado al verme
—Vete.
—Antonella... —insistió Abel, intentando dar un paso hacia mí.
Me alejé más. No quería que me tocaran; si lo hacían, yo... perdería el control. No quería perder el control. Tenía miedo.
—Anto, mírame.
—¡Váyanse!
Mi tía entró en ese momento y vi las pastillas en sus manos.
«Te van a dormir » .
« Estás loca » .
No.
«Estás loca».
Negué con la cabeza. Mi tía le entregó las pastillas a Adam. Él se acercó y lo golpeé; intentaba darme la pastilla, pero yo me resistía. Entonces vi cómo se la metía él mismo a la boca; me agarró desprevenida y sentí sus labios presionando los míos.
Me abrazó con fuerza. Abrí la boca para quejarme y, en ese instante, sentí cómo con su lengua empujaba la pastilla dentro de mi boca. Golpeé su pecho con todas mis fuerzas, pero no me soltaba. Se separó un poco y tapó mi boca con su mano para obligarme a tragar. Sentí las lágrimas bajando por mis mejillas mientras seguía negando, rogando que me soltara.
—Lo siento, nena.
Mi cuerpo empezó a dormirse. Sentí sueño, mucho sueño...
Autocontrol...
~
Me desperté de golpe, agitada. Sentía el pecho pesado, pero ya no parecía forzado a desbordarse. Los latidos de mi corazón empezaron a estabilizarse, marcando un ritmo que se escuchaba de fondo, no a modo de alarma.Adam se levantó y me sujetó. Estoy aquí. No voy a desmoronarme otra vez. Puedo respirar, una inhalación a la vez; mi cuerpo parece recordar que el aire está disponible para mí. Mis hombros cayeron, liberados de la presión que los mantenía rígidos; mi garganta ya no se sentía como una cuerda tensa y mi respiración se calibró, lenta y consciente. Mis manos ya no temblaban.
—Hey, mírame —me pidió. Lo miré a los ojos.
—Yo...
—Shh, ya pasó —me abrazó y rompí a llorar mientras él acariciaba mi cabello.
Ya pasó. No hay más voces. Se fueron.